Tres horas de diluvio

Eran las nueve de la mañana en Pazos, una apacible y silenciosa aldea, en el municipio ourensano de San Cristobo de Cea. El cielo encapotado cubría como una capa gris y pesada las pocas casas del lugar. Los pronósticos avisaban de lluvia débil por la mañana pero en el momento de nuestra partida no caía ni una gota.

Dejando atrás la aldea, al poco tiempo penetramos en una hermosa carballeira caminando bajo sus ramas  desnudas en estos días primeros de la reciente primavera  secuestrada por este invierno que aún se resiste a marcharse. Brilla el musgo sobre las piedras que bordean el camino y el dorado ocre de la hojarasca decora el paisaje.

Caen dos gotas gruesas, tres, cuatro, cuatrocientas, cuatrocientas mil, incontables, imparables, persistentes, incesantes.  Hora tras hora, sin cesar, hasta las doce.

Chubasqueros, botas paraguas. Toda la artillería senderista contra la lluvia es necesaria. Los caminos, las antiguas congostras, esos senderos encerrados entre muros pavimentados con piedras centenarias holladas de rodelas, las huellas de los carros del país que las han esculpido allí a lo largo de los años,  son ahora torrenteras por las que es imposible caminar. Hay que buscar pasos alternativos por el bosque vecino hasta volver a toparnos con suelo transitable.

Por los montes arrasados en el pasado verano por voraces incendios el agua enfurecida busca salidas formando regatos por los que se precipitan desbocados cursos de agua arrastrando ceniza y guijarros, tiñendo de un negro sombrío los yermos campos que antes fueron bosques de pinos y eucaliptos.

Mil piruetas y arriesgados saltos han de  hacer los aguerridos muchachos de Los Lunes al Sol cuya pericia y veteranía les salva de algún más que anunciado resbalón con chapuzón incluido en las furiosas aguas de los torrentes que ha formado el implacable diluvio.

Cuando la cosa comienza a amainar estamos ya en Bustelo que aún conserva una de aquellas fuentes en las que una placa con el yugo y las flechas recuerda tiempos que por estos lugares no ha borrado la tan traída y llevada Memoria Histórica. Seguimos, ahora con el tiempo más calmado, hasta el lugar de Mosteirón cuyo regato del  mismo nombre exhibe en esta mañana estampa de río mayor.

Pasadas las estribaciones del Monte de Agrela, unas edificaciones en el horizonte anuncian que estamos llegando a la villa de San Cristobo de Cea, la Villa del buen pan, famoso y apreciado en toda Galicia, nacido quizá en los hornos del Monasterio de Oseira con tradición de siglos en su elaboración.

Allí paramos en el Bar Pérez para degustar su menú del día a base de caldo, tan salado que hay que rebajarlo con agua, o lentejas seguidas de bisté con patatas fritas, algunas casi crudas, o pulpo, escaso pero bien cocinado. De postre un flan de queso o yogur. Menos mal que el vino era un Mencía-Garnacha de Valdeorras que no estaba mal. Pero solucionamos la cuestión de la pitanza que nos dejó en disposición de continuar la marcha no sin antes hacer la foto de familia al pie de la torre que se alza frente al ayuntamiento rodeada de los numerosos peregrinos que pasan por esta villa en su camino hacia Santiago, versión Vía de la Plata.

Abandonamos la Villa del pan para continuar ruta por caminos ahora más accesibles, también entre carballeiras y pinares, hasta el lugar de Casas Novas con su Fonte do Barriño y lavadero, cerca ya del fin que también fue comienzo de la caminata de este lunes en el citado lugar de Pazos.

Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
20,600 Km. 5 h. 39 min. Media Lluvia

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Entre líquenes y mimosas

¿Cómo se llama esta ruta? Sin pensarlo mucho Juan contestó: «Entre líquenes y mimosas» y acertó de pleno porque resume muy bien lo que fue la caminata de este lunes por el PRG 186 que discurre por el concello ourensano de Toén. Es una ruta preciosa aún en este tiempo de invierno y más lo será en primavera o en otoño cuando las espesas carballeiras que pueblan la casi totalidad del recorrido puedan lucir el verde de sus copas repletas de hojas o el ocre-amarillo que viste su ropaje otoñal.

En esta época los carballos están cubiertos por una capa entre blanca y gris que está formada por esa simbiosis entre algas y cianobacterias que son los líquenes,  excelentes  bioindicadores de la calidad del ecosistema, ya que son muy sensibles a las perturbaciones ambientales como la contaminación.

También es tiempo de mimosas, esas acacias invasoras que tanto abundan en los montes ourensanos, que exhiben unas hermosas flores en esta época pero que son una perniciosa plaga por su potencial colonizador siendo una amenaza grave para las especies autóctonas. Eso sí, queda muy bonito cuando bordean los caminos formando a veces llamativos arcos florales de intenso color amarillo.

Iniciamos la marcha cerca del lugar de Trellerma para incorporarnos, después del primer par de kilómetros, al sendero PRG 186 por el que llegamos a la localidad de Moreiras, de empedradas calles y señoriales casonas entre las que destaca la Torre do Padín. Domina la población la monumental iglesia de San Pedro, de fachada barroca.

Sigue la ruta por caminos con frecuencia encharcados por la recientes lluvias, entre cierres de fincas y bosques que ocupan lo que en otros tiempos fueron tierras de labor hasta que llegamos a las estribaciones de A Cima da Granxa, unos parajes agrestes salpicados de penedos, grandes rocas redondas por las que serpentean estrechos caminitos entre sus paredes cubiertas de musgo en una especie de tobogán con rampas que suben y bajan hasta alcanzar A Cima, otro conjunto de  penedos que constituye un excelente mirador de la comarca que rodea la ciudad de Ourense. Oculta entre ellos se encuentra A Cova da Cima, un espacio que sirvió para albergar pastores y transeúntes en tiempos ya pasados.

Más abajo nos topamos con O Penedo fendido, un par de peñascos superpuestos desde el que, ya en franco descenso, alcanzamos la ermita de Nª Sª de las Angustias en las afueras de Mugares, un núcleo rural en el que destaca  la iglesia de Santa María,  de fachada plateresca, con dos potentes torres que le confieren cierto aspecto de fortaleza.

Ya nos vamos acercando a los 20 Km. cuando entramos en Toén, la cabeza del municipio que ampara a las citadas poblaciones y en cuyo centro se halla el restaurante Grancas, especializado en comida obrera y eso se nota en el menú. Plato único: lentejas y bisté con patatas fritas. Las primeras bien, sabrosas y contundentes con sus trocitos de tocino, lo segundo recordaba a Chaplín en «La quimera del oro», intentando disfrazar el hambre con un par de suelas de zapato.

Rematado el festín de Grancas con un discreto queso con membrillo, reemprendemos la marcha para dar cuenta de los 5 Km. que nos separan del punto de inicio que también es el final de esta estupenda jornada cuyos hermosos parajes  han quedado agradablemente grabados en nuestra memoria.

Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
23,550 Km. 6 h. 25 min. Media Nublado 

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Más vieja que los dinosaurios

Para los de Los Lunes al Sol se ha convertido en una tradición, pues es éste el quinto año en que por estas fechas la sección lunera de Sendereando organiza una caminata por los aledaños de la parroquia arbense de San Esteban de Cabeiras para, después de la obligada caminata, culminar la etapa de la mañana en O Mesón da Lamprea, uno de los templos gastronómicos en los que se rinde culto al más feo y antiguo de los ciclóstomos, cuyo origen se remonta alrededor de los 500 millones de años, cuando aún no habían aparecido los dinosaurios, pero cuyo sabor encandila a sus fieles y cuya imagen repele a otros muchos con esa ventosa que tiene por boca, de dientes corneados, con la que le chupa la sangre a sus vecinos de mar.

Entre los andarines del Los Lunes al Sol las devociones están divididas. Una mitad se pirra por la lamprea y la otra prefiere el cabrito, que tampoco lo hacen mal en este mesón del que siempre salimos contentos.

La caminata que nos había de llevar al citado templo gastronómico comenzó en el atrio de la iglesia de San Esteban, contiguo al Mesón y desde allí caminamos entre fincas y pinares, con bastante asfalto por medio, hasta llegar a los Eidos de Arriba, lugar en el que se encuentra A Ermida que es donde se inicia la ascensión hacia los montes de San Fins por pistas forestales desde las que se contempla la hermosa estampa del río Miño, pletórico en este tiempo de lluvia.

Durante nuestro paso por las alturas de San Fins arrecia el temporal de viento y lluvia lo que  que nos obliga a sostener con fuerza los paraguas durante un buen rato hasta que, ya en pleno descenso, vuelve la calma y podemos contemplar allá abajo la iglesia de San Esteban a cuya vera se halla O Mesón da Lamprea.

En sus bodegas nos espera un rico aperitivo a base de jamón y vino del Condado y también las lampreas vivas que se revuelven inquietas en el foso del que serán extraídas las que han de ir a nuestra mesa.

Una vez en el comedor nos encontramos con el simpático detalle de unos pañuelos de cuello, obsequio de la casa, para celebrar nuestra estancia.

Deliciosa empanada de lamprea,  es el prólogo del tradicional plato a la bordelesa para los amigos del vampiro de los mares y delicioso cabrito para los carnívoros. Espléndida selección de postres del país, como filloas, leche frita, melindres, tarta de chicharrones, etc. completa el excelente menú, todo regado por un Regina Viarum, mencía de la viticultura heroica, de la Ribeira Sacra, que nos regala nuestro entrañable Carlos para celebrar su cumpleaños.

Un poco de fiesta amenizada por la bandurria de José y vuelta al camino, que hay que rematar la caminata, con un rodeo a la parroquia  bajando hasta las orillas del Cea y regresando al atrio de San Esteban que es en donde iniciamos y terminamos la estupenda jornada de este lunes.


Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
21,810 Km. 6 h. 45 min. Media Nubes y lluvia 

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Bacalhau espantoso

En portugués «espantoso» significa asombroso y nosotros le añadimos delicioso, sabroso y cuantos más «osos» se nos puedan ocurrir al Bacalhau á casa, una delicia gastronómica que nos fue servida en el restaurante Toca do Lobo, en la freguesía, parroquia, de Aboim da Nóbrega e Gondomar perteneciente al concelho portugués de Vila Verde.

Llegan a nuestra mesa grandes platos con generosas porciones cubiertas de una crema esponjosa de brillante color miel decorada con una tira de pimiento rojo cuya receta es un secreto que la cocinera se niega a revelar pues es tesoro de la casa, bien guardado. Una abundante guarnición de patatas fritas cortadas en finas lonchas, blandas y apetitosas, es el perfecto acompañamiento para el señor de la mesa.

Pero no nos precipitemos, que para llegar hasta O Toca do Lobo hay despachar los quince kilómetros que nos separan del punto de partida, un  lugar  llamado As Carballeiras, a unos pasos de A Casa da Paquenina,  antigua y monumental casona, ejemplo de la arquitectura rural miñota, con su capilla,  hórreos, reloj de sol, etc,

Entre campos de labor, bosques, algunos quemados, pasamos por pequeños núcleos rurales como los de Povoadura y Bezeguimbra, siempre  a unos 700 m. de altitud, hasta alcanzar el solitario paraje en el que unos enormes muros de piedra forman lo que fue en tiempos pasados  O Fojo do Lobo, una trampa en forma de uve en cuyo vértice hay un foso en el que, después de laboriosa y larga batida, los lugareños arrinconaban al animal  obligándolo a caer en el profundo agujero en donde lo mataban a pedradas o de alguna otra manera. En nuestra tierra gallega existen numerosas muestras de este tipo de construcciones.

Aprovechamos la pausa en este lugar para tomar las once, como hacían antiguamente los jornaleros que paraban a esa hora para comer algo acompañado con un vasito de aguardiente cosa que nosotros hacemos con un plátano pero sin el vasito. No ha cesado de llover desde que hemos empezado hasta ahora que ha escampado,  por lo que cerramos nuestros paraguas y ya no los volveremos a abrir en toda la mañana.

Seguimos caminando entre pinares y robledas, pasando por encantadoras aldeas como las de Nogueira, Bemposta y Martinga hasta llegar a la capilla de San Simâo, muy cerca ya de Aboim da Nóbrega que nos recibe con la impresionante estampa del río Vade despeñándose desde la altura hasta el puente que da paso la que fue cabeza del que hoy es Concelho de Vila Verde. Allí, en el centro urbano, se encuentra  el restaurante Toca do Lobo al que nos hemos referido al inicio de esta reseña.

Después de dar buena cuenta de tan excelente menú que acompañado fue de un alentejano Monte Velho rematado con el puding (flan) de la casa, abandonamos mesa y manteles para reemprender la marcha por los campos y praderas por los que fluye el río Vade hasta llegar al punto en el que el sendero se pierde. Se pierde porque no se ve inundado como está por las aguas del río Vade que bajan en fuerte corriente cubriendo las poldras o pasos de piedra que cuando el río va bajo sirven para vadearlo a pie.

¿Que hacemos? ¿Nos arriesgamos a pasar o regresamos por donde hemos venido? Resuelve la papeleta nuestro aguerrido Torres que, habiendo recogido en un hatillo botas y pantalones, pasa a la otra orilla decidido y rápido. Le sigue José lento pero seguro y detrás Dietmar que nos da un más de un susto en sus amagos de resbalar un par de veces.

Los demás dan marcha atrás y regresan por la carretera. El trío de los decididos sigue  monte arriba, a veces por estrechos senderos abandonados a las zarzas y al matorral, otras caminando entre rocas que, mojadas por las lluvias de la mañana, amenazan con peligrosos resbalones. Pero constantes y con el ánimo alegre culminan la jornada llegando felices y contentos a reunirse con el resto de sus queridos camaradas.

Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
21,730 Km. 7 h. 1 min. Media Lluvias y nubes

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Entre el mar y la montaña

Desde la playa de Lapamán, en el municipio pontevedrés de Bueu, hasta la cima de O Castelo hay que salvar un desnivel de casi 400 m. en menos de 3 Km., a lo largo de un camino empedrado, en una laboriosa ascensión mitigada por la suave brisa que sopla en estas horas tempranas, pero el esfuerzo vale la pena pues tiene premio: la contemplación desde lo alto de la hermosa ría de Pontevedra, con las islas de Ons y Onceta al fondo,  recorriendo con la vista  el mar allá abajo, sereno y azul, entre la costa de A Lanzada hasta Combarro al frente y desde Cabo Udra hasta la playa de Aguete con la isla de Tambo entre ambas costas. Una obra maestra de la naturaleza cuya inconmensurable belleza deja pasmado a quien la contempla.

Rodea O Castelo un profundo foso que encierra leyendas de tesoros de mouros como ocurre en muchos lugares similares de este país.

Después de empaparnos bien de tanta hermosura, seguimos por las alturas del monte de San Lourenzo hasta dar con un solitario paraje en el que se halla una mámoa, esos monumentos fúnebres de nuestros antepasados de hace unos milenios, A mámoa do Forno das Arcas, misteriosa denominación cuyo significado se escapa a nuestros conocimientos. Vecina a la mámoa se encuentra la Tumba do Portugués,  unas cuantas piedras en círculo encabezadas por una pequeña lápida con una cruz. Otro misterioso monumento casi perdido en una hermosa carballeira.

A poco más de un kilómetro nos topamos con las ruinas de la Capela de San Lourenzo, del siglo XVII, que a tal estado llegó , según cuentan las crónicas, por la desidia del párroco lo cual le costó una reprimenda del Sr. Obispo. Allí siguen las ruinas sin que hasta la fecha, después de tantos años, haya sido reconstruida a pesar de la bronca de monseñor.

Seguimos por caminos y pistas forestales, siempre por las alturas, hasta llegar a la Cruz de Ermelo, muy conocida por estos senderistas. Se levanta sobre un  altozano frente al mar oculto por los pinos que allí han crecido.  A partir de este lugar, toca descender hasta la villa de Bueu en donde nos espera Casa Quintela con un rutinario menú del día que pasa sin pena ni gloria por nuestros estómagos cumpliendo la obligada misión de reponer  fuerzas para permitirnos continuar  la marcha por las hermosas playas de Agrelo y Lapamán en cuyo extremo se encuentra el punto final de la caminata en donde completamos una estupenda jornada con un tiempo casi primaveral.


Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
20,850 Km. 6 h. 23 min. Media Sol y nubes 

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