Por fin, la lluvia

Aunque a todos nos encanta el buen tiempo, queremos que llueva. Sobre todo cuando le toca y no acaba de llegar. Nos preocupa el tan traído cambio climático que ya está aquí. Sabemos que aún tienen que pasar años para evidenciar las temidas transformaciones, pero cada día nos aterra la idea de cataclismos que en el fondo no creemos que vayamos a ver.

La lluvia es ya de por si muy incómoda. Si además se manifiesta con chaparrones intensos y acompañada de viento o granizo, se nos hace realmente molesta. Por eso, cuando el parte meteorológico nos la anuncia, tendemos a ponernos en lo peor.

Por otro lado, siempre conservamos algo de esa esperanza ingenua en que no acabe siendo tan malo, y que quede, una vez más, en un “pues no fue para tanto”.

La primera hora y media nos libramos. Caminábamos en medio de abundante arbolado. Esta comarca del Deza es también rica en bosques con presencia mayoritaria de especies autóctonas. Pies de gran porte capaces de construir el dosel arbóreo con altura y frondosidad de ramas que se entrecruzan, dando al espacio que ocupan la apariencia de sólidas catedrales o salones de majestuosa presencia.

A pesar de estar el cielo mayormente nublado, conseguimos sentir la magia de estos lugares. Había un viejo muro o cierre de alguna finca, de apenas metro y medio de alto y cubierto de un musgo de años, de apariencia esponjosa y color verde metálico.

Cayó por fin el primer chaparrón, a penas intenso y de corta duración, que a todos nos llevó a recomponer nuestra ropa. Protegimos las mochilas con sus fundas y salieron a relucir los paraguas.

El próximo aguacero llegó más sosegado aún, pero lo hizo para quedarse. Entre otros sitios, pasamos por “O muiño de Cuiña”, en Noceda. Nos llamaron la atención las ordenadas “fileiras” de arándanos, de distintas variedades, que allí se cultivan. La lluvia iba aumentando en intensidad, sin apenas tregua.

Poco después, cerca de “A Carballeira”, nos resguardamos en el palco de la música para regalarnos con una leche frita exquisita de nuestra Elvira. Aquí dejamos pasar la ocasión de hacer la foto de grupo que, aunque le echemos la culpa a la lluvia, tuvimos el inexcusable descuido de olvidar. Debe ser la primera vez que pasa algo así.

La lluvia, bendita sea, se fue apoderando de nosotros. Condicionando nuestro paso. Abrumando nuestro paraguas, que prácticamente no volvimos a soltar. Calando nuestro ánimo, ya que no nuestro cuerpo. Calmando las ganas de llegar. Refrescando aquel calor de las últimas caminatas. Volviéndonos más introvertidos…

Texto, fotos y vídeo de Jaime Sáiz.

Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
20,320 Km. 4 h. 52 min. Media Soleado 

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Samieira: Cascadas, secuoyas y molinos

Recordaba yo esta ruta de Samieira comenzando por los molinos, un sábado de hace cosa de un año. Esta vez, sin embargo, la hicimos al revés.

El día lo anunciaban caluroso. Y lo fue.

Empezamos ya subiendo. Dos “escalones”, hasta los doscientos y pico metros el primero y, tras un breve tramo en bajada, el segundo hasta los trescientos cuarenta. En este segundo escalón, tres miradores nos permitían disfrutar de la ría de Pontevedra con un sol reinante en solitario. Día despejado y luminoso.

Fuimos subiendo sin mayor complicación. Solo, si acaso, la sensación de hacerlo más arriba de lo esperado y por más tiempo.

Los miradores, el “outeiro de la tartaruga” en primer lugar, buen ejemplo de esas formas caprichosas que adquieren las piedras, por acción del clima y de cientos de miles de años, tanto bajo tierra, a presiones inmensas, como al desnudo, sufriendo la erosión de la lluvia y el viento.

En el tercero, el “mirador do Loureiro”, hicimos la foto de grupo gracias a una caminante eslovaca, muy amable. Es un tramo corto de nuestra ruta el que coincide con el camino portugués, muy transitado ya que hasta cinco personas de distintas nacionalidades nos acompañaron durante veinte minutos.

Luego nos tocó hacer casi dos kilómetros de bajada hasta la “fervenza do Pereiro”. Ya la conocíamos, aunque no la recordamos por el nombre, yo por lo menos. La compañía brindada por su manso fluir fue bastante para relajarnos. También tuvimos nuevamente la suerte de disfrutar de la cocina de Elvira.

Subimos con esfuerzo el mismo tramo que antes bajáramos hasta la fervenza y, tras un breve receso de perfil llano, nos tocó seguir subiendo, aunque con una pendiente abrupta, tanto que de primeras nos parecía imposible.

Tras un breve desencuentro, reunimos nuevamente el grupo al llegar al bosque de Colón, un hermoso conjunto de secuoyas rojas, de una extensión de dos hectáreas, regaladas por los americanos hace treinta y un años, conmemorando el quinto centenario de la travesía atlántica del famoso don Cristobal.

Desde allí llaneamos otros tres kilómetros, con algún intento de escapar de la carretera que resolvimos bastante bien, si no es por una bajada fea que tuvimos que hacer.

El tramo final, siguiendo el Samieira, con veintitrés molinos, es una delicia para la vista, con abundante presencia de arbolado autóctono, una insuficiente compensación por el exceso de eucalipto que llevábamos visto, y una cascada exuberante de luz verde, en una dilatada gama de tonalidades, todo ello acompañado por agua viva y rumorosa hasta el final.

Frescos de cuerpo y de atuendo, brindamos una vez más por toda nuestra comitiva, los que caminamos y los que no, en el Novo Lar de Expósito.

Texto, fotos y vídeo de Jaime Sáiz.

Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
19,390 Km. 6 h. 1 min. Media Soleado 

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En los chozos de Bidueiros

Nos dimos cita los cuatro de Pontevedra con los seis de Vigo en el lugar de Cascardoso, nuestro punto de inicio.

Arrancamos puntualmente por una rampa intensa que en seguida nos puso en la bifurcación de este “circular con dos ida y vuelta” que es nuestra ruta de hoy.

El pronóstico era de calor, hasta 25 grados de máxima, pero la altura de entre 500 a 900 metros nos permitió hacerlo con comodidad, con fresco incluso cuando nos plantamos en el coto Agudo, también llamado cima de Pedra Partida, uno de los puntos más altos.

Ni siquiera la casi total ausencia de sombra en la mayor parte del recorrido supuso problema alguno.

Los primeros seis kilómetros de subida, con pendiente continua aunque llevadera, se nos pasaron relativamente rápido. Torres me hablaba de Corea del Sur, de algunos recuerdos graciosos de sus años allí. Nos detuvimos al llegar a donde se visita el primer chozo, con un pequeño “foxo de lobo” a poca distancia.

Desde allí continuamos subiendo hasta los chozos restantes. Tras recorrer un tramo algo más exigente, se llega a una pequeña extensión más o menos plana donde se pueden reconocer hasta cuatro construcciones diferentes. Todas ellas en piedra, pero de aspecto rústico y sencillo. Aquí se traería al ganado con el buen tiempo, a disfrutar de estos pastos en alto.

Tras desandar el camino hasta algo más allá de donde se encuentra el primer chozo, junto a la trampa para el pobre lobo, tomamos un camino nuevo a la derecha que, a lo largo de mas o menos dos kilómetros bastante llanos de páramo mezclado de turbera, nos lleva hasta el comienzo de la subida a la ya referida cima de Pedra Partida. Las vistas desde allí son realmente bonitas. Se aprecia una buena pendiente festoneada a saltos con filas de aerogeneradores. Hicimos la foto de grupo.

En la bajada, los últimos cuatro kilómetros de nuestra ruta, Alejandro y yo caímos en la tentación de buscar una aventura en forma de nueva ruta. No tardamos en renunciar e intentar recuperar lo más posible del tiempo perdido.

Ya en la Rectoral de Fofe, donde nos esperaban Carmen y Antonio, pudimos brindar a la salud de nuestro compañero Miguel por muchos más en la misma, y más, compañía que hasta ahora. Nos lo merecemos…

Texto, fotos y vídeo de Jaime Sáiz

Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
18,130 Km. 5 h. 13 min. Media Nubes y claros 

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Entre Fachos y faros

A Costa da Vela, poco más de diez kilómetros de norte a sur, extremo más occidental de la península do Morrazo, que alcanza los ciento cincuenta metros de altura, expuesto al mar abierto, con dos pequeños arenales no sé si aptos para el baño, al estar muy batidos por una sucesión interminable de olas, incluso con buen tiempo.

Caminamos desde el restaurante Cabo Home, en el núcleo urbano de Donón, hasta el aparcamiento de la caracola “esquemática” y desde allí, ya todos juntos, trece esta vez, tiramos en dirección norte hacia el Facho de Donón, donde vamos a disfrutar una vez más, de las inigualables vistas que desde allí se obtienen.

Tiene algo mágico. Lugar de peregrinación en tiempo de los romanos. Hemos venido muchas veces, y sigue cautivándonos. Hoy la luz, aún no deben ser las nueve de la mañana, es especial, con tonos dorados y frescos.

Bajamos de nuevo al sendero de Costa da Vela y continuamos hacia el norte otros dos kilómetros y medio, hasta cambiar bruscamente de dirección en un descenso de otro kilómetro hacia los alrededores de Vilanova. Desde allí recorremos con buena pendiente los dos mil quinientos metros hasta el punto más alto, el Facho de Hío.

También desde aquí se nos ofrece una vista extraordinaria de la cabeza de martillo que forma el extremo sur de esta costa, con cabo Home y cabo Subrido a la derecha “abrazando” el pequeño arenal de Melide. A la izquierda, el arenal rectilíneo de Barra, Viñó y Nerga, que aunque parezca uno solo, son tres.

El descenso desde Outeiro Batente, como también se conoce a este Facho de Hío, se hace con poca dificultad, atravesando monte y matorral, hasta alcanzar un breve tramo de la que llaman vía romana, que nos lleva entre pinos y eucaliptos en dirección a Hío. Poco después seremos capaces de ver la ría de Aldán a nuestra izquierda.

Algunos kilómetros más adelante nos acercaremos a la duna, ya domada por un montón de pinos y, afortunadamente, algunos carballos que gracias a sus hojas planas consiguen una luz tamizada de efecto mágico. Poco después estamos ya en la playa.

Por la orilla primero y también por entre los árboles, lo mas discretamente que podemos, conseguimos llegar al extremo occidental de Barra, donde trepamos alegres hasta Cabo Subrido, a donde llegamos con cierta fatiga ya en las piernas.

Cruzamos la playa de Melide, evitamos punta Robaleira y llegamos a cabo Home. Tras la obligada foto de grupo, reemprendemos la marcha hasta completar esta vuelta mas o menos triangular a lo largo de la parte más bonita de esta costa.

Los más esforzados de nuestros compañeros lo hacen por la cota mas baja, sintiendo el mar mas cerca, mas bronco y rugidor.

Ya de vuelta en el restaurante Cabo Home, saciamos la sed que angustia nuestras gargantas y brindamos a la salud, un año más, de nuestro querido compañero Dietmar. Y también de Marián, hermana de Elvira, que nos acompañó hoy.

Texto, fotos y vídeo de Jaime Sáiz

Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
20,140 Km. 5 h. 41 min. Media Soleado 

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Más lluvia que sol

Los pronósticos desde tres días antes, eran bastante consistentes respecto a la ausencia de lluvia en A Cañiza, durante la mañana del lunes. Pero todo cambió la noche antes.

Íbamos avisados, así que todos nos habíamos preparado para mojarnos lo menos posible. En un par de giros dejamos atrás el centro de A Cañiza y empezamos a subir por el barrio de A Calzada, camino del campo de fútbol. Detrás de nosotros se podían ver las calles del centro, allí abajo. No tardamos en perderlas de vista luego de algunas curvas más.

Sigue la ascensión a los Cotos de Sesteiro con bastante pendiente, rodeados ahora sí de lluvia de verdad. Lo que al principio de nuestra marcha era solamente agua en suspensión, cae ahora con más peso. Pero la temperatura es agradable y no nos incomoda el agua que se va depositando en nuestra ropa, nuestras manos, nuestras gafas…

Abandonamos la pista principal y nos adentramos por una senda más rota y accidentada. Más pendiente también. Tras un par de intentos fallidos, forzados a dar la vuelta y probar por otro sitio, conseguimos llegar a la parte más alta, oscilando entre 900 y casi 1000 metros de altitud, a lo largo de cinco kilómetros. Las hileras de aerogeneradores amenizan nuestro avance con el zumbido constante de sus aspas.

Desde que entramos en este entorno de Cotos de Sesteiro, la parte más alta de nuestro recorrido, he venido siguiendo, en la distancia, una interesante conversación entre tres de mis compañeros sobre la presencia del gas radón en las partes bajas de las casas construidas sobre granito, que es lo más habitual en nuestra tierra. Si el radón acaba extinguiéndose, o si permanece por más tiempo del que somos capaces de atestiguar.

En el tramo de vuelta de estos Cotos, bajando ya, pasamos por un cercado de nombre Curro do Pedroso. No mucho más allá, en un receso que nos concede la lluvia, aprovechamos para hacer el descanso que acostumbramos, con la recompensa que Elvira siempre trae para nosotros.

Sigue el camino, y también la lluvia, aunque no ha de durar mucho ya. En uno de estos tramos de bajada por una carreterita estrecha, entre los pequeños barrios de Escampado y Outeiro, podemos ver un molino abandonado, el Muiño de Petán. Antón se detiene a observarlo.

Veníamos, Antón y yo, conversando. Le contaba de un sobrino que se ha comprado un velero de segunda mano en Suecia y, ni corto ni perezoso, se ha hecho a la mar para traérselo lo más cerca posible de un punto en la costa francesa donde él sabe que lo puede subir a un camión para llegar aquí.

Mi sobrino carece de experiencia. Apenas se acaba de sacar el título de patrón de embarcación de recreo. Antón me dice que le sorprende mucho, que el mar es muy traicionero. Él sabe de lo que habla. Trabajó en barcos, de electricista. Me cuenta que una vez, a bordo de un barco de cien metros de eslora, se llevaron un gran susto en el comedor de oficiales, al escorarse el barco 90 grados por culpa de “dous mares” muy seguidos. Una imprudencia de los responsables de máquinas que habían vaciado uno de los lastres para reparar una válvula en el peor momento…

Llegamos a la N-120 y en seguida la abandonamos para entrar a la derecha en el barrio de Pereiras de Abaixo. Con algo de dificultad, está todo muy cercado, conseguimos adentrarnos en la última zona boscosa de nuestro recorrido. Sigue, aunque a cierta distancia, el curso del río Deva a lo largo de diferentes lugares como o Lazareto, as Grades, as Achas.

A punto de entrar en A Cañiza pasamos por delante del cementerio y la iglesia de San Sebastián de Achas. De allí al restaurante Casa Eligio, donde brindamos por todos nosotros, es poco lo que queda.

Texto, fotos y vídeo de Jaime Sáiz

Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
19,930 Km. 4 h. 54 min. Media Lluvioso

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