Desde allá arriba

vigo.jpg Su piel era suave y blanca como la corteza del abedul. Era fina y graciosa. Sonreía como si estuviera gozando de algo, disfrutando en su interior, pasándolo bien.
Me dijo:
-Quiero subir al monte contigo.
En la cima había una ermita. Una capilla rústica y sencilla, construida en piedra, quizás por algún cantero local . Desde allí podía contemplarse la ciudad. Realmente comenzaba allí donde estábamos. En los aledaños del monte, colinas suaves y pequeñas hondonadas estaban salpicadas de casas que a medida que se acercaban a la ciudad se iban juntando y juntando hasta convertirse en los enormes bloques de cemento que formaban el núcleo urbano y después… el mar. El mar se extendía cómo una lámina a los pies de la ciudad y suavizaba el duro panorama de los abigarrados bloques de viviendas, oficinas y fábricas.

Desde la ermita, veíamos todo eso ensimismados en el silencio que cubría todo el paisaje. Podíamos ver los coches circulando, el humo saliendo de algunas chimeneas, como los únicos indicios de que algo se movía pero desde allí daba la impresión de que un gas letal había paralizado la ciudad y sus alrededores. Solamente la brisa suave y fresca murmuraba quedamente en nos nuestros oídos.
-Parece que están muertos.
-Y que solamente nosotros nos salvamos-comenté.
Dejó de sonreír y en su rostro gracioso se dibujó un gesto de melancolía.
-No me gusta la ciudad.
-A mí no me disgusta-respondí.
Regresamos. A medida que nos íbamos acercando a la ciudad, fueron volviendo los ruidos. Al principio los ladridos de los perros en las primeras casas del rural, un tractor labrando una finca, un coche que pasa por la carretera no lejos del sendero, otro, otro… Muchos, incontables, gente, más gente, los bloques de edificios, las calles, bocinas y sirenas, la ciudad. Escaparates, comercios, gente y más gente, vida. Sí, vida con ruido, con prisas, con ansiedad. Pero vida, comunicación, relación.
Era hermosa la vista desde la ermita contemplada desde el suave y fresco silencio del monte. Era hermosa y gratificante, pero en su silenciosa soledad faltaba la vida que está hecha de personas, de ruidos, de ansiedades, de comunicación. Desde allá arriba, era hermosa la vista, pero todo parecía muerto.
-Adoro el campo y naturaleza, pero no me gusta la soledad sino es en momentos como éste que disfrutamos juntos.
-Quizás tengas razón. Vamos a tomar una cerveza.
Y su cara graciosa, de piel blanca y suave como la corteza del abedul, volvió a sonreír.

Nota: Esto se lo dedico a mi amigo Eduardo que me contó que en Rusia tienen gran aprecio por las mujeres de piel blanca y suave como la corteza del abedul.
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