La curruca capirotada (Silvia Atricapilla)

Pareja curiosa donde las haya, ésta de currucas que aquí podéis ver, en la que el macho parece querer poner distancia entre él y su hembra; que no sirva este testimonio gráfico, tan inoportuno, pensará él, para contrariar o incluso dar al traste con esa imagen de modernidad que han conseguido crearse.

Pareja moderna, sí, por el empeño que ponen en llevar vidas separadas; son pareja porque la naturaleza lo impone, pero qué raro es verlos juntos.

Por eso el valor testimonial de esta instantánea, aunque, como veis, el macho se haya propuesto no dejarse inmortalizar al lado de su compañera.

Moderna también la apariencia de ella, esa hembra con aire de impresionista a la francesa que, aunque prácticamente en todo igual a su macho, ha conseguido dotarse de un estilo propio y exclusivo al vestir boina rufa, color teja, manifiestamente más fina y con más clase que la de él, negra, que le da aspecto de paleto típico, de los de boina calada, y es posible que ella lo vea también así, y por eso quizás se les sorprenda tan pocas veces juntos.

Es la curruca capirotada un pajarillo de vestimenta gris prácticamente uniforme, de aspecto insignificante, que suele pasar desapercibido, y no solo por la sobriedad de su atavío; más, si cabe, por lo recatado de sus costumbres.

Una vez que aprendemos a identificarlo no deja de sorprendernos la frecuencia con que de repente lo vemos, y que resulta estar mucho más presente de lo que nos había parecido.

Muy probablemente, detrás de esa primera percepción, errónea, esté su parecido con el gorrión común, unido a su actitud discreta y escondidiza. Sí, cuántas veces, y ahora caemos en la cuenta, no habremos despreciado como “de gorrión” observaciones fugaces e incompletas de esta curruca capirotada a la que apenas vimos pasar un momento entre las hojas lustrosas de la camelia, por ejemplo, donde, discretamente afanosa, le gusta alimentarse de las partes tiernas, o de bichillos, en una amplia variedad de posturas, incluso colgando cabeza abajo. Quizás de no haber perdido repentinamente el interés, por pensar que de nuevo se trataba del gorrión, de haber sido un poco más curiosos y menos confiados, habríamos descubierto a la vivaracha curruca de aspecto ingenuo.

Su actitud es inquieta y atareada. No da ocasión a dejarse observar en la misma postura y lugar durante largo tiempo. Le es más propio el constante ir y venir, recorriendo curiosa y acelerada las ramas y hojas, y los brotes, frutos o bayas, donde los haya, de los árboles y matorrales por los que se mueve, discreta, intentando siempre ocultarse de nuestra vista, a lo que le ayuda el atuendo simple de su plumaje grisáceo, desprovisto de señas particulares, como no sea la ya mencionada boina que tan útil nos resulta para identificarla.

A pesar de ser un ave de distribución amplia, sus hábitos discretos la hacen difícil de observar, salvo por oírla. El casco urbano, sin embargo, al que recurre en los meses de tiempo más riguroso, quizás por ofrecer mayor protección, más calor, más alimento, nos proporciona a nosotros más y mejores ocasiones de observarla por la disposición más espaciada de los árboles, en las aceras y en los parques también, y por la falta de matorral, u otros lugares en que ocultarse; así, si tenemos la suerte de verla entrar en una camelia, o en un limonero o naranjo de los que adornan las aceras, no nos resultará muy complicado seguir con la mirada su alegre e inquieto desplazamiento de rama en rama, discretamente buscando ocultarse tras las hojas, mientras con su agudo pico indaga y repesca todo lo culinariamente interesante que se ponga a su alcance. Cuando haya acabado cambiará de árbol con su vuelo rápido y potente.

Pero si en la ciudad aún resulta más o menos fácil verla, en el campo, o en el bosque, es casi imposible. Oírla si que la oiremos, sobre todo su reclamo seco y metálico. Es amante de zonas arboladas y con buen sotobosque, con matorral crecido y espeso, por el que se mueve a sus anchas, confiada en la protección que le ofrece, ocultándola de las inquisitivas miradas de depredadores y otros robadores. Muestra predilección por la zarza y por la hiedra, donde la tradición popular la localiza más habitualmente. Para nosotros los gallegos, es la “papuxa” una hábil recolectora de moras. Algunos autores dan por segura su observación, en el mes de septiembre, en cualquier mata de saúco, atraída por las oscuras bayas que en ese mes cuelgan tentadoras en racimos abundantes. Más, por lo general, no nos resultará fácil verla si nos movemos por el bosque o por el campo.

Es también característica la falta de acompañamiento oral a su frenética actividad. Solo si se siente amenazada, probablemente por nuestra presencia (si tenemos ocasión de atestiguar este comportamiento), o por la de cualquier otro intruso, la oiremos alarmarse a sí misma y a sus congéneres, con la repetición rápida y rítmica de un “tac” breve y vigoroso que a mí siempre me ha sonado como el entrechocar de las canicas de acero con las que jugaba de chaval.

En época reproductora sin embargo, esa discreción se vuelve, en el macho, alegre algarabía de motivos breves, ásperos, en rápida sucesión, seguidos de una característica melodía de notas aflautadas, lejanamente reminiscentes del cantar viril del mirlo común, que muy oportunamente parecen decirle en cuatro sílabas a la hembra: “¿Te decides, te decides?”.

Dejadme que os diga cuál es para mí la aportación valiosa que esta “Sylvia de cabellos negros” hace con su presencia entre nosotros, en la ciudad hostil: la de recordarnos con su aspecto rural y paisano, de boina calada hasta las cejas, cual es nuestro verdadero hogar; la de traernos a este exilio de hormigón y asfalto al que más o menos voluntariamente nos hemos condenado, la estampa ingenua de nuestro origen, para que no lo olvidemos, para que no desistamos de recuperar nuestras raíces. Eso parece decirnos con sus cuatro sílabas.

Jaime

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2 pensamientos en “La curruca capirotada (Silvia Atricapilla)

  1. Rizar el rizo es una utopia pero me gustaria aclarar algo que hasta a mi se me pasó algun dia.
    El nombre latino es sylvia y no silvia.
    Después no nos digan que no somos cientificos…
    Hala, un abrazo a todos.

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