22-01-2006 20:25:20
21 Enero 2005
Adrián, Isidoro, Jaime, Mari Charo, Celia, Carlos y José
Recorrido:13 Km.
Duración: 3 h.
El Chan de Lagoa es una zona de recreo y parque forestal que está situado en el monte de La Groba y pertenece al ayuntamiento de Bayona, parroquia de Baredo. Ha salido en la prensa de estos días por ser el escenario de un tremendo crimen cuya víctima fue una vecina de de esta parroquia, llamada Águeda.
Para llegar hasta allí desde Bayona, se toma la carretera que va a la Virgen de la Roca y se sube seguido hasta llegar al Chan da Lagoa, fácilmente identificable por sus mesas de piedra y asadores entre la arboleda, al borde de la carretera.
El recorrido que se describe a continuación es una marcha por algunas de las pistas y senderos que surcan la sierra de la Groba en todas direcciones. En esta ocasión hemos ido hasta el conocido ”curro” de Mougás, lugar donde hemos tomado el obligado refrigerio, y desde allí tomamos el camino de vuelta.
A la izquierda de cada párrafo se señala el punto kilométrico, medido con el podómetro, donde se produce una incidencia tal como, bifurcaciones, señales o cualquier tipo de elemento que sirva de indicación para el seguimiento de este recorrido.
Inicio: Chan da Lagoa. Dejamos el coche en la explanada al lado de la fuente de piedra y tomamos el sendero que está marcado con las bandas roja y blanca del GR 58 denominado «Sendeiro das Greas».
Km.
0,320 Abandonamos el GR 58 y tomamos el sendero a la izquierda, en el que hay una señal en un pino que es una “x” roja y blanca.
0,790 Bifurcación. Torcemos a la izquierda.
1,540 Atravesamos un regato en una vaguada desde la que se divida la ría de Bayona.
1,830 Bifurcación. Tomamos el sendero de la derecha.
1,890 Cruce. Seguimos derecho por la misma pista.
1,970 Bifurcación. Torcemos a la derecha.
2,600 Torcemos a la izquierda, quedando el mar a nuestra derecha y detrás Cabo Silleiro.
3,500 Bifurcación. Torcemos a la derecha. Al fondo, en la curva hay una caseta.
3,980 Bifurcación. Tomamos el sendero de la izquierda dejando el mar a nuestra derecha.
4,440 A nuestra izquierda, en la cima de una colina, la caseta del observatorio forestal.
5,040 Bifurcación. Torcer a la derecha a lo largo de un cierre metálico que queda a nuestra derecha, subiendo.
6,120Bifurcación. Tomar la pista de la derecha.
6,640 Bifurcación. Seguimos a la derecha. Hay una mesa de piedra al comienzo de la pista.
6,970 Bajando. Bifurcación. Tiramos a la izquierda.
7,290 Llegamos al curro de Mougás. Subimos por la derecha unos 50 m. a un pequeño pinar, detrás del curro, donde tomamos la fruta. Damos vuelta atrás y tomamos la pista que sube, dejando el muro del curro a nuestra derecha.
8,140 Bifurcación. Tomamos la pista de la izquierda, cambiando de sentido.
8,710 Pista ancha, ya en el camino de vuelta.
9,950 Hay un sendero a la izquierda. Lo ignoramos y seguimos por la pista ancha. Poco más adelante se ve la carretera. Tomamos el sendero a la izquierda.
10,290 Tomamos la pista de la derecha.
10,760 Nueva bifurcación. Torcemos a la izquierda. La de la derecha lleva a la carretera.
11,100 Volvemos a encontrar el regato mencionado en el punto 1,540.
11,900 Cruce. Torcemos a la derecha.
12,600 Entramos en Chan da Lagoa y volvemos a ver las señales del GR. 58.
13,000 Llegamos al coche. Fin de la ruta.
Mapa de la ruta



Inicio del recorrido________________Sendero Gr 58


Km. 0,320 _______________________Km. 1,540


Km. 4,440 _________________________Km. 6.640


Km. 7,290 ________________________Km. 9,950
Compañeros de ruta

Las ruedas son sus botas, los pedales sus pies. Mientras nosotros, los senderistas pisamos fuerte sobre la blanda tierra, ellos, los ciclistas, se deslizan silenciosos y veloces, a todo color, sobre sus ágiles y escuálidos corceles de metal.
Nos hemos acercado al Parque forestal de 




ardia, la cual atravesamos. Al llegar Eiras tomamos el sendero que discurre paralelo al río Miño, que coincide con el GR 59. Pasamos por el Pazo de Goián que dejamos a nuestra izquierda y
seguimos por el mismo sendero hasta encontrar los restos de la antigua fortaleza.


Un buen complemento al placer de caminar, de desgastar la suela de las botas por pistas, senderos y, a veces, asfalto (no tan placentero ya entonces ), es el de dejarse la vista y el oído detrás del rastro que, por lo general, muy a su pesar van dejando tras de sí esas criaturillas, esa frenética “flor de pluma” o “ramillete con alas”, como las llamó el insigne Calderón de la mierda; si, ese que dijo que esta vida es una barca, (¿o fue al revés? Caramba, que inoportuno lapsus). Los pájaros, en una palabra.
Que siempre es bonito hacer un alto de repente y, si se va convenientemente equipado, echarse los prismáticos a la cara y, tras unos segundos de búsqueda angustiosa, quedarse extasiado con la colorida imagen del bichillo que captó nuestra atención.
¡Es un
Otras veces el mirón de turno va jugándose el tipo porque, contra la prudencia más elemental, va mirando todo el rato hacia arriba, al cielo que, generoso, se abre sobre su cabeza o que, intrigante, se agazapa tras las ramas, cuando el grupo incansable de “caminadores” va contando pasos por en medio del bosque, y se arriesga a cada poco a dar un traspiés, a incordiar a una sencilla raíz, gorda, que “lombriceramente” ocupa su arrastrada vida subterranea como buenamente puede, y que poco merece, por una vez que se asoma a la superficie, la patada cruel que, involuntaria pero implacable, le viene a tronzar su calma y que, con todo el peso de la gravedad, mandará por tierra al inconsciente amante de las aves, que no deja de rastrear el cielo con la nariz vuelta hacia arriba, (visto a cierta distancia parece un pobre idiota) por si da la casualidad de que en ese momento cruce el céfiro impoluto la majestuosa silueta, pausada, de un ratonero común que busca algo que echarse al estómago.
Con algo más de suerte es un azor o, más fácil aún, un gavilán, que con vuelo potente, o quasi eléctrico, según sea el primero o el segundo, intenta ganar altura en este cambio de oteadero en que le hemos sorprendido.
Pocas veces, y que contento se le pone el cuerpo al pajarero cuando así sucede, es el halcón peregrino, que pasa raudo y veloz como la flecha, detrás de alguna paloma, o que, más majestuoso aún que sus rivales los accipiteres, se pierde cicleando contra el sol, donde nuestra vista no se atreve a seguirlo.