PR-G69 Sendeiro Frei Martín Sarmiento

Lunes, 17 de Abril de 2006
Ángel y José.

Recorrido: 12 Km.
Duración: 3 h

Dificultad: Media/Alta

Esta ruta está catalogada en Turgalicia como el Sendero PR-G69. Pinchando aquí podéis ver su mapa y descripción. Se trata de un recorrido muy interesante y hermoso. Hay que acercarse hasta Cerdedo, que está en la carretera de Pontevedra a Orense, a unos 28 Km. de la capital. Este sendero es de nueva creación, está muy bien señalizado y no tiene pérdida. Os lo recomendamos.

A continuación se exponen unas cuantas imágenes que dan una idea de los entretenido y atractivo que es este recorrido.


El sendero se inicia en una calzada medieval que sale de la calle Torrente, frente a la iglesia, y tiene como portada este antiguo puente sobre el río Castro con la ermita de San Antón al fondo.


Cuatro ermitas, todas del siglo XVIII, jalonan este recorrido. Es curioso observar que aunque las «capelas» están en perfecto uso, las casas de los lugares en los que se encuentran están, en su mayoría, abandonadas.


El paisaje abunda en hórreos o «canastros», que recuerdan la intensa actividad agrícola de tiempos ya lejanos.


He aquí una rústica fuente, con bebedero y lavadero, obra de los antiguos «canteiros», muchos de ellos excelentes artistas, que a lo largo de los años llenaron el paisaje gallego de iglesias, hórreos, molinos, rústicas viviendas y pazos señoriales.


En esta casa , en el lugar de Sobreiras, vivió, durante su estancia en Pontevedra, el ilustre Fray Martín Sarmiento que, aunque nacido en el Bierzo, fue traído a estas tierras con cuatro meses. Fue un gran defensor de la lengua gallega y amigo del padre Feijóo.


Viejos puentes de piedra llenos de encanto y robles centenarios, algunos de impresionantes dimensiones, han detenido el tiempo para nosotros, trasladándonos a otras épocas, sin coches, sin asfalto, sin cables…

Nota: Lamento que con el cambio de servidor se hayan perdido las imágenes que ilustraban esta entrada.

Ruta «Foxo do lobo» en Cotobade

Lunes, 17 de Abril de 2006
Ángel y José.

Recorrido: 12 Km.
Duración: 3 h

Dificultad: Media

Esta ruta no está catalogada como PRG, o “pequeno recorrido galego”, que es lo que significan esas letras en el argot del senderismo oficial, por lo que no está incluida en las publicaciones de Turgalicia, pero se trata de un precioso recorrido, muy bien señalizado con las marcas blancas y amarillas que son las que orientan al caminante en los mencionados PRGs.

La ruta se inicia en Carballedo, concello de Cotobade , a 12 km. de la carretera de Pontevedra a Orense. Hay que tomar la carretera que sale frente a la Casa Consistorial y llegarse hasta la ermita de San Brais, en el barrio de Martices. Desde allí, frente al cruceiro sale una ancha pista en la que, a poco de andar, aparecen las primeras marcas. El recorrido discurre entre viejos caminos y casas abandonadas, hasta llegar al río Almofrei.

El paseo por la ribera de este río es una auténtica hermosura, entre verdes y frescos prados y viejos molinos, hasta llegar al puente Serapio, de sombría y misteriosa belleza. Aquí dejamos el río y subimos de nuevo para descender, al poco rato, a una estupenda carballeira en la que se encuentra el Foxo do Lobo o lo que queda de esta antigua trampa para encerrar a los lobos. Estas trampas eran bastante frecuentes en estos parajes como puede verse en nuestra ruta por Fornelos.

Abandonamos este interesante y hermoso sitio y ascendiendo por una breve colina alcanzamos una despoblada “chaira”, huérfana de arboleda. Fijémonos bien en las marcas que aquí están algo confusas. Poco antes de tocar la carretera, torcemos a nuestra izquierda y comenzamos la bajada a Carballedo.

No tardamos en llegar a la carretera que va de Carballedo a Aguasantas. Desde allí las marcas nos conducen de nuevo al Almofrei. Pasamos por la piscina fluvial y salimos a la carretera por la que entramos al comienzo. Ahora toca asfalto. Subiendo hasta el barrio de Martices, allí, frente a la tienda, hay un panel explicativo y poco más arriba está la ermita de San Brais donde hemos dejado el coche.


A Ponte Serrapio y O foxo do lobo.

La maravilla del Paralaia

Lunes, 10 de Abril de 2006
Ángel, José y Manolo.

Recorrido: 32 Km.
Duración: 7 h 30 min

Dificultad: Media/Alta

Río: Río da Fraga
Monte: Monte da Paralaia
Mar: Mar de Vigo

Estos son los tres componentes de esta hermosa ruta que comienza en la Playa de Moaña, frente al antiguo cuartel de la Guardia Civil desde cuyo jardín arranca la ruta del Río da Fraga. Siguiendo el Río aguas arriba, superados sus veintinueve molinos y sus impresionantes cascadas, llegamos después de la última a un pequeño prado, el cual abandonamos para tomar un estrecho sendero a nuestra izquierda que sube en pronunciada rampa hasta encontrarse con la pista por la que discurre el GR 59, también llamado Roteiro Ecolóxido do Morrazo.

Siguiendo siempre las marcas rojas y blancas que nos conducen por este sendero llegamos al parque de recreo O Beque. Estamos a unos diez km. del comienzo.Es un buen sitio para interrumpir la marcha y tomarse un refrigerio. Desde aquí el GR 59 nos lleva hasta el Mirador da Fraga desde el que se contempla una estupenda vista de la bahía con Vigo al frente. Atravesamos la carretera y bajamos unos 200 m. para torcer a nuestra derecha y tomar de nuevo el GR 59. Ascendemos por esta pista forestal durante un par de km. hasta encontrar un cruce donde una señal en forma de X nos invita tomar la pista que baja a nuestra izquierda. Siempre siguiendo las marcas de GR 59, bajamos hasta la carretera que va a Bueu, seguimos a nuestra derecha, fijándonos en las marcas que nos llevan hasta un prado que encontraremos a nuestra derecha, bajando un poquito por el monte, con un par de mesas de madera en mal estado pero que sirven para tomar allí nuestro bocata y reponer fuerzas.

Volvemos a la carretera y a unos pocos metros nos encontramos con una casa de madera a nuestra derecha, metida en el monte pero bien visible. Pues bien, enfrente de esta casa hay un sendero en cuya entrada existe una piedra en la que está marcada la X roja y blanca que, en esta ocasión, sirve para indicarnos que nos metamos por ahí, pues es el sendero que nos llevará al Monte da Paralaia. A partir de aquí se acaban las marcas, pero no hay que preocuparse porque el recorrido es muy fácil. Basta con subir por un hermoso sendero que, entre carballos, nos lleva hasta un promontorio en el que hay una antena de radio y desde allí, a nuestra derecha, si observamos con atención y andamos unos metros, veremos la Cruz do Xestoso, una cruz de madera empotrada en una de las rocas del Monte da Paralaia.

Una vez encaramados a la roca, surge la maravilla. La bahía de Vigo, en un día soleado como éste, luce en todo su esplendor. Resplandece su mar azul desde Rande hasta las Cíes, brindando a nuestros ojos un espectáculo grandioso, de infinita belleza. Es el premio a nuestro esfuerzo de veintitantos kilómetros que aquí. ante esta espléndida estampa, nos parecen pocos. Me viene a la memoria la coplilla aquella de Frai Martín Sarmiento que ya en siglo XVII, por boca de Marcos da Portela, decía:

Os olhos se fartan
con tanto recreo
de terra, de verde
de mar e de ceo.

Ahora sólo queda bajar, atravesando O Carballan de Coiro, un “espacio natural protegido”, libre de la plaga de eucaliptos que invade nuestros montes. En nuestro descenso nos encontramos con la zona de descanso de O Pouso das Cruces. Aquí tomamos la carretera a nuestra izquierda y seguimos bajando hasta encontrarnos con el corredor do Morrazo, bajo cuyo puente pasamos y torcemos a nuestra izquierda tomando la estrecha carretera que nos lleva a la iglesia de San Martiño, joya románica de esta zona. Hay una señal de tráfico debajo del puente que así lo indica.

Siquiendo por esta carretera llegamos a San Martiño en menos de media hora. Seguimos bajando hasta el Cementerio Municipal, descendemos un poco más, atravesamos la Avda. de Marín y, desde aquí en diez minutos más, estamos ya frente al antiguo Cuartel de la Guardia Civil, en cuya explanada hemos dejado nuestro coche.

Sendero PR-G68: Viascón, A vía escondida

Lunes, 3 de Abril de 2006
Adrián, Ángel, Carlos, Isidoro, José.

Recorrido: 20 Km.
Duración: 4 h 30 min

Dificultad: Media/Alta

Viascón es una parroquia perteneciente al Concello de Cotobade, que se encuentra al borde de la carretera de Pontevedra a Orense. El grupo de los Lunes al Sol hemos hecho la ruta del PR-G68, cuyos detalles podéis ver en el enlace correspondiente pinchando.. En esta ocasión hemos hecho el recorrido en el sentido contrario al que se indica en la descripción que se hace en la página de Turgalicia. Os lo recomendamos si queréis evitar una rampa muy pronunciada que hay al salir de As Coutadas.


Es fácil colegir que lo de A Vía Escondida, viene de Viascón, supongo que por pura coicidencia. Por eso, hemos escogido para esta vista del lugar, la foto en blanco y negro detrás de la cual parece esconderse esta parroquia.


La iglesia y el palomar de la rectoral, dominan esta parroquia rural partida en dos por la carretera.


La recién estrenada primavera, extiende su verde sobre las veigas y brañas anegadas con el agua de las abundantes lluvias de Marzo.


El agua corre veloz por los innumerables riachuelos y regatos que cruzan los campos, bajan por las laderas del monte o se precipitan en pequeñas cascadas allí donde hay un desnivel. El viejo molino en ruinas, es ahora testigo indiferente en medio de estas aguas veloces que antaño le dieron vida y energía.


La ruta está perfectamente señalizada. Siguiendo las marcas blancas y amarillas, es imposible extraviarse.

Terminado el recorrido nos hemos acercado a la famosa Carballeira de San Xusto, donde hemos tenido una comida especial en homenaje a nuestro guía Adrián por su 65º cumpleaños. ¡Larga vida, Adrián, y que nosotros los veamos! Isidoro ha oficiado de cocinero obsequiándonos con una manitas de cerdo con setas…»bocato di cardinale».

Nota: Lamento la pérdida de las imágenes debida al cambio de servidor.

La curruca capirotada (Silvia Atricapilla)

Pareja curiosa donde las haya, ésta de currucas que aquí podéis ver, en la que el macho parece querer poner distancia entre él y su hembra; que no sirva este testimonio gráfico, tan inoportuno, pensará él, para contrariar o incluso dar al traste con esa imagen de modernidad que han conseguido crearse.

Pareja moderna, sí, por el empeño que ponen en llevar vidas separadas; son pareja porque la naturaleza lo impone, pero qué raro es verlos juntos.

Por eso el valor testimonial de esta instantánea, aunque, como veis, el macho se haya propuesto no dejarse inmortalizar al lado de su compañera.

Moderna también la apariencia de ella, esa hembra con aire de impresionista a la francesa que, aunque prácticamente en todo igual a su macho, ha conseguido dotarse de un estilo propio y exclusivo al vestir boina rufa, color teja, manifiestamente más fina y con más clase que la de él, negra, que le da aspecto de paleto típico, de los de boina calada, y es posible que ella lo vea también así, y por eso quizás se les sorprenda tan pocas veces juntos.

Es la curruca capirotada un pajarillo de vestimenta gris prácticamente uniforme, de aspecto insignificante, que suele pasar desapercibido, y no solo por la sobriedad de su atavío; más, si cabe, por lo recatado de sus costumbres.

Una vez que aprendemos a identificarlo no deja de sorprendernos la frecuencia con que de repente lo vemos, y que resulta estar mucho más presente de lo que nos había parecido.

Muy probablemente, detrás de esa primera percepción, errónea, esté su parecido con el gorrión común, unido a su actitud discreta y escondidiza. Sí, cuántas veces, y ahora caemos en la cuenta, no habremos despreciado como “de gorrión” observaciones fugaces e incompletas de esta curruca capirotada a la que apenas vimos pasar un momento entre las hojas lustrosas de la camelia, por ejemplo, donde, discretamente afanosa, le gusta alimentarse de las partes tiernas, o de bichillos, en una amplia variedad de posturas, incluso colgando cabeza abajo. Quizás de no haber perdido repentinamente el interés, por pensar que de nuevo se trataba del gorrión, de haber sido un poco más curiosos y menos confiados, habríamos descubierto a la vivaracha curruca de aspecto ingenuo.

Su actitud es inquieta y atareada. No da ocasión a dejarse observar en la misma postura y lugar durante largo tiempo. Le es más propio el constante ir y venir, recorriendo curiosa y acelerada las ramas y hojas, y los brotes, frutos o bayas, donde los haya, de los árboles y matorrales por los que se mueve, discreta, intentando siempre ocultarse de nuestra vista, a lo que le ayuda el atuendo simple de su plumaje grisáceo, desprovisto de señas particulares, como no sea la ya mencionada boina que tan útil nos resulta para identificarla.

A pesar de ser un ave de distribución amplia, sus hábitos discretos la hacen difícil de observar, salvo por oírla. El casco urbano, sin embargo, al que recurre en los meses de tiempo más riguroso, quizás por ofrecer mayor protección, más calor, más alimento, nos proporciona a nosotros más y mejores ocasiones de observarla por la disposición más espaciada de los árboles, en las aceras y en los parques también, y por la falta de matorral, u otros lugares en que ocultarse; así, si tenemos la suerte de verla entrar en una camelia, o en un limonero o naranjo de los que adornan las aceras, no nos resultará muy complicado seguir con la mirada su alegre e inquieto desplazamiento de rama en rama, discretamente buscando ocultarse tras las hojas, mientras con su agudo pico indaga y repesca todo lo culinariamente interesante que se ponga a su alcance. Cuando haya acabado cambiará de árbol con su vuelo rápido y potente.

Pero si en la ciudad aún resulta más o menos fácil verla, en el campo, o en el bosque, es casi imposible. Oírla si que la oiremos, sobre todo su reclamo seco y metálico. Es amante de zonas arboladas y con buen sotobosque, con matorral crecido y espeso, por el que se mueve a sus anchas, confiada en la protección que le ofrece, ocultándola de las inquisitivas miradas de depredadores y otros robadores. Muestra predilección por la zarza y por la hiedra, donde la tradición popular la localiza más habitualmente. Para nosotros los gallegos, es la “papuxa” una hábil recolectora de moras. Algunos autores dan por segura su observación, en el mes de septiembre, en cualquier mata de saúco, atraída por las oscuras bayas que en ese mes cuelgan tentadoras en racimos abundantes. Más, por lo general, no nos resultará fácil verla si nos movemos por el bosque o por el campo.

Es también característica la falta de acompañamiento oral a su frenética actividad. Solo si se siente amenazada, probablemente por nuestra presencia (si tenemos ocasión de atestiguar este comportamiento), o por la de cualquier otro intruso, la oiremos alarmarse a sí misma y a sus congéneres, con la repetición rápida y rítmica de un “tac” breve y vigoroso que a mí siempre me ha sonado como el entrechocar de las canicas de acero con las que jugaba de chaval.

En época reproductora sin embargo, esa discreción se vuelve, en el macho, alegre algarabía de motivos breves, ásperos, en rápida sucesión, seguidos de una característica melodía de notas aflautadas, lejanamente reminiscentes del cantar viril del mirlo común, que muy oportunamente parecen decirle en cuatro sílabas a la hembra: “¿Te decides, te decides?”.

Dejadme que os diga cuál es para mí la aportación valiosa que esta “Sylvia de cabellos negros” hace con su presencia entre nosotros, en la ciudad hostil: la de recordarnos con su aspecto rural y paisano, de boina calada hasta las cejas, cual es nuestro verdadero hogar; la de traernos a este exilio de hormigón y asfalto al que más o menos voluntariamente nos hemos condenado, la estampa ingenua de nuestro origen, para que no lo olvidemos, para que no desistamos de recuperar nuestras raíces. Eso parece decirnos con sus cuatro sílabas.

Jaime