Alto de San Cibrán
No son pocas las localidades, grandes o pequeñas, que en este país están dedicadas a San Cibrán, Cibrao o Cipriano en castellano. San Cibrán das Viñas en las afueras de Ourense, San Cibrán de Aldán en la ría de Vigo, San Cibrán a secas en la parroquia de Borreiros y muchos otros. Uno de los más conocidos es el castro de San Cibrán de Las en la provincia de Ourense, una enorme citania de los tiempos prerromanos, aunque los lugares a los que me refiero suelen ser pequeñas ermitas en sitios aislados donde una o dos veces al año se celebra la romería en honor del santo.
Pues bien, uno de estos sitios es el Alto de San Cibrán, a donde hemos accedido por una de las derivaciones del PRG 132, cerca de A Picoña. Según avisa un indicador, tomando el desvío de 1.350 m. se llega al citado alto situado en el límite de los Concellos de Ponteareas y Salceda de Caselas, de forma que la ermita pertenece a la parroquia de Guláns (Ponteareas) y la zona de esparcimiento a la de A Picoña (Salceda). Por lo que nos han contado ambas parroquias se llevan bien y celebran cada una su fiesta pero, eso sí, la misa es común. También nos hemos enterado de que, según la leyenda, el apóstol Santiago se detuvo a descansar en uno de estos penedos en su peregrinación.
El último domingo de mayo se celebra una de las romerías y el 16 de setiembre, día de San Cibrán, la del santo. Tanto la ermita como la enorme cruz de piedra que desde hace más de cien años fue erigida aquí, están rodeadas de enormes pelouros o penedos, grandísimas rocas, que abundan por estos montes de Salceda, Ponteareas y O Porriño.
A este encantador lugar se puede llegar por la carretera que sale desde la desviación de la autovía A 52 en Cans subiendo directamente hasta el Alto de San Cibrán.
De regreso al PRG 132, continuamos la ruta que ya ha sido descrita aquí, en Sendereando, en setiembre del 2010, aunque ésta ha sido la primera vez que hemos subido al Alto de San Cibrán y no nos arrepentimos porque de verdad vale la pena conocer un lugar cómo éste con unas magníficas vistas a los valles del Tea.

La ermita de San Cirán con un gran pelouro detrás.

Dos fotos de una de las enormes rocas del Alto de San Cibrán, la que se ve detrás de la ermita.

La panda de los lunes y la cruz centenaria.

Ya en el GR 58, Concello de O Porriño, la gran mole del Faro Budiño. A la derecha entrada a O Castelo, otra enorme formación pétrea conocida con el nombre de El pianista o Beethoven, por la forma que tiene, en donde parece ser que hubo un enclave defensivo.
*Tiempo en movimiento: 5 h. 20 min.
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Cabo Silleiro
Hace más de sesenta años, aún no había cumplido los once, quedó grabada en mi retina una imagen que cada vez que vengo a este sitio vuelve a mi memoria con alucinante nitidez. Cuando el renqueante autobús que transportaba los niños desde Vigo hasta el colegio de jesuítas de O Pasaxe se aproximaba a Baiona, unos enormes haces de luz dorada invadían intermitentemente aquel habitáculo de mareante olor a gas oil, kilómetro tras kilómetro, con metódica insistencia, hasta que pasado Cabo Silleiro, se perdía de nuevo en la noche.
Eran las luces del faro de Cabo Silleiro que en esta fresca y soleada mañana ha visitado la alegre y entusiasta comitiva de la Caminata sabatina. Aunque el faro ya no funciona como tal, aún sigue siendo utilizado como señal marítima y centro de comunicaciones. Antes de llegar al faro pasamos por la antigua Batería de costa J4, un enclave militar hoy abandonado y en ruinas, construído en los años 4o para proteger el litoral y que estuvo en funcionamiento hasta el fin de la década de los ochenta. También aquella estampa de los búnqueres asomando sus bocas de fuego entre las rocas impresionaron mi infantil imaginación creando fantasías de enconadas y ruidosas batallas en el mar, aunque me parece que, incluídos los ejercicios de tiro que se hayan podido realizar allí, la munición que habrán gastado habrá sido más bien escasa. Hoy el aspecto de la J4 es lamentable. Todo son ruinas, paredes desnudas sin tejados ni ventanas, pintadas y destrozos por doquier.
Información interesante sobre esta batería de costa podéis encontrarla haciendo clic aquí. También os recomiendo entrar en El túnel del pánico, un comentario relativo a esta instalación que merece la pena leer.
Después de esa visita, llena de nostalgia para algunos, volvimos sobre nuestros pasos y tomamos el GR 58 o Sendeiro gas Greas que pasa por estos parajes marchando monte arriba, por una empinada corredoira en la que se pueden apreciar con claridad las rodelas o huellas que las ruedas de los carros del país fueron esculpiendo en las rocas que sirven de pavimento.
Entre pinos y eucaliptos, por pistas forestales, rodeando la parroquia de Baredo, alcanzamos el paseo fluvial del río Fraga que nos devuelve al punto de inicio.

Pórtico de entrada con los símbolos de Artillería. Una muestra del aspecto ruinoso que presentan las antiguas instalaciones.

Uno de los fieros cañones, ahora pintarrajeado. A la derecha, el cerro donde estaba instalada la batería de cañones.

El faro de Cabo Silleiro y la foto de familia.
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Os muiños do Folón
Por muchas que sean a las veces que visite estos parajes uno no dejará nunca de asombrarse ante la estampa que se ofrece ante su vista: la de las baterías de molinos que en número de 36 jalonan el curso del río Folón desde su inicio en A Ponte das Penas hasta su remate en las alturas en donde se encuentra con su compañero el río Picón que baja hasta el mencionado puente alimentando a su vez a otros 21 molinos con lo que suman 57 estos ingenios en los que se molía el trigo y el maíz trabajándose en ellos también el lino y la lana.
No es ésta la primera vez ni será la última que los chicos de Los Lunes al Sol nos acerquemos hasta esta impresionante muestra de lo que durante más de tres siglos fue una de las industrias molineras más importantes de la comarca.
En algunas de sus fachadas pueden verse grabadas en la piedra fechas como 1702 o 1713. También, el observador atento, encontrará cruces, llaves y otros símbolos que dejan constancia del canteiro que los construyó o de quiénes fueron sus dueños o del deseo de protegerlos contra el mal de ojo y otros siniestros augurios.
Llama la atención la estandarización de los elementos que componen estas instalaciones y que se repiten sin apenas variantes en todos los molinos fluviales que en encuentran a lo largo y ancho de la tierra gallega. O rodicio, o inferno, as moas, o pousadoiro, etc., son partes del muiño que se repiten en todos con las mismas formas y dimensiones recordando la normalización que caracterizó a la revolución industrial de la que por estos lares no se sabía nada por aquella época. Algo parecido ocurre con los hórreos gallegos que parecen también construídos bajo una norma general con muy pequeñas variantes.
Estos muiños, además de transformar el fruto de sus cosechas en harina, eran punto de reunión para sus usuarios y allegados. En ellos, mientras duraba la molienda se contaban historias y cotilleos, se cantaba, se bailaba y hasta se hacían conjuros. Eran las famosas muiñadas que fueron calificadas en más de una ocasión de fiestas infernales y por eso perseguidas por el clero y las fuerzas vivas aunque con consiguieron hacerlas desaparecer.
Del Diccionario enciclopédico gallego-castellano, de Galaxia, cito la siguiente referencia a las muiñadas:
En los molinos comunales y en los particulares, la muiñada tiene la finalidad de evitar que el molinero se quede con más maquía que la que por uso y costumbre le corresponde, y por eso acuden de noche a esperar la vez los mozos, las mozas y las personas mayores, formándose, naturalmente, las tradicionales diversiones aldeanas, en las que se canta, se parrafea, se baila, se elabora el bolo da pedra, y se cuentan cuentos entre algazara y bulla para pasar alegremente parte de la noche. Ya lo dice la copla popular tan conocida:
Unha noite no muíño,
unha noite non é nada;
unha semaniña enteira,
esa sí que é muiñada.
Estos muiños de los ríos Folón y Picón con sus casi seis decenas de ejemplares a lo largo de 3 Km. de cauce, forman un conjunto único entre los de su clase, entre los miles de estas rústicas construcciones esparcidas por toda Galicia gracias a sus innumerables ríos grandes y pequeños, inagotables fuentes de energía que durante siglos hicieron posible el funcionamiento de esta industria, básica en la economía familiar del rural gallego. Fueron declarados BIC (Bien de interés cultural) después de la última restauración llevada a cabo por el Concello de O Rosal en 1998.
Para llegar hasta aquí hemos iniciado la ruta, como otras veces, en la zona recreativa existente a la entrada de A Guarda por la carretera que viene de Baiona, desde donde parte el antiguo GR 54, ahora descatalogado pero del que aún se conservan bastantes marcas. Siguiendo las pistas forestales que nos llevan por los montes de Oia hasta el campo de tiro de A Cruz da Portela, se llega sin dificultad hasta Os Muiños do Folón. Bajamos hasta A Ponte das Penas y a no más de 3 Km. encontramos la villa de O Rosal donde nos detenemos para comer y descansar. Nuestro amigo y compañero José Luís diseñó en su aparato GPX la ruta de vuelta que nos llevó sin problemas al camino de inicio pasando por las encantadoras aldeas de As Medas y Sandián.

La zona de descanso donde se inicia la ruta con el monte Santa Trega y A Guarda al fondo. A la derecha, un indicador del GR 54.

La costa atlántica desde los montes de Oia. A la izquierda A Guarda y a la derecha Cabo Silleiro.

El mirador de A Cruz da Portela. En plena marcha camino de San Martiño.

El grupo de los lunes con el río Folón al fondo.

Batería de muiños. A la derecha, entrando en O Rosal.

Cruceiros, simples cruces y otras expresiones de la piedad popular como los petos de ánimas abundan en el rural gallego. Éstos los hemos visto en As Medas y Sandián.
* Tiempo en movimiento: 7 h.
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“Caminante no hay camino…”
La hicimos en invierno y en verano, a la luz del día y en la oscuridad de la noche y nunca es igual. Bien ciertos son los conocidos versos de D. Antonio Machado cuando dicen aquello de “Caminante no hay camino, se hace camino al andar…” Por muchas veces que repitamos una ruta, cada hora, cada día, cada estado estado de ánimo, la hacen distinta y el sendero que pisas es un camino nuevo cada vez. Así nos ha ocurrido en este lunes con el PRG 68, también denominado A Vía Escondida, un juego de palabras del diseñador de esta ruta que discurre alrededor de la parroquia de Viascón, a medio camino entre Pontevedra y Cerdedo, en la carretera de Orense.
En la fría mañán de xiada los campos helados componían en su blanca palidez un paisaje de silencio, recogimiento y soledad. Solamente nuestras botas pisando la escarcha rompían la quietud del momento en esas horas primeras hasta que el sol va iluminando el valle y calentando la tierra.
A poco de comenzar, el sendero se desvía formando un bucle que atraviesa el regato Rexudoiro para cerrarse en la pista que nos lleva a la hermosa carballeira de Carbalinchán y ahí al Coto da Bouza, un pequeño promontorio desde el que regresamos a la pista inicial para emprender la subida al Coto do Ramalloso y de allí al Coto do Meixoeiro en el que nos detenemos para reponer fuerzas y subir al cercano Coto do Castro con hermosas vistas sobre valle y el mar, con las rías de Pontevedra y de Vigo al fondo.
Ahora toca bajar hasta llegar a la localidad de Atalaia cerca ya del río Lérez hasta cuyas orillas descendemos para emprender allí el camino de vuelta. No tardamos en regresar a Viascón que es donde se cierra esta ruta circular.
Después de animada comida en un restaurante de carretera, continuamos hasta la famosa Carballeira de San Xusto a fin de aliviar la modorra producida por el copioso yantar y visitar su antiguo y arruinado balneario rural de cuyas instalaciones aún se conservan restos de las bañeras en las que los pacientes trataban sus males de reúma y otras dolencias con sus aguas sulfurosas que aún siguen manando en la fuente que allí se conserva.
A un par de km. de allí se encuentra un encantador puente romano sobre el río Lérez y allá nos fuimos pateando por un diminuto sendero de pescadores que discurre entre bosques de castaños, pequeñas cascadas, troncos caídos de añosos robles que hay que salvar no sin esfuerzo, rocas resbaladizas cubiertas ora de verdín, ora de musgo, regresando por el mismo camino que, como decíamos al inicio de esta crónica, se torna diferente cuando lo repites bajo otra luz, la del incipiente ocaso, filtrando sus tornasoles entre la arboleda, tiñendo de suaves matices estos parajes a punto de desvanecerse bajo las sombras de la tarde que se apaga.
Aunque el sol ya ilumina la iglesia de Viascón, los campos permanecen helados sin que ello parezca importarle a esta opulenta vaca que posa impasible.
El Rexudoiro cruza del primer bucle del recorrido. A la derecha un Diosperus Caqui, de origen asiático, muy popular en las huertas pontevedresas hace unas cuantas décadas pero en plena decadencia en la actualidad. Pierde sus hojas en otoño pero conserva el fruto durante el invierno.
La ruta está bien señalizada y conservada pero algunos sitios de interés como este de Os Petroglifos de As Laxes presentan un estado deplorable. A la derecha, la foto sobre el puente romano.
El camino por la orilla del río Lérez es un sendero lleno de encanto que no tardará en desaparecer si no se detiene la invasión implacable de los eucaliptos en la ribera de enfrente.
* Tiempo en movimiento: 6 h.
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En el techo de Vigo
Cuando Hillary y Tenzing alcanzaron la cima del Everest se dijo que habían conquistado el techo del mundo. Pues aquí en Vigo, tenemos también nuestro techo pequeñito y doméstico, el monte Galiñeiro, de unos 700 m. de altitud, en la parroquia de Vincios, muy cerca de la ciudad. En este lunes, la mañana transparente y luminosa invitaba a escalar la escarpada pendiente que desde el parque forestal de Zamáns nos conduce hasta la cima, siguiendo el PRG 1, por estrechos carreiriños en los que apenas cabe el ancho de la bota.
A medida que subimos se va abriendo ante nuestros ojos el maravilloso espectáculo de la ciudad desparramada hacia la ría, abarcando la vista desde la ensenada de Baiona hasta la de Rande, con las islas Cíes en el medio, componiendo un cuadro de espléndida belleza bajo un cielo de intenso azul. Allí, en la cima del Galiñeiro, el silencio, la luz y la lejanía ofrecen a nuestros ojos una estampa cuya mágica belleza nos deja fascinados.
Después de la dura ascensión sigue una laboriosa bajada por la ladera sur hasta regresar al sendero PRG 2 que nos lleva sin dificultad alguna hasta el monte Aloia, declarado Parque Natural en 1978 y cuyo mirador ofrece magníficas vistas de la ciudad del Tui y el río Miño.
Aún llegamos a tiempo para encontrar acogida en el restaurante O pote, a la entrada de la ciudad en donde, ya entrada la tarde, tomamos en autobús que nos devuelve a Vigo.

La ciudad de Vigo con el monte Alba a la izquierda y la ensenada de Baiona.

Ya queda poco para alcanzar la cima.

En las dos cotas más altas del recorrido: Galiñeiro a la izquierda y Aloia a la derecha.

El Aloia está cruzado por innumerables senderos algunos tan bonitos como éste. Llegados a la ciudad, la cumbre del Galiñeiro se perfila a lo lejos como una sombra que no tardará en fundirse con la noche.
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