El río argentario

En el borde del Parque del Salgueiral, en la carretera que va de Leiro a Ribadavia, a los pies del Monasterio de San Clodio en donde cruza el el Regato de Candocar, iniciamos a caminata de este lunes.

Pasado el Puente  Esperela sobre el río Avia, seguimos por la margen izquierda, porestrechos senderos a veces casi cerrados por la maleza más un poco de asfalto, hasta pasar la central eléctrica y ya de nuevo por la ribera alcanzarel puente Da Cruz, que mutilado por las guerras y el tiempo solamente mantiene uno de los tres arcos originales por cuyos escalones podemos subir y admirar desde su altura el precioso cuadro que forma el río a su paso por tan hermoso paraje.

Desviándonos un poco del Avia, seguimos  el sendero que nos lleva hasta el puente del Santo Sepulcro por suya derecha parte el sendero que bordea el río desde lo alto dotado de pasarelas de madera  hasta llegar a la plataforma desde la cual se contempla O Pozo dos Fumes, en una profunda sima en la que una pequeña cascada forma la poza de oscuras aguas en el fondo del río.

El Arenterio tuvo fama hace unos siglos de que sus aguas arrastraban plata lo que promovió la incursión  buscadores del apreciado metal, llamados también gobernadores de la plata o argentarios que con sus beneficios construyeron algunos de los espléndidos edificios que forman el preciosos pueblo de Pazos de Arenteiro ennoblecido  más tarde, en el Renacimiento, con las aportaciones de la señores del vino, los ricos cosecheros que enriquecieron el pueblo con sus casonas blasonadas y palacios que causan las admiración de los numerosos visitantes de esta parroquia de Boborás declarada Conjunto Histórico-artístico.

Dejamos atrás sus calles y palacios para adentrarnos por el camino que nos lleva entre carballeiras y aldeas abandonadas como la de Viñoá, impresionante conjunto de viejas casas de piedra de las que solamente quedan restos de muros y escaleras,  entre los viñedos recién vendimiados, hasta San Miguel de Lebosende desde cuyas alturas se contempla el centro urbano de Leiro, en el corazón del Ribeiro.

Pasado Lebosende, seguimos por caminos encajonados entre antiguos muros de piedray pequeñas localidades como Vilaverde y Barzamedelle hasta  llegar al impresionante puente medieval de San Clodio ya muy cerca del parque del Salgueiral en cuyo contorno hemos iniciado y finalizados la hermosa ruta de este lunes.

Desde allí nos hemos desplazado hasta el restaurante A Quinza, en Ribadavia, en donde hemos dado cuenta de su variado menú del día, lentejas y lubina a la plancha entre otras opciones, todas regadas por un Rías Baixas polivarietal, Divino Rei, rico y afrutado, obsequio de nuestro entrañable Dietmar que así quizo obsequiarnos en su cumpleaños por el que los diezysiete andarines de este lunes hemos brindado deseándole una vida larga y feliz.

Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
18,370 Km. 5 h. 24 min. Media Nubes y claros

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Un balcón sobre el MIño

La primera vez que pasamos por el balneario de Laias fue en el 2015 por estas mismas fechas. Desde aquella han sido varias las que lo hemos visitado pero  este lunes es la única en que nuestro periplo se inicia y finaliza  en este centro termal.

A poco de abandonar los dominios del hotel, un estrecho sendero nos mete por una frondosa carballeira pasando después por umbríos pinares de los que salimos al monte raso que, en continuo ascenso, nos lleva por pistas forestales que discurren por la ladera, cada vez más arriba pero siempre con la estampa del río Miño embalsado allá abajo cuyas aguas parecen quietas como un enorme espejo gris plateado que se extiende a los pies e la parroquia de Barbantes hasta donde la vista alcanza.

Cuando llegamos a la bifurcación que nos habría de conducir a la cima del Monte de San Trocado, un intenso aguacero se desploma sobre nuestras cabezas por lo que aguantamos el chaparrón estoicamente y decidimos dejar la subida a la ermita del santo para ocasión más favorable.

Continuamos por las pistas que rodean la montaña, siempre con el Miño a la vista, hasta llegara la gran carballeira por la que, ya en pleno descenso, damos con  lo que queda de la calzada romana hasta las primeras casas de Barbantes.

Pasado el pueblo, vadeamos el río y seguimos por su margen derecha por el paseo que, en en poco más de tres kilómetros, nos traslada a las inmediaciones el balneario.

Allí, pertrechados con las preceptivas chancletas, gorro y bañador, accedemos a las piscinas termales del establecimiento para masajear bajo sus fuertes chorros cervicales, dorsales, lumbares, isquiotibiales y cuantos músculos y articulaciones se nos ocurran después de los cual nos dirigimos al restaurante en cuyo buffet reponemos las energías gastadas durante el día y damos por rematada la jornada con un corto paseo unos y tertulia otros en la terraza al borde del río.

Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
19,000 Km. 5 h. 00 min. Media Nubes y claros 

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¡Viva la vida!

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar a la mar,
qu es el morir.

Contemplando desde la cima del Monte de Santa Trega cómo el padre Miño se abre en un ancho estuario para entregar sus aguas al océano, nos vienen a la memoria los archiconocidos versos de Jorge Manrique que así se lamenta en las “Coplas a la muerte de su padre”.

Es de suponer que el hombre estaría deprimido y triste por el lento y doloroso tránsito de su progenitor pero a nosotros, los entusiastas andarines de Los Lunes al Sol, esta estampa del gran río gallego extendiendo sus brazos de luz y plata hacia el inmenso mar, es la imagen de la vida misma, la vida que bulle en las profundidades de sus aguas y la que hierve en sus orillas entre Caminha y A Guarda.

¡Viva la vida! exclamamos mientras recorremos los innumerables caminos y sendas que rodean este emblemático castro que, con más de tres mil años de antigüedad, domina el solemne encuentro del gran río con el inmenso océano.

Cada año, por estas fechas, estos caminantes cumplen como un rito con su andadura por los aledaños de este cerro ancestral.

Llegados a la cima contemplamos, asombrados como si fuese la vez primera, el maravilloso cuadro del Miño entregándose al Atlántico con el islote que alberga O Forte da Insua en la desembocadura.

La Citania, el Via Crucis, O Facho, entre otros atractivos, son un imán para los continuos visitantes que merodean, sobre todo en estas fechas, por su contorno.

Nosotros también lo hacemos hasta que abandonamos las alturas para descender por O Camiño das 14 revoltas a la ladera oeste en la que se encuentran Os Castrexos da Chans, con reproducciones de viviendas y otros elementos de los que hace tres milenios habitaron aquí.

Bajamos hasta las inmediaciones de O Paxase para, rodeando el monte, atravesar la villa guardesa y, ya por la costa, cruzar O Piñeiral Castrexo cuyos pinos han sido decorados por el el artista redondelano Cabaleiro con esvásticas y trisqueles celtas que confieren al lugar un halo de magia y misterio.

Desde ahí, una larga pasarela de madera nos lleva hasta el Hotel-Restaurante El Molino en cuyo gran salón nos servimos de su buffet para dar satisfacción a nuestras hambres que, después de los casi 20 Km. de recorrido por las entrañas de Santa Trega, reclaman un poco de atención.

Con un corto paseo por los pinares que bordean la Playa de Camposancos, regresamos al punto de partida dando por finalizada la espléndida jornada de este primer lunes de setiembre.

Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
19,100 Km. 5 h. 44 min. Media Nubes y claros 

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