Lunes, 2 de enero de 2005
Adrián, Carlos, Isidoro, Dietmar y José
Recorrido: 15 km.
Tiempo: 3 h.
Comienza la ruta en el atrio del Santuario de San Campio, en Figueiró, Tomiño. Tomamos la carretera por la que hemos venido en el coche, es decir la que parte hacia el sur hasta encontrase con la que va de Tuy a la Gu
ardia, la cual atravesamos. Al llegar Eiras tomamos el sendero que discurre paralelo al río Miño, que coincide con el GR 59. Pasamos por el Pazo de Goián que dejamos a nuestra izquierda y
seguimos por el mismo sendero hasta encontrar los restos de la antigua fortaleza.
Seguimos por el mismo sendero, que a uno 900 m. cambia de sentido, dejando el río a nuestra izquierda y enfilando al noroeste, pasando entre los primeros invernaderos o viveros de plantas, de los que abundan en esta zona. Volvemos a encontrarnos con la carretera Tuy-La Guardia antes mencionada, la atravesamos también esta vez, y nos adentramos en los aledaños de la Sierra do Argallo.
Entre viveros y viñedos serpean pistas forestales y otras de servicio a estas plantaciones. Pasamos por entre los viveros de Juan Peixoto y Peixoto Ozores, uno frente a otro. Seguimos ascendiendo hasta divisar la caseta de un transformador a la cual nos dirigimos. Una vez allí, torcemos a la derecha, siempre bajando hasta encontrar la carretera asfaltada que nos conduce directamente al Santuario en cuyo atrio habíamos dejando nuestro coche.
En el mapa que se expone a continuación puede apreciarse el contorno del recorrido. En otra ocasión, cuando lo repitamos, aportaremos más detalles que ayuden a identificar mejor esta ruta.



Un buen complemento al placer de caminar, de desgastar la suela de las botas por pistas, senderos y, a veces, asfalto (no tan placentero ya entonces ), es el de dejarse la vista y el oído detrás del rastro que, por lo general, muy a su pesar van dejando tras de sí esas criaturillas, esa frenética “flor de pluma” o “ramillete con alas”, como las llamó el insigne Calderón de la mierda; si, ese que dijo que esta vida es una barca, (¿o fue al revés? Caramba, que inoportuno lapsus). Los pájaros, en una palabra.
Que siempre es bonito hacer un alto de repente y, si se va convenientemente equipado, echarse los prismáticos a la cara y, tras unos segundos de búsqueda angustiosa, quedarse extasiado con la colorida imagen del bichillo que captó nuestra atención.
¡Es un
Otras veces el mirón de turno va jugándose el tipo porque, contra la prudencia más elemental, va mirando todo el rato hacia arriba, al cielo que, generoso, se abre sobre su cabeza o que, intrigante, se agazapa tras las ramas, cuando el grupo incansable de “caminadores” va contando pasos por en medio del bosque, y se arriesga a cada poco a dar un traspiés, a incordiar a una sencilla raíz, gorda, que “lombriceramente” ocupa su arrastrada vida subterranea como buenamente puede, y que poco merece, por una vez que se asoma a la superficie, la patada cruel que, involuntaria pero implacable, le viene a tronzar su calma y que, con todo el peso de la gravedad, mandará por tierra al inconsciente amante de las aves, que no deja de rastrear el cielo con la nariz vuelta hacia arriba, (visto a cierta distancia parece un pobre idiota) por si da la casualidad de que en ese momento cruce el céfiro impoluto la majestuosa silueta, pausada, de un ratonero común que busca algo que echarse al estómago.
Con algo más de suerte es un azor o, más fácil aún, un gavilán, que con vuelo potente, o quasi eléctrico, según sea el primero o el segundo, intenta ganar altura en este cambio de oteadero en que le hemos sorprendido.
Pocas veces, y que contento se le pone el cuerpo al pajarero cuando así sucede, es el halcón peregrino, que pasa raudo y veloz como la flecha, detrás de alguna paloma, o que, más majestuoso aún que sus rivales los accipiteres, se pierde cicleando contra el sol, donde nuestra vista no se atreve a seguirlo.





