Un buen complemento al placer de caminar

Un buen complemento al placer de caminar, de desgastar la suela de las botas por pistas, senderos y, a veces, asfalto (no tan placentero ya entonces ), es el de dejarse la vista y el oído detrás del rastro que, por lo general, muy a su pesar van dejando tras de sí esas criaturillas, esa frenética “flor de pluma” o “ramillete con alas”, como las llamó el insigne Calderón de la mierda; si, ese que dijo que esta vida es una barca, (¿o fue al revés? Caramba, que inoportuno lapsus). Los pájaros, en una palabra.

Que siempre es bonito hacer un alto de repente y, si se va convenientemente equipado, echarse los prismáticos a la cara y, tras unos segundos de búsqueda angustiosa, quedarse extasiado con la colorida imagen del bichillo que captó nuestra atención.

¡Es un petirrojo! (casi siempre, que son muchos los paporrubios que montan guardia en las lindes de nuestros bosques), o… ¡Mira! dice el observador, …¡un garrapinos!¡qué riquiño!, siguiendo de rama en rama al esquivo ferreiriño común, que se afana en la búsqueda de arañitas y larvas por entre las grietas que se hacen en las ramas y corteza de nuestros árboles.

Otras veces el mirón de turno va jugándose el tipo porque, contra la prudencia más elemental, va mirando todo el rato hacia arriba, al cielo que, generoso, se abre sobre su cabeza o que, intrigante, se agazapa tras las ramas, cuando el grupo incansable de “caminadores” va contando pasos por en medio del bosque, y se arriesga a cada poco a dar un traspiés, a incordiar a una sencilla raíz, gorda, que “lombriceramente” ocupa su arrastrada vida subterranea como buenamente puede, y que poco merece, por una vez que se asoma a la superficie, la patada cruel que, involuntaria pero implacable, le viene a tronzar su calma y que, con todo el peso de la gravedad, mandará por tierra al inconsciente amante de las aves, que no deja de rastrear el cielo con la nariz vuelta hacia arriba, (visto a cierta distancia parece un pobre idiota) por si da la casualidad de que en ese momento cruce el céfiro impoluto la majestuosa silueta, pausada, de un ratonero común que busca algo que echarse al estómago.

Con algo más de suerte es un azor o, más fácil aún, un gavilán, que con vuelo potente, o quasi eléctrico, según sea el primero o el segundo, intenta ganar altura en este cambio de oteadero en que le hemos sorprendido.

Pocas veces, y que contento se le pone el cuerpo al pajarero cuando así sucede, es el halcón peregrino, que pasa raudo y veloz como la flecha, detrás de alguna paloma, o que, más majestuoso aún que sus rivales los accipiteres, se pierde cicleando contra el sol, donde nuestra vista no se atreve a seguirlo.

Una vez más nos ha traicionado el corazón de pollo, y del “ramillete con alas” nos hemos pasado al repollo cursi. Por ello pedimos perdón; pero es el riesgo que corre todo el que se atreve a dar rienda suelta a sus instintos y deja que los pies le lleven de vuelta a la casa materna, la naturaleza, aún viva y palpitante a pesar de tan reiterado maltrato que, siempre generosa, nos recibe con los brazos bien abiertos.

Jaime

La urraca (Pica pica)

Urraca, nombre de mujer, de reina incluso, que el pueblo castellano quiso dar a esta conocida ave que tiene la propiedad de parlotear como una fémina; marica la llaman en Valladolid quizás por el mismo motivo, su constante palique de mujer.

Urraca, onomatopeya también de la más común de sus voces, el reclamo ronco y seco que recuerda al sonido de una caja de cerillas agitada rápidamente.

Pega en Galicia, herencia clara del pica con que la bautizaron los romanos.

Picaza, picaraza, gaya…

Muchos nombres para una habitual de nuestro entorno, siempre merodeando a nuestro alrededor, y siempre temerosa de nosotros. El habla popular la compara al que excesivamente apegado a los objetos cotidianos nunca tira nada; todo, sobre todo las cosas inútiles, le llama la atención. Y así no nos ha costado imaginárnosla, coleccionista de mil y una baratijas en su nido, atrevida, al punto de colarse por nuestra ventana, descuidadamente abierta, y ponerse a curiosear en nuestras cosas. Sigue leyendo

EL PETIRROJO (Erithacus rubecula)

El pasado 17 de diciembre nos paseamos “de sifón a sifón“por los alrededores de los Valos, un entorno predominantemente forestal, aunque bastante humanizado, en el que además del bosque se cruzan algunos pequeños núcleos urbanos, que a veces no son más que casas aisladas entre la vegetación. Las especies de aves que sorprendimos fueron casi exclusivamente las propias del medio forestal, y además aquellas que han aprendido a vivir en sociedad con el hombre.

De las forestales destaca el petirrojo, paporrubio en galego, que muestra un grado de confianza muy elevado, dejándose aproximar a distancias que otras aves jamás permitirían. Es muy abundante en nuestra zona, como en la mayor parte de la mitad norte de la península ibérica, pero en invierno, los efectivos locales se ven reforzados por miles de individuos que bajan de latitudes más septentrionales, huyendo del frío y la nieve, y que invaden por así decirlo los territorios de “nuestros” petirrojos.

El acusado sentido de territorialidad que caracteriza a estos pájaros se hace especialmente evidente en esta época, debido a que tienen más rivales de quienes defender a sus árboles, sendas y matorrales.

A pesar de su pequeño tamaño, el petirrojo se muestra muy agresivo con todos los que se atrevan a disputarle su terreno.

El sábado 24 de diciembre, víspera de Navidad, fuimos a recorrer el “camino del agua”, en A Ermida, Pazos de Borbén ; es un sendero que transcurre entre carballos, castaños, abedules y sauces la mayor parte de su recorrido. La presencia de petirrojos es allí constante.

En seguida observamos que cada cierto número de metros veíamos alguno, siempre posado en una rama baja, en un tocón o en una piedra al borde del camino, y el patrón de comportamiento era siempre también el mismo; aguantaban muy valientemente nuestra aproximación hasta que, por fin, levantaban el vuelo para alejarse un poco nada más, hacia adelante, pero profundizando ligeramente en la espesura y, así que habíamos pasado de largo, les veíamos volver a ocupar su anterior percha.

Pues bien; en una de estas nos tocó hacer una parada técnica (y no porque nadie tuviera que cambiarle el agua al canario); nos detuvimos para descansar un poco y reponer fuerzas con la poca fruta que solemos llevar al efecto; para nuestra pausa elegimos un recodo del camino que estaba soleado, lo que era de agradecer en una mañana fría como aquella.

Coincidiendo con nuestra llegada, el consabido petirrojo titular de este territorio había volado hasta un árbol distante unos quince metros del camino, y desde una de sus ramas nos observaba, ansioso.

Apenas conscientes de nuestro observador, nosotros charlábamos y comíamos formando un círculo, pequeño. Yo me encontraba al borde del camino, de espaldas al árbol en el que se había refugiado el pájaro, así que no lo ví venir volando hasta nosotros, como luego me contaron mis compañeros, ni me di cuenta de que se llegaba hasta mi hombro, donde amagó posarse, o eso pareció en principio, porque no llegó a quedarse.

Todo lo que yo noté fue un rumor, o zumbido junto a mi oreja izquierda, y que algo me movía el pelo, que lo llevo medio largo, pero no tuve tiempo de enterarme de lo que era.

Eduardo fue quien me dijo lo que había pasado. Llegamos a la conclusión de que probablemente, aquel celoso señor de su territorio, intentaba ahuyentarnos a nosotros, pájaros de mal agüero.

Por qué me abordó a mí es algo que aún no sé; quizás fue porque le parecí el más débil o porque era yo quien más cerca le quedaba. Yo prefiero pensar que fue por ser el que tenía el aspecto más desaliñado, más asilvestrado, y que eso me valió el raro privilegio de ser tomado, por mi delicado agresor, por un pájaro de cuenta.

Jaime