Sábado, 31 de Diciembre de 2005
Adrián, Jaime, Eduardo, Isidoro, José
Recorrido: 13 Km.
Duración. 2h 30´
Hay que llegar hasta Redondela y allí, meterse por el funil, o sea la calle principal, y torcer a la izquierda por la carretera que va a Pazos de Borbén. A la salida de Pazos, torcer a la izquierda por la carretera que va a A Hermida, según reza la señal que hay en el cruce. A poco menos de 1 km. hay una explanada en la margen izquierda de la carretera donde dejamos el coche.
1. Atravesamos la carretera y a unos 100 m. a nuestra derecha, comenzamos la ascensión por un estrecho sendero en cuyo inicio hay un joven roble.
2. Seguimos subiendo hasta encontrar una pista forestal que nos lleva al borde la carretera. Torcemos a la izquierda.
3. Bifurcación. Tomamos la pista de la derecha.
4. Encontramos de nuevo la carretera. Nos vamos por la pista a nuestra izquierda.
5. Bifurcación. Tomamos la pista de la izquierda. Se ven unas redes verdes que seguramente eran para encerrar el ganado.
6. Seguimos por la pista de la izquierda que es ancha como una carretera, que en continua ascenso nos lleva hasta una altura desde la que se divisa la aldea de Calvos y la cola de la preesa de Eiras.
7. Encontramos un rótulo que nos indica que estamos en Chan de Lamas.
8. Cruce de caminos. Tomamos el de la izquierda que es una pista ancha que disurre entre bosques de Pino radiata que es una especie algo parecida al abeto y poco después, a unos 300 m., nos topamos con un cruce en el que hay un poste de piedra en el que hay inscrita una E mayúscula. Desde ahí podemos contemplar La Peneda que es un cerro muy popular en Redondela con una ermita en su cima y también se ve la ensenada de Rande con la isla de San Simón. Ahora toca bajar.
9. Bajamos a la derecha,por un sendero con fuerte pendiente hasta llegar a un camino que tuerce a la izquierda. La entrada a este camino está casi en el sitio en que la pista comienza a subir. Aquí hay que ir con cuidado porque es fácil pasarse. Subimos por este caminito empedrado que nos lleva directamente a un bosque de eucaliptos, el cual, una vez atravesado por un camino de carro cubierto de agua, sale a la carretera.
10. La atravesamos y seguimos por el sendero de enfrente que nos lleva al interior de A Ermida.
11. Dejamos la iglesia a nuestra izquierda. Y salimos de nuevo a la carretera, la cual atravesamos para meternos en el sendero que tenemos delante. Seguimos entre fincas hasta encontramos con la pista que nosotros llamamos “el camino del agua” pues es la de servicio a la instalación de la traída de aguas a Vigo. En la esquina hay una caseta que tiene grabada la palabra ELVIOG. Tiramos para la izquierda.
12. Encontramos la caseta correspondiente a la entrada al sifón que transporta el agua de un lado al otro de la profunda vaguada. A partir de aquí veremos solamente la antigua tubería de cemento, pues la actual que es de acero pintada de verde, no se verá hasta que alcancemos la salida del sifón.
13. Salida del sifón. Se puede ver la entrada en frente, al oro lado de la vaguada. Seguimos por esta pista hasta encontrar unas casetas de cemento y un sendero a la izquierda de pronunciada pendiente que nos llevará a la carretera , en cuya explanada habíamos dejado el coche. Fin del recorrido.
Mapa de la ruta


Un buen complemento al placer de caminar, de desgastar la suela de las botas por pistas, senderos y, a veces, asfalto (no tan placentero ya entonces ), es el de dejarse la vista y el oído detrás del rastro que, por lo general, muy a su pesar van dejando tras de sí esas criaturillas, esa frenética “flor de pluma” o “ramillete con alas”, como las llamó el insigne Calderón de la mierda; si, ese que dijo que esta vida es una barca, (¿o fue al revés? Caramba, que inoportuno lapsus). Los pájaros, en una palabra.
Que siempre es bonito hacer un alto de repente y, si se va convenientemente equipado, echarse los prismáticos a la cara y, tras unos segundos de búsqueda angustiosa, quedarse extasiado con la colorida imagen del bichillo que captó nuestra atención.
¡Es un
Otras veces el mirón de turno va jugándose el tipo porque, contra la prudencia más elemental, va mirando todo el rato hacia arriba, al cielo que, generoso, se abre sobre su cabeza o que, intrigante, se agazapa tras las ramas, cuando el grupo incansable de “caminadores” va contando pasos por en medio del bosque, y se arriesga a cada poco a dar un traspiés, a incordiar a una sencilla raíz, gorda, que “lombriceramente” ocupa su arrastrada vida subterranea como buenamente puede, y que poco merece, por una vez que se asoma a la superficie, la patada cruel que, involuntaria pero implacable, le viene a tronzar su calma y que, con todo el peso de la gravedad, mandará por tierra al inconsciente amante de las aves, que no deja de rastrear el cielo con la nariz vuelta hacia arriba, (visto a cierta distancia parece un pobre idiota) por si da la casualidad de que en ese momento cruce el céfiro impoluto la majestuosa silueta, pausada, de un ratonero común que busca algo que echarse al estómago.
Con algo más de suerte es un azor o, más fácil aún, un gavilán, que con vuelo potente, o quasi eléctrico, según sea el primero o el segundo, intenta ganar altura en este cambio de oteadero en que le hemos sorprendido.
Pocas veces, y que contento se le pone el cuerpo al pajarero cuando así sucede, es el halcón peregrino, que pasa raudo y veloz como la flecha, detrás de alguna paloma, o que, más majestuoso aún que sus rivales los accipiteres, se pierde cicleando contra el sol, donde nuestra vista no se atreve a seguirlo.






Urraca, nombre de mujer, de reina incluso, que el pueblo castellano quiso dar a esta conocida ave que tiene la propiedad de parlotear como una fémina; marica la llaman en Valladolid quizás por el mismo motivo, su constante palique de mujer.