ALTO DA PENA ¡QUÉ PENA DE ALTO!

Lunes, 6 de Febrero de 2006
Adrián, Isidoro, Manolo, Carlos, Ángel y José

Recorrido: 15 Km.
Duración: 3 Horas.

Difilcultad: baja

Cómo llegar: Desde Vigo, por la autovía hasta Tuy y desde allí a Vilanova de Cerveira, por la carretera nacional que va a Viana do Castelo. En Vilanova de Cerveira se sube a la freguesía de Sopo, dejando el coche en el límite del municipio, indicado por un cartel en el borde derecho de la carretera.

PK.___Incidencia

0,000 Comienzo. Límite de la Freguesía de Sopo.

0,100 Bajando por carretera encontramos la pista ancha que sube al parque eólico.

2,200 Cruce. Seguimos derecho por la pista ancha.

2,900 Bifurcación. Tomamos en sendero de la derecha. Hay un indicador que pone “convento”.

4,500 Cruce. Seguimos por el mismo sendero, sin desviarnos.

4,750 Encontramos una charca. Seguimos por el mismo sendero sin desviarnos.

5,500 Nos topamos con la carretera de asfalto. Hay un indicador que nos manda al Convento de Paio, bajando a la izquierda.

6,200 Se llega al convento.

7,000 De vuelta de la visita al convento, que es una propiedad privada (no hay frailes) estamos de nuevo en el cruce, habiendo subido por la misma carretera. Desde aquí volvemos al mismo sendero por donde vinimos.

7,570 Bifurcación. Hay un sendero a la derecha que ignoramos.

8,270 Tomamos la pista a nuestra derecha que en realidad es un cortafuegos con una fuerte pendiente de subida.

10,000 Alcanzamos el Alto da Pena donde hay una torre de vigilancia forestal. Éste es un buen sitio para reponer fuerzas y gozar de la impresionante estampa que ofrece el Miño en su desembocadura. Bajamos ahora por la carretera eólica.

11,550 Bajando desde el Alto da pena encontramos en este punto la central eléctrica del parque eólico. Seguimos por nuestra derecha.

12,200 Nos encontramos con la señal verde que encontramos en el PK. 2,900 y seguimos por la misma carretera por la que habíamos subido al inicio de la ruta.

15,150 Llegamos al punto de partida.

Si se dice en el título “¡qué pena de alto” es porque, como podrá observar el caminante, los montes que lo rodean están completamente quemados, mostrando un paisaje desolador. Unos 70 millones de metros cuadrados ardieron el pasado año en Portugal y estos parajes son una muestra de tan desastroso acontecimiento.

GR 59: Sendero ecológico del Morrazo

El Miércoles pasado nos fuimos a Cotoredondo con la intención de recorrer un trecho de esta hermosa ruta, inaugurada hace unos pocos años, a bombo y platillo. Partiendo del PK. 0, intentamos bajar por el sendero que discurre en su primer tramo paralelo al río Maior. Fue tarea imposible. A pesar de nuestros esfuerzos por seguir adelante hubimos de renunciar pues la maleza y las zarzas cegaban el camino impidiendo el avance. Probamos a entrar en este tramo desde la carretera por dos puentes de madera, antaño hermosos, que atraviesan el riachuelo pero, una vez más, zarzas y maleza no nos permitieron el paso.

En vista de que por esta zona no era posible acometer la ruta, lo intentamos en el sentido opuesto. Como puede apreciarse en las imágenes de más abajo, a poco de comenzar la ruta nos encontramos con que del poste indicador que hay casi al comienzo, solamente le queda el pie sin los rótulos que orientan al caminante. Más adelante nos topamos con bifurcaciones sin señalizar, marcas casi invisibles, pues están cubiertas por el musgo, otras que han sido borradas a golpe de cincel, postes que han sido arrancados no se sabe con qué intención que no sea la de un descerebrado que goza destruyendo sin que lo vean, etc., etc.

El Sendero Ecológico del Morrazo es un patrimonio de belleza y salud que la Mancomunidad del Morrazo ha puesto a disposición de todos los aficionados al senderismo, y esto es motivo de inmensa gratitud por parte de los que amamos la naturaleza y los senderos que nos permiten disfrutarla.

Los que, de verdad no es de recibo, es el hecho de que se dilapide semejante tesoro que ha sido conseguido con los dineros públicos, o sea los nuestros, y con ayudas de organismos comunitarios, por falta de atención y mantenimiento.

Si bien presumieron en su día las autoridades que inauguraron esta preciosa ruta, seguramente adornando la efemérides con elocuentes y prometedores discursos, bien harían ahora en entonar el mea culpa y hacer que se lleven a cabo las actuaciones necesarias para acondicionar la ruta, que más que asunto de dinero, que mucho no hace falta, es cuestión de voluntad e interés.

Hacemos votos porque no tarden en hacerlo y nosotros… que lo veamos.

El Carmen, parroquia de senderistas

El 21 de Diciembre de 1933 cuatro frailes carmelitas iniciaron la andadura de esta comunidad en Vigo. Su convento era una modesta casita de planta baja en la calle de López Mora y una pequeña capilla. En 1951, siendo prior el P. Lorenzo, se colocó la primera piedra del Santuario, que no quedaría completamente terminado hasta 1.963, con la inauguración solemne de la torre con su imagen en piedra de la Virgen del Carmen, de siete metros de altura que mira desde lo alto la bahía de Vigo “como faro de amor y esperanza”, según se lee en la historia de la parroquia. En 1997 el Concello de Vigo dedica al Padre Lorenzo el paseo que lleva su nombre y que es contiguo al convento de los frailes carmelitas.

Pues bien, ahí en ese paseo nos citamos los senderistas que todos los sábados, a las nueve de la mañana, salimos con dirección a los montes y valles de nuestro entorno cercano para disfrutar del placer de recorrer sus innumerables senderos, pistas, corredoiras y carreiriños. Fue el Padre Julián, antiguo párroco de El Carmen, un entusiasta senderista que durante varios años formó parte de este grupo de andadores y es hoy el padre Ángel, actual párroco, su digno continuador.

La mayor parte de los participantes en nuestras marchas pertenecen a esta parroquia, pero también se apuntan a nuestras correrías caminantes de otras partes de la ciudad. A todos nos une el mismo entusiasmo y afición a este sano y gratificante ejercicio del senderismo.
Entre ellos los hay que son grandes conocedores de las plantas y hierbas medicinales y de interés gastronómico, también algún especialista en ornitología que nos descubre sorprendentes detalles de las aves que sobrevuelan nuestras andanzas, expertos micólogos que nos ayudan a distinguir las setas “buenas” de las “malas”, la sabrosas de las picantes, etc.

En resumen, que somos una parroquia alegre y vitalista, una parroquia de senderistas que cada sábado se reúne en el Paseo del Padre Lorenzo, aquel carmelita que se hizo popular en Vigo por su constancia e insistencia pidiendo domingo a domingo, piedra piedra, para su santuario que hoy es de todos.

De ahí salimos, guiados siempre por Adrián, nuestro senderista número uno y nuestro guía, conocedor de cada rincón de la orografía viguesa y alrededores, a gozar con el descubrimiento de nuevas rutas, nuevos paisajes, siempre nuevos porque cada recorrido nos sorprende con detalles que antes no habíamos visto, inesperadas vivencias, nuevas emociones…

¡Hasta el sábado, parroquia de senderistas!

Sendereando sobre blanco

Oleada de frío, temporal de nieve…¿y nosotros qué? Hemos salido esta mañana los de la Caminata Sabatina, algunos bien preparados para el frío: polainas de cordura, parka de goretex, pasamontañas, guantes…

Dejamos los coches no lejos del parque forestal de Zamanes, a los pies de nuestro entrañable Galiñeiro.

Efectivamente, la mañana está más bien fresca pero no pasa de ahí. Algo desilusionados atravesamos los pinares que rodean la sierra, bajamos hasta la aldea de Vilas, subimos hacia la Cola del Zorrro y allí, en un claro del bosque, nos detenemos para reponer fuerzas y ¡oh sorpresa, qué bueno!, comienza a nevar, así, sin previo aviso, casi de repente.

Y poco a poco los copos de nieve se hacen más grandes y blancos y el camino que serpea delante de nosotros se va cubriendo tímidamente con esta nieve que casi no lo es, nieve de las Rías Bajas, donde casi nunca nieva…

Pero ese trozo de sendero ya coloreado de blanco, nos alboroza y excita, nos vuelve niños, con ganas de jugar a tirarnos bolas de nieve, pero… es que estamos en las Rias Bajas, y aquí la nieve no se atreve a quedarse, blanquea un poco el paisaje, hace que por unos minutos nos sintamos en Siberia, una Siberia de cuento infantil, pero al poco rato, cuando aún faltan algunos kilómetros para rematar nuestra marcha, la nieve ha desaparecido.

Ha pasado por aquí, por estos montes, y nos ha hecho el regalo de su presencia, nos ha regalado una bonita estampa y se ha ido..

Gracias, blanca nieve.

Nos has dejado una hermosa postal, sin atascos, sin camiones perdidos en el temporal, sin pueblos aislados, sin gentes muertas de frío…¿ Eres un hada o una bruja?

Por el Galiñeiro, esta mañana, ha pasado una hermosa y blanca señora.

Nos ha regalado un hermoso cuadro.

EL MIRLO (Turdus merula)

Presente en todos los rincones de nuestras ciudades, porque se ha atrevido a vivir a nuestro lado, visitante asiduo de los jardines: los privados, que son todos iguales, y los públicos, territorio de los niños
(ojalá sea así por mucho tiempo) usurpado por los perros, víctimas del capricho de sus dueños.

Presente también lejos del asfalto, allí donde haya árboles, o también entre matorrales, con tal de que estén medianamente desarrollados, en bosques preferentemente de frondosas; menos habitual entre coníferas.

Lo he visto gallardamente posado en lo alto de una viña, lanzando su aflautado desafío para desesperación de otros machos que sienten amenazados su territorio y su hembra; lo he visto también más cohibido, al abrigo de las ramas bajas de un seto en cuya sombra parece querer fundir su plumaje lúgubre porque le acobarda mi presencia… y, cuando yo, insensible a su temor, continúo acortando la distancia, también le he visto levantar el vuelo apresurado, lanzar su sombra compacta tras el anaranjado pico, que chilla estridente la metálica alarma que mi terca progresión le ha causado.

He contemplado, gozoso, su intermitente paseo en el jardín cuando, hilvanando saltos o corriendo cortos trechos entre las hojas, curioso se detiene instantáneamente y contempla, con la cabeza elegantemente erguida, lo que le rodea, y hiere decidido con el rayo de su pico la herbosa tierra, una vez y otra vez, hasta que victorioso por fin, con un trozo de lombriz colgando atravesado, me mira orgulloso y como posando para una foto, antes de desaparecer con un enérgico batir de alas.

Él es, sin duda, protagonista de mil y un pasos furtivos, apresurados, ante vuestras narices sorprendidas; el escabullido veloz que con su vuelo potente apenas un momento asoma por detrás de aquella tapia antes de volver a desaparecer por encima de aquella otra.

Cuantas veces no le habremos oído entonar su canto grave, más que cantado…silbado, su melodía de estrofas largas, que saluda al amanecer debajo de nuestra ventana, que rivaliza con la de tantos otros machos de su especie en los atardeceres primaverales, llenando de alegres gorjeos nuestros caminos y las lindes de nuestros bosques.

No hace mucho un periódico londinense contaba en un gracioso artículo la sorprendente conducta de nuestro protagonista, observada en Hyde Park. Llevados de su afán, comprensible, por destacar entre sus congéneres con el sano propósito de acceder a más hembras, algunos individuos de esta especie han incorporado a su repertorio nuevos motivos, de naturaleza diversa; entre todos llama la atención la interminable lista de melodías para teléfono móvil.

Me imagino la escena; perchado en la rama de un chopo, a medias oculto entre sus hojas acorazonadas, a la vera de un camino en algún parque, el pájaro lanza al aire su nuevo reclamo, recientemente escuchado y enseguida aprendido. Por el camino se aproxima un hombre joven, con traje y con corbata, que está dando un paseo, corto, que no hay tiempo para más, con su hijo pequeño, al que lleva cogido de la mano; la otra la echa al bolsillo para sacar su móvil que él, erróneamente, cree que está sonando. Al comprobar que el teléfono permanece sorprendentemente mudo, no sabe como interpretar ese sonido que, penetrante y terco, sigue hiriendo el aire desde una rama oculta e, incapaz de ver a nuestro oscuro amigo, vuelve a mirar su teléfono, y acaba por guardarlo, después de una última mirada incrédula, y se vuelve a medias hacia el árbol, incapaz, insisto, de ver al cantor, aunque sea rematadamente negro, y esté cantando politonos a pleno pulmón entre el verde porte de un chopo escuálido.

Así somos nosotros, los reyes de la Creación, tan sofisticados, tan soberbios, que no somos capaces de reconocer a nuestro vecino, aunque se cruce con nosotros a diario, aunque nos regale su canción cada mañana (y no pocas tardes), aunque nos muestre su inteligencia.

Jaime