Caminatas en la franja: Eifonso bajo

En estos tiempos de estado de alarma en los que a los de más de setenta solamente nos liberan del confinamiento para hacer ejercicio en la franja horaria de las  10 y 12 h. a los ancianos senderistas no nos queda más remedio que aprovechar ese tramo horario para colmar nuestras ansias de patear sobre todo después del duro encierro de los últimos sesenta días así que el que suscribe, una de las víctimas condenadas  quedarse encerradas dentro de esas horas, aprovecha el «recreo» para realizar pequeñas rutas que puedan servir de guía a los aficionados a caminar y disfrutar de los hermosos parajes cercanos a nuestra ciudad hasta que llegue el día en que volvamos a la normalidad y podamos recuperar las caminatas de Los Lunes al Sol y de los sábados.

En esta espléndida mañana de finales de mayo, soleada y luminosa, he comenzado mi andadura en el barrio de O Cacheno, en la parroquia de Bembrive, muy cerca del casco urbano pero ya en plena campiña.  Desde un lavadero con tejado nuevo al lado de la parada del bus se alza un cartel que da la bienvenida a los que llegan a Bembrive (Ben vívere) y desde allí parte un sendero que discurre paralelo al río Eifonso entre fincas de labor en alguna de las cuales aún se ve a algún campesino, azada en mano, destripando terrones en su propiedad seguramente para plantar patatas.

Varios muiños jalonan las umbrías riberas del modesto regato que aguas arriba voy siguiendo por O Camiño do Muxo, siempre a la sombra de su espesa vegetación hasta alcanzar el lugar de Eifonso, homónimo del río del cual nos desviamos por un pequeño tramo de asfalto para volver al sendero que sigue bordeando el río.

Después de casi 3 Km. aparece  la carretera que enlaza Bembrive con la A 55 y es ahí en donde comienza la llamada Ruta del Eifonso, un sendero muy conocido por los aficionados y que está catalogado y bien  señalizado. Pasado el hermoso paraje de la Fervenza do Buraco, con muiño y cascada, sigo monte arriba hasta la capilla de San Cibrán que es el punto de retorno necesario para no pasarse demasiado de las dos horas que el Gobierno nos  concede a los setentones que seguimos con la manía de caminar.

Así que vuelta prácticamente por el mismo  camino de la ida aunque con algunas pequeñas disgresiones en este tramo del PR G para regresar al punto de partida  y volver al hogar no demasiado fuera del tiempo autorizado.

Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
9,05 Km. 2 h. 25 min. Baja Soleado 

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La alegría del pleistoceno

Los finales del Pleistoceno, una edad geológica que de inició hace unos dos millones  y  medio de años, coinciden con el paleolítico que es el tiempo en que el Homo Sapiens aparece sobre las llanuras de África, hace unos doce mil años.

Por esa época cambia la morfología de las riberas el Miño, pues el hielo desaparece y se rejuvenece el área que domina el río en la que, poco a poco, se va formando la exuberante vegetación que presenta hoy en día.

Robledas termófilas, zarzas y laurel. Alcornoques y lavanda, torvisqueras y mimosas. Alisos, sauces y helechos reales. Todo y mucho más crece en la Senda de pescadores que discurre paralela a la ribera derecha del río Miño, un sendero festoneado por el color verde intenso de la Tradescantia fluminensis o Amor de Hombre.

En el merendero de Sela, que es en donde comenzamos la caminata por la orilla del río, dos muros de piedra perpendiculares al río llaman nuestra atención. Son dos de las más de cuatrocientas pesqueiras que desde tiempo de los romanos se fueron construyendo a lo largo del río. Es un arte de pesca milenario y espectacular que hace de Arbo la capital de la lamprea.

Os Coengos, O Fraile, O Cachón do Abade, Os Cregos son, entre otros muchos, los nombres que identifican a las pesqueiras y sus dueños.

Hasta ahí hemos llegado partiendo de Cabeiras, una parroquia de Arbo a la que desde hace varios años venimos los de Los Lunes al Sol para disfrutar en O Mesón da lamprea del apreciado ciclóstomo, santo y seña gastronómico de la comarca.

Iniciamos la ruta en el mismo Mesón para bajar hacia Sela a través de los pinares circundantes entre las primeras nieblas que se van disipando a medida que el sol se va adueñando de la mañana.

Cuando, después de un largo descenso, alcanzamos la orilla del río, su ancho cauce  nos muestra sus aguas de un azul oscuro y brillante. Recorremos durante casi toda la mañana el estrecho y encantador sendero de pescadores hasta llegar a la playa fluvial y desviarnos a la vía del ferrocarril para iniciar la subida hacia Cabeiras en cuyo Mesón nos espera el tradicional aperitivo en su bodega, antesala del festín que nos espera en la planta superior.

Empanada y lamprea rellena con ensaladilla como entrantes, lamprea a la bordalesa o cabrito al horno como principales y postres variados de la casa, todo regado con blanco y tinto del Condado, componen el espléndido menú con el que honramos  al pez más antiguo y especial que emigra del mar al río para desovar y morir o ser pescado y acabar regalando el paladar de sus innumerables adeptos.

Como después de tan opíparo banquete no nos quedan demasiadas ganas de seguir caminando, recogemos los bártulos y nos despedimos de la lamprea con el propósito de repetir el próximo año por estas fechas.

Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
18,170 Km. 4 h. 10 min. Baja Soleado 

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EL ruido y la furia

El ruido y la furia es una obra maestra de la literatura en la que su autor, el Nobel William Faulkner, desata un torrente de emociones, secretos, odios y amores que hacen que la vida de la degenerada familia Compson sea un caos en el que domina la ira, el grito y la violencia.

Viene esto a cuento porque  fervenzas como las que visitamos en la caminata de este lunes parecen como una metáfora viva del relato de Faulkner por el estruendo y el furor de las aguas del Barosa y del Umia despeñándose  desde las alturas como si Eolo, en vez de ser el Señor de los vientos, fuera el de las aguas  y las tuviese encerradas en sus fauces  soltándolas en enormes chorros de  hirviente espuma.

Comenzamos la ruta en Paradivas, unas cuantas casas al borde de la carretera que linda con el embalse de Caldas, continuando monte abajo hasta la aldea de A Arosa, topándonos poco después con la iglesia de Los Dolores de Búa en el municipio de Barro que es donde se encuentra la primera de las cascadas o fervenzas, la de A Barosa formada en el río de su mismo nombre el cual abordamos al cruzar la carretera, poco después de A Búa.

No tardamos en alcanzar ls ruinas  de Os Muiños de Arriba, lugar desde el que arranca la fervenza entre frondosa vegetación. Desde ahí con casi 30 m. de desnivel de desploma el río sobre la gran roca en la que la gran cascada se desparrama junto a Os Muiños de Abaixo. Una impresionante estampa de fuerza y blancura que nos deja boquiabiertos mientras contemplamos ese maravilloso cuadro con el que nos obsequia la madre naturaleza en esta mañana de un marzo primerizo.

Abandonamos el río y la agradable zona de esparcimiento construida a los pies de la cascada para seguir ruta entre fincas y pequeños núcleos de población como el de Barosa hasta llegar al de Arcos de la Condesa, lugar conocido por la fábrica de campanas de los hermanos Ocampo que, según se lee en la placa de su fachada, data del siglo XVII. La fábrica tiene su asiento en el lugar de Badoucos en el cual han montado un diminuta plaza con fuente, cruceiro y campana en honor a Loyola de Palacio y del Valle Lersundi,   la que fue la primera mujer Ministra de Agricultura de España y la primera española en ser vicepresidenta de la Comisión Europea en los tiempos en los que gobernaba el PP en su primera legislatura.

Doña Loyola se desplazó a la pequeña aldea de Badoucos para recibir las campanas que los Ocampo habían fabricado para la madrileña catedral de La Almudena, por lo visto donadas por los gallegos residentes en Madrid.

Ya van dando las dos cuando atisbamos las primeras casas de Caldas de Reis, capital de la Comarca del Umia, villa termal, orgullosa de su Jardín centenario con árboles y arbustos de los cinco continentes. Allí, en el restaurante Roquiño, nos espera un enorme cachopo con patatas fritas entre otras contundentes ofertas gastronómicas que nos dejan bien preparados para continuar nuestra andadura que consiste en un delicioso paseo por la margen derecha del Umia hasta alcanzar la cabecera de la Fervenza de Segade, la segunda de esta ruta.

El imponente chorro de agua que se desploma sombre la enorme laja desde la altura  nos deja sumidos en el estupor, envueltos en el estruendo y la furia de la enorme masa de agua que parece que va a desplomarse sobre nuestras cabezas. Es una estampa impresionante y hermosa con la romántica belleza que le otorgan las ruinas de la antigua Fábrica de la luz.

Seguimos monte arriba para atravesar la carretera y bajar al precioso puente de origen romano que vadea el río poco antes de la cascada, siguiendo por un delicioso sendero que nos lleva al borde el embalse de Caldas, ya en los límites de Paradiva, inicio y fin de esta espléndida jornada.


Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
22,980 Km. 6 h. 59 min. Media Chubascos 

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Leyenda de la mora enamorada

Es bien sabido que Galicia es tierra de mitos y leyendas. Algunas tienen su escenario en la espesura de sus frondosos bosques de castaños y carballos. Otras, en las oscuras profundidades  de  cuevas y penedos en lo más angosto de sus sierras o en el interior de los acantilados de la costa. Y qué decir de sus innumerables ríos, regatos y pozas  que cruzan los montes y valles de la tierra gallega.

En una de esas pozas, frente a la costa  de Vigo, en la villa de Domaio, se halla A Poza da Moura, un encantador paraje en el curso de O Rego da Miñouba, en donde el río, sobre todo en época de lluvias, forma una espléndida catarata que como una melena de blanca espuma va a caer en una hermosa piscina natural para desbocarse por la ladera del monte y colarse por debajo del corredor de O Morrazo para entregar su caudal a las serenas aguas de la ría.

Pues bien, parece ser que hace unos cuantos siglos, quizá en los tiempos en los que Almanzor hacía de las suyas por estas tierras, uno de sus súbditos decidió aposentarse en lo que hoy son las tierras de Domaio trayendo consigo a su hija, una hermosa musulmana que no tardó en enamorarse perdidamente de un joven lugareño. Fue un amor secreto que tuvo su asiento en este  romántico y escondido paraje.

Desconfiando el padre de que la moza andaba en amores con un pretendiente que él no aprobaba, siguió a la pareja sorprendiéndolos arrobados en amoroso coloquio en tan hermoso paraje.  Cuando el padre iracundo da muerte al enamorado campesino la mora, desesperada, se lanza a la poza  y desaparece bajo sus aguas. Desde entonces, en las noches de verano, pueden oírse, salidos de las profundidades  de la poza, los quejidos de la bella enamorada que en la noche de San Juan surge de sus quietas  aguas alisando  sus largos cabellos con un peine de oro.

Allí nos hemos ido este sábado los andarines de la Caminata Sabatina partiendo del puerto de Domaio para encaminar nuestros pasos hacia las orillas de O Rego da Freixa, el cual recorremos río arriba entre numerosos muiños y pasarelas, en una sinfonía de agua y espuma, formando innumerables saltos y rápidos que hacen de estos lugares una preciosa estampa de luz y color.

Llegados a las alturas del campo de golf nos desviamos hacia el este  hasta toparnos con O Rego da Miñouba,  en el lugar en donde se encuentra A Poza da Moura.

Después de recrearnos en la belleza de tan hermoso lugar, continuamos la marcha por pistas forestales, entre pinos y eucaliptos, hasta casi el borde de la ría en su encuentro con el fastuoso puente de Rande para volver sobre nuestros pasos durante un corto tramo y bajar hasta el borde del Corredor de O Morreazo.

Ahora toca subir monte a través por una dura pendiente hasta alcanzar la cima de Castro Alegre que se alza sobre la  bahía.

Desde allí todo es bajar hasta dar de nuevo con O Rego da Miñouba, en el lugar de Verdeal, en donde forma una nueva cascada, muy cerca ya de su desembocadura en el puerto de Domaio.

Un estrecho caminito nos lleva por la orilla derecha del regato hasta el paseo que bordea el puerto al lugar en el que iniciamos y terminamos la ruta de este último sábado de febrero.

Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
12,780 Km. 4 h. 21 min. Media Nublado 

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Ruinas en el Patela y en Castrolandín

La mañana es fresca y soleada. Ya se esfumaron los amaneceres oscuros de estos recientes días invernales.

Es un placer caminar a estas horas  por las pistas forestales que, entre pinos y eucaliptos,  serpentean por estos montes, también por alguna que otra carballeira atravesando pequeños regatos como O Rego da Bandeira o  el de O Campo.

Cuando van allá poco más de una docena de Km., llegamos al río Da Patela, un afluente del Gallo que a su vez  desemboca en el Umia, uno de los grandes de los ríos gallegos.

Después de vadear el Patela por una pasarela de madera algo desvencijada, seguimos la dirección del indicador que nos señala que a unos metros se encuentra la antigua Fábrica da Luz de la cual solamente quedan las ruinas de sus muros de piedra cubiertos por la maleza y que aún albergan los restos de la maquinaria propia del negocio como turbinas y transformadores completamente oxidados y esparcidos por el suelo. Llama la atención una lareira al fondo de una de las estancias, señal de que alguien habitaba aquello en los días de actividad.

Un poco más arriba nos topamos con la espléndida cascada, Fervenza do Hervello, una hermoso caída de agua y espuma que se desparrama desde la altura sobre las aguas del Patela que se deslizan río abajo hacia la villa a la cual nos vamos acercando por el caminito que nos lleva al monte Maráns sobre el que se alza la imagen del Sagrado Corazón, obra del afamado escultor Asorey. Tras la arboleda puede contemplarse una hermosa vista de la villa termal.

Una solemne escalinata nos lleva al sendero que rodea la villa bordeando del río Patela el cual abandonamos en el punto que se desvía hacia el caso urbano, cerca de la alameda que atravesamos para entrar en A Casa do Ponte, a la vera del río Gallo, en donde nos espera la pitanza propia de estas horas. Codorniz al horno, cordero (algo insípido), ensaladilla o fabada rematadas con cuajada con miel, componen en menú del día en esta casa.

Recuperados de los esfuerzos de la mañana reemprendemos la marcha directos hacia Castrolandín en cuyo castro se encuentra un antiguo poblado fortificado que data de finales de la edad de hierro y que  fue habitado entre los siglos IV a.C. y el siglo I d.C., época en el que fue definitivamente abandonado por la llegada de los romanos.

Después de Castrolandín regresamos al monte hasta dar con la carretera que nos lleva hasta el lugar de Caeiro, principio y fin de la ruta de este lunes.

Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
21,990 Km. 6 h. 24 min. Media Soleado 

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