Villafáfila 2010

A mediados del pasado mes de diciembre aproveché el fin de semana para acercarme con unos amigos a Villafáfila, en la provincia de Zamora.

Muy probablemente habrá llamado vuestra atención en la A-6, entre Mombuey y Benavente, uno de esos paneles informativos que, a diferencia de los típicos de color azul que informan de distancias y direcciones, llaman ya desde el principio la atención por su insípido color marrón claro y su apariencia más artística, pues siempre incluyen alguna imagen que intenta convencernos de que interrumpamos nuestro viaje y accedamos a visitar algún punto local de especial interés histórico, arquitectónico, paisajístico o, como en esta ocasión, natural.

Las Lagunas de Villafáfila son un conjunto de lagunas de dimensiones discretas y variables (depende de las lluvias) que se extienden entre Villarrín de Campos y Tapioles, en plena tierra de campos Zamorana, y que deben su popularidad entre todos los que somos aficionados a las aves a servir de albergue invernal a miles de ánsares comunes que desde el norte de Europa llegan en nutridas bandadas hasta aquí. Por las mañanas, con la amanecida púrpura, estas grandes aves, el primo silvestre de nuestras familiares ocas domésticas, levantan el vuelo en grupos numerosos para acercarse hasta los campos que de forma extensa y uniforme caracterizan la zona donde se encuentran las lagunas, y allí pastar a sus anchas, que no de otra manera obtienen su alimento. Al caer la tarde emprenderán el regreso de la misma manera a las lagunas en las que se reúnen para pasar la noche, pues el estarse en el agua les ofrece protección de sus depredadores, que a pesar de su considerable tamaño igualmente los tienen.

Además de los ánsares otras aves llenan este entrañable lugar, patos de varias especies, cigüeñas que se han negado a regresar a África, alguna grulla, avefrías elegantes, las entrañables perdices patirrojas, y cazadores como el milano, el cernícalo y el búho campestre. Esta vez no conseguimos ver a la avutarda, otra ave emblemática de este lugar tan especial.
En el siguiente video podréis ver un resumen de nuestra visita. Espero que os guste.

Jaime

Villafáfila 2010 from Jaime Sáiz on Vimeo.

Anuncios

Por un árbol muerto

Ya habíamos desandado la mayor parte del camino, porque íbamos de vuelta en una de esas raras ocasiones en que nuestra ruta de los sábados, en vez de ser circular, volvía sobre sus pasos – subir y bajar del lago Castiñeiras.

Por qué no nos “dio en ojos” aquel resto siniestro de un árbol que fue, cuando pasamos a su lado una hora antes, no sé si achacarlo a ensimismamiento, esa facilidad para sumirse en los propios pensamientos una vez que se ha cogido el ritmo de la marcha, o a mero despiste.

Lo cierto es que hizo falta verlo desde otro punto de vista, el del camino descendente del regreso, para que, bien delante como lo teníamos, ni más ni menos cerca que en el camino de ida, se nos hiciera evidente el que antes nos había pasado inadvertido.

Resto siniestro de un árbol que fue, de tronco seco y quebrantado, de tortuosas ramas desprovistas de hojas, rigurosamente muertas.

“Parece el árbol del ahorcado”, dijimos dos o tres casi a la vez.
“¡Dios mío, si parece un colador!”
De arriba abajo, de un lado a otro, la extensión completa del tronco estaba perforada, taladrada, cubierta de agujeros de variadas formas, algunos más grandes, otros menos, algunos crecimiento de otros, de manera que al aumentar el agujero engullía al siguiente, formando un boquete mayor.

De haber sido otros el tiempo y el lugar se pensaría que aquello había sido obra de un bombardeo intenso e implacable con mortero del gordo. Pero no. El feliz responsable de aquel minucioso trabajo de buril era sin duda el pico picapinos, aunque no solo, sino probablemente auxiliado por su congénere el pito real.

Pito y pico, dos sofisticadas taladradoras, prácticamente iguales en prestaciones, algo más grande el pito, con igual potencia de pico, capaz de perforar a plena satisfacción la madera de cualquier árbol (más fácil si está podrida, evidentemente), con un agarre perfecto que les permite mantenerse sujetos al tronco en vertical, e incluso desafiar la ley de la gravedad colgándose boca abajo de una rama, todo ello gracias al exclusivo diseño de sus patas de cuatro dedos que, a diferencia de las del resto de pájaros, están simétricamente opuestos dos a dos, de manera que el agarre está equilibrado, dos arriba y dos abajo. Además, en combinación con la cola, de plumas cortas y fuertes que ellos apoyan contra el tronco, les hace más cómoda la jornada laboral en postura tan inestable.

El pico picapinos, de aspecto más sobrio, en blanco y negro con un discreto toque de color, rojo, en copete y trasero; el pito real, más atractivo, predominantemente verde, con partes grises, e igualmente rojo en el copete.

Uno y otro, hábiles interpretes de su particular y reiterado solo de tambor, que todos hemos oído alguna vez de paseo en silencio por el bosque.

La naturaleza les ha dotado de cualidades inigualables. Gozan de un agudísimo oído que les permite localizar las larvas que, eclosionadas de los huevos inoculados en la madera por los padres, cuales sean, se esfuerzan en centuplicar su tamaño devorando sin pausa la madera podrida que las rodea. Ya os podéis imaginar el ruido ínfimo que sus mandíbulas harán; bueno, pues nuestros carpinteros lo oyen, y entonces empiezan a tocar el tambor, a abrirse paso con la potencia entusiasta de su musical pico, y cuando les parece que ya está a su alcance, asoma la doblemente curiosa lengua; doblemente curiosa, si, primero, porque no deja rincón por explorar, y segundo, por sus sorprendentes características, con sus casi 15 centímetros de largo, su superficie entre viscosa y pegajosa que arrastra todo lo que se le ponga al alcance, y su extremo, rematado en garfio, que de ser necesario ensarta al gusanillo que ahora olvidado de su voraz colación hace todo lo que puede por escaquearse en el intrincado laberinto de galerías que él mismo ha ido excavando en su interminable cena.

Pito y pico han debido sin duda dedicar incontables y sabrosas horas a convertir este tronco de un árbol que fue, en el doloroso y decrépito resto que hoy a nuestros ojos se muestra. No sé si seréis capaces de encontrar belleza en la imagen decadente que ahora ofrece, con su inevitable recuerdo de acabamiento y destrucción, pero no renunciéis a gozar la de nuestros amigos carpinteros, vivarachos, parlanchines, musicales y al fin, tan de Dios como nosotros mismos, para gracia suya y nuestra.

Jaime Sáiz

Distancia Duración Dificultad Tiempo
Datos de la ruta 13,2 Km. 3 h. 27 min. Alta Nubes y claros

Para ver el mapa y más detalles de la ruta hacer clic con el ratón aquí.

Nota: Para ampliar, hacer clic en las imágenes.

La curruca capirotada (Silvia Atricapilla)

Pareja curiosa donde las haya, ésta de currucas que aquí podéis ver, en la que el macho parece querer poner distancia entre él y su hembra; que no sirva este testimonio gráfico, tan inoportuno, pensará él, para contrariar o incluso dar al traste con esa imagen de modernidad que han conseguido crearse.

Pareja moderna, sí, por el empeño que ponen en llevar vidas separadas; son pareja porque la naturaleza lo impone, pero qué raro es verlos juntos.

Por eso el valor testimonial de esta instantánea, aunque, como veis, el macho se haya propuesto no dejarse inmortalizar al lado de su compañera.

Moderna también la apariencia de ella, esa hembra con aire de impresionista a la francesa que, aunque prácticamente en todo igual a su macho, ha conseguido dotarse de un estilo propio y exclusivo al vestir boina rufa, color teja, manifiestamente más fina y con más clase que la de él, negra, que le da aspecto de paleto típico, de los de boina calada, y es posible que ella lo vea también así, y por eso quizás se les sorprenda tan pocas veces juntos.

Es la curruca capirotada un pajarillo de vestimenta gris prácticamente uniforme, de aspecto insignificante, que suele pasar desapercibido, y no solo por la sobriedad de su atavío; más, si cabe, por lo recatado de sus costumbres.

Una vez que aprendemos a identificarlo no deja de sorprendernos la frecuencia con que de repente lo vemos, y que resulta estar mucho más presente de lo que nos había parecido.

Muy probablemente, detrás de esa primera percepción, errónea, esté su parecido con el gorrión común, unido a su actitud discreta y escondidiza. Sí, cuántas veces, y ahora caemos en la cuenta, no habremos despreciado como “de gorrión” observaciones fugaces e incompletas de esta curruca capirotada a la que apenas vimos pasar un momento entre las hojas lustrosas de la camelia, por ejemplo, donde, discretamente afanosa, le gusta alimentarse de las partes tiernas, o de bichillos, en una amplia variedad de posturas, incluso colgando cabeza abajo. Quizás de no haber perdido repentinamente el interés, por pensar que de nuevo se trataba del gorrión, de haber sido un poco más curiosos y menos confiados, habríamos descubierto a la vivaracha curruca de aspecto ingenuo.

Su actitud es inquieta y atareada. No da ocasión a dejarse observar en la misma postura y lugar durante largo tiempo. Le es más propio el constante ir y venir, recorriendo curiosa y acelerada las ramas y hojas, y los brotes, frutos o bayas, donde los haya, de los árboles y matorrales por los que se mueve, discreta, intentando siempre ocultarse de nuestra vista, a lo que le ayuda el atuendo simple de su plumaje grisáceo, desprovisto de señas particulares, como no sea la ya mencionada boina que tan útil nos resulta para identificarla.

A pesar de ser un ave de distribución amplia, sus hábitos discretos la hacen difícil de observar, salvo por oírla. El casco urbano, sin embargo, al que recurre en los meses de tiempo más riguroso, quizás por ofrecer mayor protección, más calor, más alimento, nos proporciona a nosotros más y mejores ocasiones de observarla por la disposición más espaciada de los árboles, en las aceras y en los parques también, y por la falta de matorral, u otros lugares en que ocultarse; así, si tenemos la suerte de verla entrar en una camelia, o en un limonero o naranjo de los que adornan las aceras, no nos resultará muy complicado seguir con la mirada su alegre e inquieto desplazamiento de rama en rama, discretamente buscando ocultarse tras las hojas, mientras con su agudo pico indaga y repesca todo lo culinariamente interesante que se ponga a su alcance. Cuando haya acabado cambiará de árbol con su vuelo rápido y potente.

Pero si en la ciudad aún resulta más o menos fácil verla, en el campo, o en el bosque, es casi imposible. Oírla si que la oiremos, sobre todo su reclamo seco y metálico. Es amante de zonas arboladas y con buen sotobosque, con matorral crecido y espeso, por el que se mueve a sus anchas, confiada en la protección que le ofrece, ocultándola de las inquisitivas miradas de depredadores y otros robadores. Muestra predilección por la zarza y por la hiedra, donde la tradición popular la localiza más habitualmente. Para nosotros los gallegos, es la “papuxa” una hábil recolectora de moras. Algunos autores dan por segura su observación, en el mes de septiembre, en cualquier mata de saúco, atraída por las oscuras bayas que en ese mes cuelgan tentadoras en racimos abundantes. Más, por lo general, no nos resultará fácil verla si nos movemos por el bosque o por el campo.

Es también característica la falta de acompañamiento oral a su frenética actividad. Solo si se siente amenazada, probablemente por nuestra presencia (si tenemos ocasión de atestiguar este comportamiento), o por la de cualquier otro intruso, la oiremos alarmarse a sí misma y a sus congéneres, con la repetición rápida y rítmica de un “tac” breve y vigoroso que a mí siempre me ha sonado como el entrechocar de las canicas de acero con las que jugaba de chaval.

En época reproductora sin embargo, esa discreción se vuelve, en el macho, alegre algarabía de motivos breves, ásperos, en rápida sucesión, seguidos de una característica melodía de notas aflautadas, lejanamente reminiscentes del cantar viril del mirlo común, que muy oportunamente parecen decirle en cuatro sílabas a la hembra: “¿Te decides, te decides?”.

Dejadme que os diga cuál es para mí la aportación valiosa que esta “Sylvia de cabellos negros” hace con su presencia entre nosotros, en la ciudad hostil: la de recordarnos con su aspecto rural y paisano, de boina calada hasta las cejas, cual es nuestro verdadero hogar; la de traernos a este exilio de hormigón y asfalto al que más o menos voluntariamente nos hemos condenado, la estampa ingenua de nuestro origen, para que no lo olvidemos, para que no desistamos de recuperar nuestras raíces. Eso parece decirnos con sus cuatro sílabas.

Jaime

El azor (Accipiter gentilis)

Observar al azor ha consistido para mí, durante años, sencillamente en verlo pasar; una silueta, ahora ya gozosamente familiar, recortada en el cielo; un vuelo característico; un paso fugaz de un ave extraordinariamente discreta.

Al principio, cuando cogí la costumbre de mirar al cielo cada poco, víctima de una especie de tic que aún hoy conservo, me plantaba, armado de paciencia, en un lugar propicio; aquí en Galicia lo son, y mucho, las áreas de cultivo con parches de bosque.

Muchos me habrán visto entonces, compulsivamente mirando hacia arriba, y a saber qué habrán pensado. Entre las gaviotas, reinas indiscutibles de nuestro cielo, no tardaban en aparecer otras aves que, a no haber estado al acecho, con la inestimable ayuda de mis prismáticos, habrían pasado desapercibidas entre una tan persistente monotonía de plumas blancas.

Una silueta en cierta forma diferente era lo que primero apreciaba. Luego, la ausencia de partes blancas. Una observación más pormenorizada con los prismáticos podía dar como resultado o bien una gaviota más, a pesar de todo, o bien una paloma o, con la taquicardia consiguiente, una rapaz; y entre estas, un ratonero, la mayor parte de las veces (interesante pero no emocionante), un gavilán o un azor, que no es siempre fácil distinguirlos, y en ese caso ya daba yo por buena la espera, la impaciencia, el aburrimiento, el frío o cualquier otra inclemencia hasta entonces estoicamente soportada.

A veces, muy pocas, el que pasaba era un halcón peregrino, y entonces la emoción era ya difícil de contener, y casi seguro lanzaba un gritito de placer que, a los ojos de quien de lejos me observara, terminaría de presentarme como un desequilibrado: otro loco de la colina.

Azor deriva de acceptore*, y éste de accipiter*, palabra latina que debe significar algo así como el arrebatador, el que se lleva por la fuerza; uno que llega, coge lo que le viene en gana y se marcha por donde ha venido.

Su nombre lo es, así mismo, de una larguísima familia de aves de presa, los acciprítidos, con miembros tan nobles como el águila real, el águila imperial, el pigargo, y un largo etcétera que incluye aguiluchos, milanos, ratoneros, buitres…También lo es de un deporte desde antiguo asociado a la realeza y la aristocracia, la cetrería, pues cetrero viene de acceptorariu*, o sea, el que maneja al azor.

Considerado en Europa una de las más nobles aves de presa, los ingleses, sin embargo, lo degradaron a raptor de gansos (goshawk) y los franceses por su parte, tampoco parecen concederle demasiada categoría llamándolo autour de pombes, el que otea a las palomas; de esta manera, sin embrago, presentan su lado más interesante: el de alguien que observa, que está ojo avizor, pendiente de todo lo que pasa a su alrededor.

La clave del éxito del azor está en saber esperar el momento propicio. Es un especialista en el arte de observar, de ver y no ser visto. Hace un uso magistral de la ventaja que su naturaleza le ha dado: el tiempo.

Por su alimentación, carnívora, no precisa comer más que una vez cada uno o dos días, y si por fortuna para él, ha conseguido atrapar una presa de tamaño aceptable, una paloma torcaz, una ardilla, una liebre, en tres o cuatro días no tendrá que volver a preocuparse.

Tiempo a su favor; tiempo para acechar a sus presas, para estudiar sus puntos débiles, sus movimientos, sus desplazamientos, rutinarios la mayoría de las veces, y adelantarse a ellos.

Tiempo también para dormitar y reponer fuerzas, a la sombra del tronco de su árbol, disimulado entre las hojas, agazapado en su plumaje críptico, mimético, que tan eficazmente le desdibuja hasta hacerle invisible.

Abrigándose en esa invisibilidad el azor sueña, cuenta las plumas del verderón que, sin saberlo, se le insinúa desde un pino lejano. Dormido o no, el azor sueña momentos gloriosos, y otros que no lo son tanto. Dicen las estadísticas que en torno al ochenta por ciento de sus lances de caza acaban en fracaso.

Sueña el vaivén armonioso de las ramas y troncos de estos eucaliptos entre los que peligrosamente vuela, a muy poca distancia del suelo, sin ruido apenas, sin perder de vista al arrendajo, que vuela confiado a unos quince metros por encima de él, su panel alar emitiendo oportunos destellos azules. Calcula el azor que a este ritmo no tardará mucho en rebasarle y entonces vendrá lo más difícil, la escalada en vuelo prácticamente vertical de esos quince metros que le separan de su presa, quien poco espera lo que se le viene encima.

Sueña, en fin, con ese momento feliz en el que un zorzal, un verdecillo, una urraca…, en el que una becada, una tórtola turca o un mirlo van a venir, como él a diario les ha visto hacerlo, por este tramo silvoso del bosque, o a la orilla del sendero, o sobrevolando la mancha de pinos, ignorantes por completo de que allí les espera él, emboscado, y de que apenas comiencen a alejarse de este lugar, sin que sepan cómo, ni de dónde, porque no lo verán venir, recibirán el golpe fatal del azor, en virtud del cual acabarán traspasados por las aguzadas garras del pirata de la espesura, como lo llamó Rodríguez de la Fuente.

Una de las pocas veces en que tuve la suerte de ver uno posado, observaba yo unos aviones comunes junto a una zona arbolada, armado con el telescopio.

El azor llegó volando, ocultándose entre los árboles circundantes. En ese momento, por suerte, yo no estaba ante el ocular del telescopio, así que le vi llegar y acomodarse en un posadero discreto: una rama pelada de pino, disimulada entre una abundante vegetación de matorral.

De inmediato reorienté el telescopio, dispuesto a no perderme nada. Sin saberse observado, el hermoso pájaro, un macho adulto, de ojos rojos, dorso oscuro de pizarra, pecho blanco finamente barrado del mismo tono pizarra, se dedicó a observar a su vez, mirando siempre en la misma dirección, hacia el interior de la zona arbolada y cerrada de denso matorral, en cuya linde él se encontraba.

Algo, en seguida, llamó su atención. Su cuerpo esbelto se tensó; comenzó a mover, inquieto, la cabeza, los hombros. Sin perder detalle, aparentemente, de los movimientos de su objetivo, su figura entera los reflejaba en la tensión que le hacía moverse arriba y abajo.

No paré de relamerme durante un cuarto de hora que, ya os imaginareis, a mí se me pasó sin enterarme, viéndolo cobrar cada vez más interés, tensarse más aún hasta, por fin, cambiar radicalmente de posición.

Echó la cabeza hacia abajo; la cola apareció por detrás de su espalda y, antes de que me diera tiempo a suspirar, había desaparecido del limitado campo de visión de mi telescopio.

Rápidamente levanté la cabeza y empecé a buscarle, tratando de anticipar por dónde iba a salir, lanzado como una flecha, pero fue en vano.

Triunfante o fracasado, la espesura de sauces y pinos y zarzas que ocultan ese lado de la salida de la autopista, guardaron celosamente su secreto. Ni siquiera llegó a mis oídos el gritito de angustia, o de alarma, de la presa cobrada, o milagrosamente escabullida, y me tuve que conformar con lo que había visto, que, aunque entonces me supo a poco, hoy reconozco contento que fue mucho.

Jaime

EL MIRLO (Turdus merula)

Presente en todos los rincones de nuestras ciudades, porque se ha atrevido a vivir a nuestro lado, visitante asiduo de los jardines: los privados, que son todos iguales, y los públicos, territorio de los niños
(ojalá sea así por mucho tiempo) usurpado por los perros, víctimas del capricho de sus dueños.

Presente también lejos del asfalto, allí donde haya árboles, o también entre matorrales, con tal de que estén medianamente desarrollados, en bosques preferentemente de frondosas; menos habitual entre coníferas.

Lo he visto gallardamente posado en lo alto de una viña, lanzando su aflautado desafío para desesperación de otros machos que sienten amenazados su territorio y su hembra; lo he visto también más cohibido, al abrigo de las ramas bajas de un seto en cuya sombra parece querer fundir su plumaje lúgubre porque le acobarda mi presencia… y, cuando yo, insensible a su temor, continúo acortando la distancia, también le he visto levantar el vuelo apresurado, lanzar su sombra compacta tras el anaranjado pico, que chilla estridente la metálica alarma que mi terca progresión le ha causado.

He contemplado, gozoso, su intermitente paseo en el jardín cuando, hilvanando saltos o corriendo cortos trechos entre las hojas, curioso se detiene instantáneamente y contempla, con la cabeza elegantemente erguida, lo que le rodea, y hiere decidido con el rayo de su pico la herbosa tierra, una vez y otra vez, hasta que victorioso por fin, con un trozo de lombriz colgando atravesado, me mira orgulloso y como posando para una foto, antes de desaparecer con un enérgico batir de alas.

Él es, sin duda, protagonista de mil y un pasos furtivos, apresurados, ante vuestras narices sorprendidas; el escabullido veloz que con su vuelo potente apenas un momento asoma por detrás de aquella tapia antes de volver a desaparecer por encima de aquella otra.

Cuantas veces no le habremos oído entonar su canto grave, más que cantado…silbado, su melodía de estrofas largas, que saluda al amanecer debajo de nuestra ventana, que rivaliza con la de tantos otros machos de su especie en los atardeceres primaverales, llenando de alegres gorjeos nuestros caminos y las lindes de nuestros bosques.

No hace mucho un periódico londinense contaba en un gracioso artículo la sorprendente conducta de nuestro protagonista, observada en Hyde Park. Llevados de su afán, comprensible, por destacar entre sus congéneres con el sano propósito de acceder a más hembras, algunos individuos de esta especie han incorporado a su repertorio nuevos motivos, de naturaleza diversa; entre todos llama la atención la interminable lista de melodías para teléfono móvil.

Me imagino la escena; perchado en la rama de un chopo, a medias oculto entre sus hojas acorazonadas, a la vera de un camino en algún parque, el pájaro lanza al aire su nuevo reclamo, recientemente escuchado y enseguida aprendido. Por el camino se aproxima un hombre joven, con traje y con corbata, que está dando un paseo, corto, que no hay tiempo para más, con su hijo pequeño, al que lleva cogido de la mano; la otra la echa al bolsillo para sacar su móvil que él, erróneamente, cree que está sonando. Al comprobar que el teléfono permanece sorprendentemente mudo, no sabe como interpretar ese sonido que, penetrante y terco, sigue hiriendo el aire desde una rama oculta e, incapaz de ver a nuestro oscuro amigo, vuelve a mirar su teléfono, y acaba por guardarlo, después de una última mirada incrédula, y se vuelve a medias hacia el árbol, incapaz, insisto, de ver al cantor, aunque sea rematadamente negro, y esté cantando politonos a pleno pulmón entre el verde porte de un chopo escuálido.

Así somos nosotros, los reyes de la Creación, tan sofisticados, tan soberbios, que no somos capaces de reconocer a nuestro vecino, aunque se cruce con nosotros a diario, aunque nos regale su canción cada mañana (y no pocas tardes), aunque nos muestre su inteligencia.

Jaime