Las salinas de Ulló
No lejos de Vigo y cerca de Pontevedra se encuentra el municipio de Vilaboa en cuyo barrio de Paredes se halla una de las instalaciones más sorprendentes y singulares de la comarca: las salinas de Ulló. Data su construcción del siglo XVI y, según puede leerse en la web del Concello de Vilaboa, sus primeros explotadores fueron los jesuítas del Colegio de Pontevedra en 1.694.
Llegamos allí cuando comenzaba a amanecer y la estampa que se ofrecía a nuestros ojos nos dejó sobrecogidos por su belleza y majestuosidad.
Tras el inmenso estanque en el que se retenía el agua de mar para obtener la sal, se extiende la ensenada de San Simón, apenas un humedal con la marea baja, débilmente iluminada por el rojizo resplandor que, asomándose tras las montañas, anunciaba la inminente salida del sol.
Espesos muros conforman el perímetro de la salina, cerrada al mar por un impresionante dique de mampostería, con unas cuantas aberturas cuyas compuertas impedían la salida del agua. Hemos tenido la fortuna de poder contemplar el contraste entre la marea baja, cuando amanecía, y la alta con el agua llenando la inmensa piscina, entrando con fuerza a través de las antiguas compuertas. Fuerza, fragor y luz donde hace unas horas reinaba el silencio en la penumbra del amanecer.
Desde este lugar parten más de media docena de rutas: A Croa, Os Muiños, A Pedra Miranda, etc. Nosotros hemos hecho la primera, A Croa, que parte del club de piraguismo de Paredes y atraviesa la salina para llegar hasta la ensenada de Larache y un tramo de la de Os Muiños a la la que volveremos más adelante.
Detalles de todas estas rutas pueden verse en la web, citada más arriba, del Concello de Vilaboa.

En la lejanía, los primeros resplandores del amanecer. En la ensenada, las islas Alvedosas con la de San Simón al fondo.

El gran estanque vacío con la marea baja y llenándose con la alta.
El gran dique que separa la salina del mar, entre mareas.

La naturaleza ha tomado posesión de las antigua Granja de las salinas, varios edificios de piedra, uno de ellos con una imponente lareira, hoy devorados por el matorral y la arboleda.
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En Ribadavia, inmersión total
Un grupo de amigos de la infancia, de la quinta del 41, reencontrados hace cinco años bajo el nombre del Veterum Amicorum Coetus (Reunión de los viejos amigos), hemos acudido a la llamada de José Sánchez, de hondas raíces en esta comarca y organizador de esta visita.
En esta ocasión el senderismo rural, que es el habitual en nosotros, ha sido sustituído por una extensa e interesante caminata urbana guiados por el director de la oficina de turismo de Ribadavia, Antonio Míguez, conocedor en profundidad de la historia de este antiguo condado, que con su verbo fácil, ameno y erudito nos ha sumergido en el apasionante pasado de la capital del Ribeiro.
Desde la Plaza Mayor, que es donde está ubicada la oficina de turismo, hemos recorrido y conocido el barrio judío de cuyos primeros habitantes hay noticia ya en el S. XI, la iglesia de la Magdalena, Casa de la Inquisición, el Museo etnológico instalado en el impresionante pazo de los Bahamonde y otros muchos lugares plenos de encanto y de historia.
La lluvia, que es arte en Compostela, hace brillar aquí las viejas calzadas de piedra y realza la belleza de pazos, iglesias y viviendas en el silencio de esta mañana de otoño en la que parece haberse detenido el tiempo.
Como obligada visita, hemos degustado los dulces hebreos de la Tafona de Heminia y escanciado, en la vieja taberna de O Papuxa, una tazas de los deliciosos caldos del Ribeiro, en régimen de autoservicio, que allí cada uno se sirve lo que quiera y paga según su conciencia, acompañados del chorizo y jamón del país, todo como aperitivo del enxebre banquete que nos esperaba en el Caracas a base de anguilas, callos, pulpo y tetilla con dulce de membrillo.
No era cuestión de regresar sin más después de semejante homenaje, así que nos fuimos a hasta San Cibrao de Las en donde admiramos boquiabiertos el enorme castro también conocido como A cidade.
Ya oscurecía, mientras recorríamos este interesantísimo yacimiento, con su triple muralla, sus casas, algibes, almacenes y calles, por lo que decidimos emprender el viaje de regreso hasta Vigo donde nos recibió, ya entrada la noche, un impresionante diluvio.
No tardaremos en volver por estas tierras, pues queremos llevar a nuestros colegas a lo alto de Pena Corneira, para que disfruten como lo hemos hecho nosotros en nuestra marcha del martes pasado.

En la Plaza Mayor, esperando por el resto. La oficina de turismo, inicio de la ruta.

Foto de familia en la taberna de O Papuxa.

Desde San Cibrao de Las, ya de oscurecida, emprendemos el regreso.
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“Pena Corneira” en otoño
Era pleno verano cuando en junio de 2007 subimos hasta el Monumento natural, que así ha sido catalogado recientemente, de Pena Corneira, siguiendo la ruta del PRG-78 de la que dimos cuenta en Sendereando por aquellas fechas.
Hoy, ya a punto de finalizar el otoño, hemos vuelto allí encontrándonos con un paisaje distinto que el otoño ha decorado con su paleta de colores ocres y amarillos. El suave orballo hace brillar las piedras del camino y la fina niebla difunde las formas insinuando la presencia de los árboles, plantas y rocas que conforman un paisaje típicamente gallego, enchido de silencio, recogimiento y morriña.
A menos de 1 Km. de Leiro, en Lebosende, el sendero se bifurca hacia el este camino de Pazos de Arenteiro y hacia el oeste en dirección a Pena Corneira. Este último, muy bien señalizado, permite efectuar el recorrido completo sin más difilcultad que la que supone el continuo ascenso hasta la roca que se encuentra a casi 700 m. de altitud.
La ruta discurre casi en su totalidad por antiguos caminos de carro, entre carballeiras, castaños y enormes rocas que son como la antesala de la gran piedra que nos espera al final del recorrido.

El sendero se inicia en Leiro y continúa por el viejo y rehabilitado camino real que nos lleva hasta Lebosende, desde donde se pueden comtemplar los viñedos del ribeiro con la población de Leiro al fondo.

Últimas casas de Lebosende, ya en plena subida al parque natural de Pena Corneira. Un poco más arriba, junto a la carretera, esta curiosa fachada de una antigua fábrica de chocolate.

El otoño alfombra los caminos con las hojas de los caducifolios muy abundantes aquí y la niebla tiñe de misterio el ascenso a la enorme roca.

Grandes piedras jalonan el camino de subida a la Pena Corneira que se yergue como un inmenso cuerno señoreando el valle.
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