Sendero PR-G68: Viascón, A vía escondida

Lunes, 3 de Abril de 2006
Adrián, Ángel, Carlos, Isidoro, José.

Recorrido: 20 Km.
Duración: 4 h 30 min

Dificultad: Media/Alta

Viascón es una parroquia perteneciente al Concello de Cotobade, que se encuentra al borde de la carretera de Pontevedra a Orense. El grupo de los Lunes al Sol hemos hecho la ruta del PR-G68, cuyos detalles podéis ver en el enlace correspondiente pinchando.. En esta ocasión hemos hecho el recorrido en el sentido contrario al que se indica en la descripción que se hace en la página de Turgalicia. Os lo recomendamos si queréis evitar una rampa muy pronunciada que hay al salir de As Coutadas.


Es fácil colegir que lo de A Vía Escondida, viene de Viascón, supongo que por pura coicidencia. Por eso, hemos escogido para esta vista del lugar, la foto en blanco y negro detrás de la cual parece esconderse esta parroquia.


La iglesia y el palomar de la rectoral, dominan esta parroquia rural partida en dos por la carretera.


La recién estrenada primavera, extiende su verde sobre las veigas y brañas anegadas con el agua de las abundantes lluvias de Marzo.


El agua corre veloz por los innumerables riachuelos y regatos que cruzan los campos, bajan por las laderas del monte o se precipitan en pequeñas cascadas allí donde hay un desnivel. El viejo molino en ruinas, es ahora testigo indiferente en medio de estas aguas veloces que antaño le dieron vida y energía.


La ruta está perfectamente señalizada. Siguiendo las marcas blancas y amarillas, es imposible extraviarse.

Terminado el recorrido nos hemos acercado a la famosa Carballeira de San Xusto, donde hemos tenido una comida especial en homenaje a nuestro guía Adrián por su 65º cumpleaños. ¡Larga vida, Adrián, y que nosotros los veamos! Isidoro ha oficiado de cocinero obsequiándonos con una manitas de cerdo con setas…»bocato di cardinale».

Nota: Lamento la pérdida de las imágenes debida al cambio de servidor.

La curruca capirotada (Silvia Atricapilla)

Pareja curiosa donde las haya, ésta de currucas que aquí podéis ver, en la que el macho parece querer poner distancia entre él y su hembra; que no sirva este testimonio gráfico, tan inoportuno, pensará él, para contrariar o incluso dar al traste con esa imagen de modernidad que han conseguido crearse.

Pareja moderna, sí, por el empeño que ponen en llevar vidas separadas; son pareja porque la naturaleza lo impone, pero qué raro es verlos juntos.

Por eso el valor testimonial de esta instantánea, aunque, como veis, el macho se haya propuesto no dejarse inmortalizar al lado de su compañera.

Moderna también la apariencia de ella, esa hembra con aire de impresionista a la francesa que, aunque prácticamente en todo igual a su macho, ha conseguido dotarse de un estilo propio y exclusivo al vestir boina rufa, color teja, manifiestamente más fina y con más clase que la de él, negra, que le da aspecto de paleto típico, de los de boina calada, y es posible que ella lo vea también así, y por eso quizás se les sorprenda tan pocas veces juntos.

Es la curruca capirotada un pajarillo de vestimenta gris prácticamente uniforme, de aspecto insignificante, que suele pasar desapercibido, y no solo por la sobriedad de su atavío; más, si cabe, por lo recatado de sus costumbres.

Una vez que aprendemos a identificarlo no deja de sorprendernos la frecuencia con que de repente lo vemos, y que resulta estar mucho más presente de lo que nos había parecido.

Muy probablemente, detrás de esa primera percepción, errónea, esté su parecido con el gorrión común, unido a su actitud discreta y escondidiza. Sí, cuántas veces, y ahora caemos en la cuenta, no habremos despreciado como “de gorrión” observaciones fugaces e incompletas de esta curruca capirotada a la que apenas vimos pasar un momento entre las hojas lustrosas de la camelia, por ejemplo, donde, discretamente afanosa, le gusta alimentarse de las partes tiernas, o de bichillos, en una amplia variedad de posturas, incluso colgando cabeza abajo. Quizás de no haber perdido repentinamente el interés, por pensar que de nuevo se trataba del gorrión, de haber sido un poco más curiosos y menos confiados, habríamos descubierto a la vivaracha curruca de aspecto ingenuo.

Su actitud es inquieta y atareada. No da ocasión a dejarse observar en la misma postura y lugar durante largo tiempo. Le es más propio el constante ir y venir, recorriendo curiosa y acelerada las ramas y hojas, y los brotes, frutos o bayas, donde los haya, de los árboles y matorrales por los que se mueve, discreta, intentando siempre ocultarse de nuestra vista, a lo que le ayuda el atuendo simple de su plumaje grisáceo, desprovisto de señas particulares, como no sea la ya mencionada boina que tan útil nos resulta para identificarla.

A pesar de ser un ave de distribución amplia, sus hábitos discretos la hacen difícil de observar, salvo por oírla. El casco urbano, sin embargo, al que recurre en los meses de tiempo más riguroso, quizás por ofrecer mayor protección, más calor, más alimento, nos proporciona a nosotros más y mejores ocasiones de observarla por la disposición más espaciada de los árboles, en las aceras y en los parques también, y por la falta de matorral, u otros lugares en que ocultarse; así, si tenemos la suerte de verla entrar en una camelia, o en un limonero o naranjo de los que adornan las aceras, no nos resultará muy complicado seguir con la mirada su alegre e inquieto desplazamiento de rama en rama, discretamente buscando ocultarse tras las hojas, mientras con su agudo pico indaga y repesca todo lo culinariamente interesante que se ponga a su alcance. Cuando haya acabado cambiará de árbol con su vuelo rápido y potente.

Pero si en la ciudad aún resulta más o menos fácil verla, en el campo, o en el bosque, es casi imposible. Oírla si que la oiremos, sobre todo su reclamo seco y metálico. Es amante de zonas arboladas y con buen sotobosque, con matorral crecido y espeso, por el que se mueve a sus anchas, confiada en la protección que le ofrece, ocultándola de las inquisitivas miradas de depredadores y otros robadores. Muestra predilección por la zarza y por la hiedra, donde la tradición popular la localiza más habitualmente. Para nosotros los gallegos, es la “papuxa” una hábil recolectora de moras. Algunos autores dan por segura su observación, en el mes de septiembre, en cualquier mata de saúco, atraída por las oscuras bayas que en ese mes cuelgan tentadoras en racimos abundantes. Más, por lo general, no nos resultará fácil verla si nos movemos por el bosque o por el campo.

Es también característica la falta de acompañamiento oral a su frenética actividad. Solo si se siente amenazada, probablemente por nuestra presencia (si tenemos ocasión de atestiguar este comportamiento), o por la de cualquier otro intruso, la oiremos alarmarse a sí misma y a sus congéneres, con la repetición rápida y rítmica de un “tac” breve y vigoroso que a mí siempre me ha sonado como el entrechocar de las canicas de acero con las que jugaba de chaval.

En época reproductora sin embargo, esa discreción se vuelve, en el macho, alegre algarabía de motivos breves, ásperos, en rápida sucesión, seguidos de una característica melodía de notas aflautadas, lejanamente reminiscentes del cantar viril del mirlo común, que muy oportunamente parecen decirle en cuatro sílabas a la hembra: “¿Te decides, te decides?”.

Dejadme que os diga cuál es para mí la aportación valiosa que esta “Sylvia de cabellos negros” hace con su presencia entre nosotros, en la ciudad hostil: la de recordarnos con su aspecto rural y paisano, de boina calada hasta las cejas, cual es nuestro verdadero hogar; la de traernos a este exilio de hormigón y asfalto al que más o menos voluntariamente nos hemos condenado, la estampa ingenua de nuestro origen, para que no lo olvidemos, para que no desistamos de recuperar nuestras raíces. Eso parece decirnos con sus cuatro sílabas.

Jaime

Río da Fraga: torrente de belleza

Sábado, 11 de Marzo de 2006
Adrián, Celia, Carlos, Eduardo, Emilio José, Jaime, José, María, Mari Charo, Mercedes, Pili Carballo, Sita

Recorrido: 16 Km.
Duración: 3 h 30 min

Dificultad: Media/Alta
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Corcel de agua y espuma
El río, aún joven, se precipita rocas abajo como un potro joven, pletórico de bravura y de fuerza en su piel brillante de agua y espuma. Así es el Río da Fraga o Dos Ladróns. Atraviesa de norte a sur las tierras de este municipio, conformando la frontera natural entre las parroquias de Meira y Moaña, en cuya playa Da Xunqueira entrega su torrente a las aguas del “mare tenebrosum” de los antiguos que en la bahía de Vigo es aún luz y calma. Aquí, frente a esta playa, hemos comenzado el recorrido que tiene su inicio en un pequeño parque detrás del cuartel de la Guardia Civil.

Entramos en la fraga
Dejando atrás el primer tramo urbano, nos adentramos, atravesando un rústico puente, en la fraga donde el río Dos Ladróns es amo y señor. Ya adornan sus riberas las encantadoras prímulas que son como el tímido anuncio de la primavera que ya está al caer. Chapotean nuestras botas en las húmedas brañas, entre las frescas leiras de hierba verde y brillante bajo el fino orballo de la mañana.

Historias de antaño
Ya estamos en la senda de los “muiños”. Son veintinueve los que jalonan las riberas de este río, fuente de energía y de vida en tiempos no muy remotos. Testigos de de historias de sacauntos y meigas, de chismes y de amores, mientras sus muelas giraban al sonsonete del tarabelo. Algunos, restaurados, están en condiciones de funcionar, otros, la mayor parte, son románticas ruinas, desoladas paredes de piedra que el musgo y el tiempo han cubierto con el tapiz verdeoscuro del olvido.

El río agradecido
Rústicas mesas y bancos en los claros del bosque nos esperan para cuando el calor y el sol nos inviten al descanso. Puentes de madera, escaleras cavadas en las rampas, barandas en los pasos difíciles, terrazas para disfrutar estos parajes de increíble belleza, son los regalos que nos hace el río a los que lo disfrutamos, lo miramos, lo admiramos.

Los invasores
Dos invasores vegetales y otro de hormigón acechan en la fraga. Acacias y eucaliptos se abren paso entre los ameneiros, salgueiros, carballos, castiñeiros y loureiros que son la población autóctona de la fraga. Pero otros de hormigón, los pilares de impresionante altura del reciente “corredor del Morrazo” parten la fraga por el medio y se asientan intratables y duros en la floresta, arrasando a su paso a cuanto ser viviente se interpuso en su camino. Solamente el bravo corcel, pasa bajo su inmenso pórtico de cemento, casi en silencio, perdido su coraje, para recuperarlo una vez que alcanza la perdida fraga.

La calma
Entre cascada y cascada, el río descansa, recupera fuerzas mientras se desliza en una aparente calma por las suaves pendientes, en pequeños saltos. Su fluir es ahora lento y horizontal, sus aguas acarician las viejas piedras cubiertas de musgo, el enorme troco que el rayo tronzó y arrojó sobre su cauce, viejos molinos que perdieron su “levada”. El río es ahora un dulce murmullo, la fraga un tibio rumor.

La furia
Río arriba, el río rejuvenece, remonta los rudos desniveles, baja alegre precipitándose en las rocas relucientes de agua y espuma, rebota sobre las enormes piedras, las lajas cuya piel de granito brilla cuando el agua es una lámina o se infla de blanco cuando la espuma borbotea sobre la dura roca. Aquí es el ruido y la furia, el estruendo de cien corceles que galopan río abajo, llenos de fuerza, energía y belleza. Ya hemos llegado al tramo de las cascadas, el tramo final que nos acerca al nacimiento del río.

Principio y fin
Dejamos al río niño, y siguiendo monte arriba, enlazamos con el sendero GR 59, o “Roteiro ecolóxico do Morrazo”, pasamos por la zona de recreo de O Beque y bajamos a la fraga para retomar el tramo de los “muiños” que nos devuelve al punto de partida. Aquí el sendero se hace paseo y río se hace urbano, encajonado entre muros que lo agobian, humillado, perdida su altanera belleza de allá arriba, se deja morir, casi a escondidas en la playa da Xunqueira.

El azor (Accipiter gentilis)

Observar al azor ha consistido para mí, durante años, sencillamente en verlo pasar; una silueta, ahora ya gozosamente familiar, recortada en el cielo; un vuelo característico; un paso fugaz de un ave extraordinariamente discreta.

Al principio, cuando cogí la costumbre de mirar al cielo cada poco, víctima de una especie de tic que aún hoy conservo, me plantaba, armado de paciencia, en un lugar propicio; aquí en Galicia lo son, y mucho, las áreas de cultivo con parches de bosque.

Muchos me habrán visto entonces, compulsivamente mirando hacia arriba, y a saber qué habrán pensado. Entre las gaviotas, reinas indiscutibles de nuestro cielo, no tardaban en aparecer otras aves que, a no haber estado al acecho, con la inestimable ayuda de mis prismáticos, habrían pasado desapercibidas entre una tan persistente monotonía de plumas blancas.

Una silueta en cierta forma diferente era lo que primero apreciaba. Luego, la ausencia de partes blancas. Una observación más pormenorizada con los prismáticos podía dar como resultado o bien una gaviota más, a pesar de todo, o bien una paloma o, con la taquicardia consiguiente, una rapaz; y entre estas, un ratonero, la mayor parte de las veces (interesante pero no emocionante), un gavilán o un azor, que no es siempre fácil distinguirlos, y en ese caso ya daba yo por buena la espera, la impaciencia, el aburrimiento, el frío o cualquier otra inclemencia hasta entonces estoicamente soportada.

A veces, muy pocas, el que pasaba era un halcón peregrino, y entonces la emoción era ya difícil de contener, y casi seguro lanzaba un gritito de placer que, a los ojos de quien de lejos me observara, terminaría de presentarme como un desequilibrado: otro loco de la colina.

Azor deriva de acceptore*, y éste de accipiter*, palabra latina que debe significar algo así como el arrebatador, el que se lleva por la fuerza; uno que llega, coge lo que le viene en gana y se marcha por donde ha venido.

Su nombre lo es, así mismo, de una larguísima familia de aves de presa, los acciprítidos, con miembros tan nobles como el águila real, el águila imperial, el pigargo, y un largo etcétera que incluye aguiluchos, milanos, ratoneros, buitres…También lo es de un deporte desde antiguo asociado a la realeza y la aristocracia, la cetrería, pues cetrero viene de acceptorariu*, o sea, el que maneja al azor.

Considerado en Europa una de las más nobles aves de presa, los ingleses, sin embargo, lo degradaron a raptor de gansos (goshawk) y los franceses por su parte, tampoco parecen concederle demasiada categoría llamándolo autour de pombes, el que otea a las palomas; de esta manera, sin embrago, presentan su lado más interesante: el de alguien que observa, que está ojo avizor, pendiente de todo lo que pasa a su alrededor.

La clave del éxito del azor está en saber esperar el momento propicio. Es un especialista en el arte de observar, de ver y no ser visto. Hace un uso magistral de la ventaja que su naturaleza le ha dado: el tiempo.

Por su alimentación, carnívora, no precisa comer más que una vez cada uno o dos días, y si por fortuna para él, ha conseguido atrapar una presa de tamaño aceptable, una paloma torcaz, una ardilla, una liebre, en tres o cuatro días no tendrá que volver a preocuparse.

Tiempo a su favor; tiempo para acechar a sus presas, para estudiar sus puntos débiles, sus movimientos, sus desplazamientos, rutinarios la mayoría de las veces, y adelantarse a ellos.

Tiempo también para dormitar y reponer fuerzas, a la sombra del tronco de su árbol, disimulado entre las hojas, agazapado en su plumaje críptico, mimético, que tan eficazmente le desdibuja hasta hacerle invisible.

Abrigándose en esa invisibilidad el azor sueña, cuenta las plumas del verderón que, sin saberlo, se le insinúa desde un pino lejano. Dormido o no, el azor sueña momentos gloriosos, y otros que no lo son tanto. Dicen las estadísticas que en torno al ochenta por ciento de sus lances de caza acaban en fracaso.

Sueña el vaivén armonioso de las ramas y troncos de estos eucaliptos entre los que peligrosamente vuela, a muy poca distancia del suelo, sin ruido apenas, sin perder de vista al arrendajo, que vuela confiado a unos quince metros por encima de él, su panel alar emitiendo oportunos destellos azules. Calcula el azor que a este ritmo no tardará mucho en rebasarle y entonces vendrá lo más difícil, la escalada en vuelo prácticamente vertical de esos quince metros que le separan de su presa, quien poco espera lo que se le viene encima.

Sueña, en fin, con ese momento feliz en el que un zorzal, un verdecillo, una urraca…, en el que una becada, una tórtola turca o un mirlo van a venir, como él a diario les ha visto hacerlo, por este tramo silvoso del bosque, o a la orilla del sendero, o sobrevolando la mancha de pinos, ignorantes por completo de que allí les espera él, emboscado, y de que apenas comiencen a alejarse de este lugar, sin que sepan cómo, ni de dónde, porque no lo verán venir, recibirán el golpe fatal del azor, en virtud del cual acabarán traspasados por las aguzadas garras del pirata de la espesura, como lo llamó Rodríguez de la Fuente.

Una de las pocas veces en que tuve la suerte de ver uno posado, observaba yo unos aviones comunes junto a una zona arbolada, armado con el telescopio.

El azor llegó volando, ocultándose entre los árboles circundantes. En ese momento, por suerte, yo no estaba ante el ocular del telescopio, así que le vi llegar y acomodarse en un posadero discreto: una rama pelada de pino, disimulada entre una abundante vegetación de matorral.

De inmediato reorienté el telescopio, dispuesto a no perderme nada. Sin saberse observado, el hermoso pájaro, un macho adulto, de ojos rojos, dorso oscuro de pizarra, pecho blanco finamente barrado del mismo tono pizarra, se dedicó a observar a su vez, mirando siempre en la misma dirección, hacia el interior de la zona arbolada y cerrada de denso matorral, en cuya linde él se encontraba.

Algo, en seguida, llamó su atención. Su cuerpo esbelto se tensó; comenzó a mover, inquieto, la cabeza, los hombros. Sin perder detalle, aparentemente, de los movimientos de su objetivo, su figura entera los reflejaba en la tensión que le hacía moverse arriba y abajo.

No paré de relamerme durante un cuarto de hora que, ya os imaginareis, a mí se me pasó sin enterarme, viéndolo cobrar cada vez más interés, tensarse más aún hasta, por fin, cambiar radicalmente de posición.

Echó la cabeza hacia abajo; la cola apareció por detrás de su espalda y, antes de que me diera tiempo a suspirar, había desaparecido del limitado campo de visión de mi telescopio.

Rápidamente levanté la cabeza y empecé a buscarle, tratando de anticipar por dónde iba a salir, lanzado como una flecha, pero fue en vano.

Triunfante o fracasado, la espesura de sauces y pinos y zarzas que ocultan ese lado de la salida de la autopista, guardaron celosamente su secreto. Ni siquiera llegó a mis oídos el gritito de angustia, o de alarma, de la presa cobrada, o milagrosamente escabullida, y me tuve que conformar con lo que había visto, que, aunque entonces me supo a poco, hoy reconozco contento que fue mucho.

Jaime

De monasterio a monasterio

25 de Febrero de 2006
Carlos P., Celia, José, María, Mari Charo, Mercedes, Sita

Recorrido: 15 km.
Duración: 4 h.

Dificultad: Media/Alta
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La Fraga del Eume es uno de los bosques atlánticos más importantes de Europa. En su tramo final, cuando el río avanza para encontrarse con el mar, robles, fresnos, castaños, avellanos, y laureles jalonan sus riberas y helechos de más de veinte variedades adornan su suelo. Es invierno en la fraga, los árboles se yerguen desnudos y sus copas son ahora como arpas oscuras, calladas entre el fragor de las aguas que bajan agitadas por las lluvias recientes. Abundan las pequeñas cascadas y las fuentes que arrojan sus aguas rizadas a la vena poderosa que es el río en su crecida.

Los chicos y las chicas de la Caminata Sabatina han  comenzado su andadura poco antes del Monasterio de Caaveiro. Este monasterio, ahora en restauración, contempla desde lo alto del cerro la venida de las poderosas aguas del Eume en su ansioso fluir hacia el mar ya cercano. Es un cenobio esbelto y coqueto cuyos alrededores recorremos y desde el que emprendemos nuestra marcha hasta el monasterio de Monfero. De monasterio a monasterio, se llama nuestra caminata de hoy que discurrirá sobre un tramo del sendero de largo recorrido GR 50, llamado también «La Ruta del Medievo».

Ya hemos dejado el río, los estrechos senderos cubiertos de hojas que corren paralelos a la corriente, entre fuentes y cascadas, jóvenes arbolillos y veteranos troncos que el espeso musgo cubre como protegiéndoles del frío y de la lluvia que hoy nos acompañan casi sin interrupción. Subimos, esforzados andadores, ganándole altura al serpeante caminito que nos lleva al final de la fraga. Ahora es el asfalto, a cielo abierto. Solamente las piedras del muro donde nos sentamos son nuestro refugio para reponer fuerzas, mientras la lluvia y el granizo atenazan nuestras manos.

El último tramo ha sido todo asfalto. Brilla el negro pavimento mojado por la lluvia que apenas nos abandona. Carreteras silenciosas entre pinares y praderas, casas aisladas aquí y allá, alguna iglesia en la lejanía, un rústico molino abandonado, romántico recuerdo de otros tiempos sin asfaltado y sin coches y, poco más allá, detrás de una colina, casi de repente, como de sorpresa, Monfero, monumental y elegante. Allí finaliza nuestro recorrido. De monasterio a monasterio, hemos disfrutado durante quince kilómetros del embrujo de la fraga del Eume, del encanto de Caaveiro y de la solemnidad de Monfero. Por eso se nos ve, así de felices, en la foto.