Las colinas de Coles

El topónimo Coles no tiene nada que ver con los repollos o coles tan apreciados en nuestra cocina para las ensaladas sino con el vocablo latino collis, colina, y es que tales promontorios abundan en este municipio ourensano como lo acreditan los numerosos castros que se elevan en su entorno  como los de Santa Águeda, A Madalena, San Lourenzo y Adro Vello.

La cabeza del Concello, situado a pocos kilómetros al norte de la capital ourensana, está en Vilarchao que es donde se encuentra la Casa Consistorial y que es también el punto de partida de nuestra caminata.

Los primeros kilómetros son de carretera hasta que alcanzamos el lugar de Cima de Vila en donde no desviamos por un estrecho caminito escondido en una extensa pradera por la que caminamos casi cubiertos por la alta hierba siguiendo después hasta tocar la vía del tren que corre paralela la embalse del Velle, en el río Miño.

Dejando la vía y el embalse a nuestra izquierda, seguimos tierra adentro entre fincas y pequeñas localidades como las de Belesar, Levices y Casanova de Melas, solitarios núcleos rurales cuyo silencio quiebran los ladridos de los canes que nos salen al paso,  para dar de nuevo con las orillas del embalse desde donde parte la Senda Ambiental de Ribela, un paseo por los campos que bordean la ribera de la presa hasta el embarcadero.

Desde allí toca de nuevo carretera para dirigirnos al Hotel Restaurante Moby Dick en lo alto de una colina desde la que se divisa una amplia panorámica de la ciudad de Ourense allá abajo.

En el Moby Dick, viejo conocido de los chicos de Los Lunes al Sol, nos espera un rico arroz con pollo seguido de costilleta con patatas fritas y natillas de la casa, todo ello regado con un Cune crianza obsequio de nuestro “compa” Avelino por cuyo cumpleaños brindamos con alegría.

Aprieta el calor cuando abandonamos el restaurante, monte abajo bajo, casi siempre bajo la sombra de las frondosas carballeiras y bosques que bordean los regatos de Gustei y de Lusín hasta que damos con la iglesia de San Xiao de Ribela bajo cuyo pórtico nos detenemos para aliviar nuestras sudorosas  espaldas y hacer también la foto de familia.

Ya queda poco para llegar a Lavandeira, localidad próxima a Vilarchao que es donde iniciamos y rematamos la caminata de hoy.

Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
22,300 Km. 6 h. 20 min. Media Soleado 

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Capilla, palomar y ciprés, pazo es

El Concello de Negreira creó esta ruta llamada “Dos tres pazos” porque, efectivamente, son tres las construcciones de este tipo que el caminante se encuentra a lo largo de su recorrido, el pazo de Baladrón, el de Albariña y el de Potón.  Claro que, como no se puede acceder a su interior ni a sus jardines, lo de la capilla, palomar y ciprés no sabemos si se les puede aplicar y por tanto si, atendiendo al viejo proverbio, son realmente pazos o no.

Nosotros no hemos visto ninguno de los tres citados elementos y más bien parecen, exceptuando el de Potón en pleno casco urbano de Negreira, grandes mansiones de indianos, ya que la fechas de su construcción, por lo que hemos oído, son de los años 45 o 50 del pasado siglo.

Pero tal circunstancia no le resta a la ruta nada de su atractivo, pues  es una hermosa caminata que partiendo del lugar de Cobas, en la afueras de la villa, sigue entre fincas y pinares hasta el lugar de Fontemirón para, después de pasar por Rebordáns, juntarse con la orilla derecha del río Tambre que fluye majestuoso y pletórico bordeado por campos de cereal y pastizales hasta Ponte Maceira, un espléndido viaducto sobre el Tambre que en principio parece que fue romano.

Dice la leyenda que, persiguiendo  los romanos a los discípulos que transportaban el cuerpo de Santiago, la intervención divina hizo que el puente se derrumbara al paso de aquellos siendo así salvado el Apóstol de la furia de sus perseguidores. Sobre sus restos fue construido uno nuevo en el siglo XIII y reformado más tarde.

Es un precioso paraje embellecido por la presa que forma un amplio remanso en el río. Muchos peregrinos pasan por este puente en su camino hacia Fisterra.

Intentamos seguir por la orilla del río pero la hierba de los campos que lo bordean, demasiado alta y mojada, nos empapaba como si lloviera por lo que decidimos seguir por pistas y algo de carretera hasta dar con el casco urbano de Negreira en donde se  encuentra el mesón Os Arcos cuyo menú del día, a base de croquetas y arroz de marisco entre otras opciones, sirve para silenciar la protesta de nuestras tripas que ya iban exigiendo algo de atención.

Como de costumbre, después del postre y café con animada charla, llega la hora de  reemprender la marcha acercándonos al Pazo de Cotón, una formidable mole barroca del S. XVIII con murallas almenadas, capilla y enorme finca en cuyo interior supongo que no faltarán los citados requisitos para que se le pueda denominar pazo en toda regla.

No lejos de allí se inicia el Paseo del los ríos Barcala y Albariña, muy cuidado, con pasarelas y jardines que hace de este espacio un lugar ideal para el disfrute y recreo de los vecinos de la villa y sus visitantes.

Al final del paseo, damos con la carretera y el lugar de Cobas, en donde rematamos la ruta de este lunes.

Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
19,070 Km. 5 h. 41 min. Fácil Llovizna 

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Toneladas de cuarzo para unos gramos de oro

En el sendero que conduce a las minas de Brués hay un letrero que dice: “Aventura no exenta de peligro”, así que los chicos de Los Lunes al Sol seguimos por el caminito que conduce las minas que se componen de 13 galerías cuyas entradas son un especie de oscuras cuevas. Algunas están tapiadas pero hay otras que se pueden visitar y eso hemos hecho con tiento y precaución. No hay que olvidarse de las linternas porque a los pocos metros la oscuridad es total.

En la galería número 7 nos encontramos con un enorme pozo amparado por una inestable baranda de madera por la que no nos atrevimos a pasar. Pero en la número 3 se puede recorrer un largo trecho bajo la bóveda de cuarzo que es donde  se encuentran las vetas que contienen el oro.

Por lo visto fueron explotadas en varias ocasiones con mejor o peor éxito. El empresario Eduardo Barreiros, tan famoso en los tiempos de la autarquía  y posteriores por la fabricación de camiones, intentó su explotación pero parece ser que la cosa no era rentable y lo dejó.

Haces unos meses las minas abandonadas de Brués, en Boborás, Ourense, volvieron a ser noticia porque una empresa del ramo ha encontrado que pueden ser rentables, ya que de cada tonelada de cuarzo piensan obtener entre 15 y 40 gr. de oro. No sé si lo harán rascando cuarzo de las galerías actuales o a cielo abierto empleando la técnica del “ruina montium” de los romanos pero con la tecnología actual. Ya veremos lo que dicen los ecologistas cuando se enteren del asunto.

Para llegar hasta allí hemos iniciado la caminata en San Bartolomé da Freixa, una recóndita aldea con unas pocas casas, algunas en ruinas, a la orilla del río Viñao.  Caminamos por el delicioso sendero de bordea el río durante unos tres kilómetros para abandonarlo desviándonos monte a través por un boscoso y empinado tramo que nos lleva a la pista forestal que discurre por el  monte raso cubierto de amarillo por la flor del tojo que alterna con el rosa del brezo, luciendo como un hermoso y extenso tapiz en esta luminosa mañana de mayo.

Pasada la aldea de Nogueira que vemos al fondo cuando vamos por la medio docena de kilómetros recorridos, nos quedan otros seis para reencontrarnos con el río y ascender por una pequeña cuesta al lugar en donde de encuentran las minas de Brués.

Husmeamos por aquí y por allá como queda dicho y regresamos al río que fluye hermoso y potente entre la frondosa arboleda propia de los bosques de ribera para, después de abandonarlo en A Ponte Vella, desviarnos hacia la carretera en donde, en el lugar de nombre Almuzara, se encuentra el Bar Casa Ramón que nos ha preparado una selección de tapas a base de tortilla, empanada y embutidos que colman adecuadamente las hambres surgidas durante la marcha.

Tras animada y entretenida tertulia recuperamos la impedimenta propia de nuestro oficio y reemprendemos la caminata que resulta ser un cómodo paseo por la ancha pista forestal que serpentea entre pinares  hasta  llevarnos de nuevo a las orillas del Viñao bajo densa y saludable sombra de los caducifolios por donde  regresamos a San Bartolomé da Freixa, inicio y fin de la preciosa jornada de este lunes.

Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
22,07 Km. 6 h. 38 min. Media Soleado 

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El agua encajonada

La última vez que hicimos esta ruta, en marzo del 2014, caía agua a raudales pero en esta ocasión hizo un tiempo casi veraniego, esperando que,  después de tanta lluvia como hemos tenido en los últimos meses,  las aguas del río San Xoan que, al juntarse con la del Barbanza forman el río Pedras, se precipitaran como un torrente a lo largo de la profunda garganta por la que el río fluye dando lugar a grandes y pequeñas cascadas entre ellas la de la Miserela que es la más espectacular.

Aunque llevaba bastante agua, no presentaba hoy la espectacularidad de aquel día pero nos  encontramos con la ventaja de que la ascensión por el empinado sendero que nos lleva a lo largo del río fue mucho más llevadera al poder caminar por un piso seco sin riesgo de resbalones.

Iniciamos la caminata en el lugar de Aldea Vella, un solitario rincón con una casa a la orilla del río, siguiendo un  tramo por el monte para, al poco, tiempo, reencontrarnos con el río cerca del viejo puente do Miserela en cuyo entorno se halla un hermoso paraje en el que el río Barbanza en su encuentro con el San Xoan forma unas espléndidas pozas que invitan al baño en un día caluroso como de de este lunes.

En este punto arranca la empinada cuenta que paralela al río, que baja desde las alturas en sobre un accidentado cauce todo piedras, en algunos punto enormes lajas de granito que el agua y el tiempo han pulido convirtiéndolas en enormes losas, pulidas y brillantes, es esta deslumbrante mañana.

Remontada la larga y dura cuesta alcanzamos un apacible, verde y húmeda, por donde discurre O Rego das Brañas, un humildes riachuelo en el que abreva el ganado que pasta en estos humedales y en los vecinos  montes cubiertos, ya asentada la primavera, por el intenso amarillo del tojo que florece con fuerza en esta época.

El monótono zumbido de los  inevitables aerogeneradores que se extienden por los montes y sierras de este país nos acompaña hasta que comenzamos el descenso, casi todo el tiempo por carretera, hasta llegar a las primeras casas del lugar de A Conga en los aledaños de A Pobra do Caramiñal, la hermosa villa marinera de la comarca el Barbanza.

En el Restaurante Atlántico reponemos fuerzas con el menú del día, aceptable, sin nada especial que reseñar y recuperamos mochilas y bastones para seguir la marcha abandonando el casco urbano.

Después de pasar por encima de la autovía nos adentramos en un campo de margaritas para seguir por la orilla derecha del río Pedras bajo la sombra de su frondosa vegetación y el rumor de sus aguas que bajan calmas y transparentes hacia su cercano destino en el mar desviándonos más adelante por una pista forestal que nos lleva a lo largo de un par de kilómetros a la sombra de los pinos hasta el lugar de Aldea Vella, punto de inicio y remate de la jornada de este lunes.

Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
20,760 Km. 5 h. 53 min. Media Soleado 

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Por tierras de Rudesindo

Rudesindus Guterri (Rudesindo, hijo de Guterre), fue canonizado como San Rosendo, noble gallego que en el siglo X fundó el monasterio de San Salvador en Celanova.  Dice la leyenda que  en sueños tuvo un mandato para erigir un cenobio. El joven Rudesindo subió a un cerro próximo y desde allí lanzó  una piedra y en el sitio en que cayó comenzaron las obras del que hoy es el monumento estrella de la villa.

Aunque nacido en Portugal, pasó su infancia y juventud en Celanova, llamada Vilar por aquel entonces. Es de suponer que conocería bien estos lugares en los que, como era costumbre entre la gente de la nobleza cuando no estaban en guerra,  se dedicaría a la caza y a la pesca entre otros entretenimientos.

Así que, aprovechando el trazado de la II Andaina de Celanova organizada por el Concello el año pasado, nos hemos propuesto repetir el recorrido comenzando por el Castro de Castromao, situado en Santa María de Castromao a unos dos kilómetros de la villa y a 732 m. de altitud. Desde allí bajamos al lugar de Arrabalde, un pequeño núcleo rural y a continuación por pistas y caminos entre fincas, también por pinares y alguna que otra carballeira, siempre cuesta abajo, llegamos hasta Pontegrande, un largo pontillón que vadea el río Arnoia, en un paraje de extraorndinaria belleza, pues allí la corriente del ancho río se detiene ante una presa formando un remanso que es como un gran espejo en el que se refleja la frondosa vegetación de sus riberas precipitándose de repente en un festival de espuma y fragor, de ruido y de furia, que contrastan con la mansedumbre de sus aguas antes de la presa.

Después del puente, sigue la ruta por un sendero precioso que es un caminito verde que serpentea paralelo a la orilla del río a la sombra de los añosos árboles de la ribera, salpicado de las humildes prímulas y otras florecillas que asoman en la primavera que ya se va liberando de este crudo invierno.

Abandonamos el río en el punto más bajo de la ruta para seguir, ahora en continuo ascenso, hacia Vilanova dos Infantes también entre fincas y pinares. Ya desde lejos se divisa la torre medieval construida por el padre de Rudesindo a cuyo alrededor se apiñan las casas de la la villa. Deambulamos  un rato por allí para disfrutar de sus hermosos rincones sin que podamos subir a la fortaleza ya que estamos fuera de horario.

A un par de Km., después de una empinada cuesta, se alza la villa de Celanova a donde llegamos cuando ya nuestros estómagos reclaman algo de pitanza. Cerca de la gran plaza en donde se alza la mole de San Salvador, se encuentra el mesón O Forno que nos suministra material necesario y suficiente para satisfacer nuestras hambres.

Antes de continuar la marcha hacia el final de la ruta le echamos un vistazo al monasterio que ya conocemos de otras ocasiones y después de dar una vuelta por su impresionante claustro salimos del casco urbano para dirigirnos al alto desde donde  quizás el santo arrojó su piedra y en cuya cima se alza una cruz de piedra con altar proporcionándonos una magnífica atalaya para contemplar la excelente panorámica de la  villa  celanovense a sus pies.

Bajamos del cerro al valle para subir de nuevo la dura pendiente que nos lleva a Coelia Nova, una réplica del poblado castrexo, capital de los coelernos, que pudo ser el origen del topónimo Celanova.

Al ladito está el promontorio en el que se encuentran los restos del castro de  Castromao que es en donde de inició y remató la caminata de este lunes.


Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
22,320 Km. 6 h. 38 min. Media Nubes y claros 

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