Más vieja que los dinosaurios

Para los de Los Lunes al Sol se ha convertido en una tradición, pues es éste el quinto año en que por estas fechas la sección lunera de Sendereando organiza una caminata por los aledaños de la parroquia arbense de San Esteban de Cabeiras para, después de la obligada caminata, culminar la etapa de la mañana en O Mesón da Lamprea, uno de los templos gastronómicos en los que se rinde culto al más feo y antiguo de los ciclóstomos, cuyo origen se remonta alrededor de los 500 millones de años, cuando aún no habían aparecido los dinosaurios, pero cuyo sabor encandila a sus fieles y cuya imagen repele a otros muchos con esa ventosa que tiene por boca, de dientes corneados, con la que le chupa la sangre a sus vecinos de mar.

Entre los andarines del Los Lunes al Sol las devociones están divididas. Una mitad se pirra por la lamprea y la otra prefiere el cabrito, que tampoco lo hacen mal en este mesón del que siempre salimos contentos.

La caminata que nos había de llevar al citado templo gastronómico comenzó en el atrio de la iglesia de San Esteban, contiguo al Mesón y desde allí caminamos entre fincas y pinares, con bastante asfalto por medio, hasta llegar a los Eidos de Arriba, lugar en el que se encuentra A Ermida que es donde se inicia la ascensión hacia los montes de San Fins por pistas forestales desde las que se contempla la hermosa estampa del río Miño, pletórico en este tiempo de lluvia.

Durante nuestro paso por las alturas de San Fins arrecia el temporal de viento y lluvia lo que  que nos obliga a sostener con fuerza los paraguas durante un buen rato hasta que, ya en pleno descenso, vuelve la calma y podemos contemplar allá abajo la iglesia de San Esteban a cuya vera se halla O Mesón da Lamprea.

En sus bodegas nos espera un rico aperitivo a base de jamón y vino del Condado y también las lampreas vivas que se revuelven inquietas en el foso del que serán extraídas las que han de ir a nuestra mesa.

Una vez en el comedor nos encontramos con el simpático detalle de unos pañuelos de cuello, obsequio de la casa, para celebrar nuestra estancia.

Deliciosa empanada de lamprea,  es el prólogo del tradicional plato a la bordelesa para los amigos del vampiro de los mares y delicioso cabrito para los carnívoros. Espléndida selección de postres del país, como filloas, leche frita, melindres, tarta de chicharrones, etc. completa el excelente menú, todo regado por un Regina Viarum, mencía de la viticultura heroica, de la Ribeira Sacra, que nos regala nuestro entrañable Carlos para celebrar su cumpleaños.

Un poco de fiesta amenizada por la bandurria de José y vuelta al camino, que hay que rematar la caminata, con un rodeo a la parroquia  bajando hasta las orillas del Cea y regresando al atrio de San Esteban que es en donde iniciamos y terminamos la estupenda jornada de este lunes.


Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
21,810 Km. 6 h. 45 min. Media Nubes y lluvia 

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Bacalhau espantoso

En portugués «espantoso» significa asombroso y nosotros le añadimos delicioso, sabroso y cuantos más «osos» se nos puedan ocurrir al Bacalhau á casa, una delicia gastronómica que nos fue servida en el restaurante Toca do Lobo, en la freguesía, parroquia, de Aboim da Nóbrega e Gondomar perteneciente al concelho portugués de Vila Verde.

Llegan a nuestra mesa grandes platos con generosas porciones cubiertas de una crema esponjosa de brillante color miel decorada con una tira de pimiento rojo cuya receta es un secreto que la cocinera se niega a revelar pues es tesoro de la casa, bien guardado. Una abundante guarnición de patatas fritas cortadas en finas lonchas, blandas y apetitosas, es el perfecto acompañamiento para el señor de la mesa.

Pero no nos precipitemos, que para llegar hasta O Toca do Lobo hay despachar los quince kilómetros que nos separan del punto de partida, un  lugar  llamado As Carballeiras, a unos pasos de A Casa da Paquenina,  antigua y monumental casona, ejemplo de la arquitectura rural miñota, con su capilla,  hórreos, reloj de sol, etc,

Entre campos de labor, bosques, algunos quemados, pasamos por pequeños núcleos rurales como los de Povoadura y Bezeguimbra, siempre  a unos 700 m. de altitud, hasta alcanzar el solitario paraje en el que unos enormes muros de piedra forman lo que fue en tiempos pasados  O Fojo do Lobo, una trampa en forma de uve en cuyo vértice hay un foso en el que, después de laboriosa y larga batida, los lugareños arrinconaban al animal  obligándolo a caer en el profundo agujero en donde lo mataban a pedradas o de alguna otra manera. En nuestra tierra gallega existen numerosas muestras de este tipo de construcciones.

Aprovechamos la pausa en este lugar para tomar las once, como hacían antiguamente los jornaleros que paraban a esa hora para comer algo acompañado con un vasito de aguardiente cosa que nosotros hacemos con un plátano pero sin el vasito. No ha cesado de llover desde que hemos empezado hasta ahora que ha escampado,  por lo que cerramos nuestros paraguas y ya no los volveremos a abrir en toda la mañana.

Seguimos caminando entre pinares y robledas, pasando por encantadoras aldeas como las de Nogueira, Bemposta y Martinga hasta llegar a la capilla de San Simâo, muy cerca ya de Aboim da Nóbrega que nos recibe con la impresionante estampa del río Vade despeñándose desde la altura hasta el puente que da paso la que fue cabeza del que hoy es Concelho de Vila Verde. Allí, en el centro urbano, se encuentra  el restaurante Toca do Lobo al que nos hemos referido al inicio de esta reseña.

Después de dar buena cuenta de tan excelente menú que acompañado fue de un alentejano Monte Velho rematado con el puding (flan) de la casa, abandonamos mesa y manteles para reemprender la marcha por los campos y praderas por los que fluye el río Vade hasta llegar al punto en el que el sendero se pierde. Se pierde porque no se ve inundado como está por las aguas del río Vade que bajan en fuerte corriente cubriendo las poldras o pasos de piedra que cuando el río va bajo sirven para vadearlo a pie.

¿Que hacemos? ¿Nos arriesgamos a pasar o regresamos por donde hemos venido? Resuelve la papeleta nuestro aguerrido Torres que, habiendo recogido en un hatillo botas y pantalones, pasa a la otra orilla decidido y rápido. Le sigue José lento pero seguro y detrás Dietmar que nos da un más de un susto en sus amagos de resbalar un par de veces.

Los demás dan marcha atrás y regresan por la carretera. El trío de los decididos sigue  monte arriba, a veces por estrechos senderos abandonados a las zarzas y al matorral, otras caminando entre rocas que, mojadas por las lluvias de la mañana, amenazan con peligrosos resbalones. Pero constantes y con el ánimo alegre culminan la jornada llegando felices y contentos a reunirse con el resto de sus queridos camaradas.

Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
21,730 Km. 7 h. 1 min. Media Lluvias y nubes

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Entre el mar y la montaña

Desde la playa de Lapamán, en el municipio pontevedrés de Bueu, hasta la cima de O Castelo hay que salvar un desnivel de casi 400 m. en menos de 3 Km., a lo largo de un camino empedrado, en una laboriosa ascensión mitigada por la suave brisa que sopla en estas horas tempranas, pero el esfuerzo vale la pena pues tiene premio: la contemplación desde lo alto de la hermosa ría de Pontevedra, con las islas de Ons y Onceta al fondo,  recorriendo con la vista  el mar allá abajo, sereno y azul, entre la costa de A Lanzada hasta Combarro al frente y desde Cabo Udra hasta la playa de Aguete con la isla de Tambo entre ambas costas. Una obra maestra de la naturaleza cuya inconmensurable belleza deja pasmado a quien la contempla.

Rodea O Castelo un profundo foso que encierra leyendas de tesoros de mouros como ocurre en muchos lugares similares de este país.

Después de empaparnos bien de tanta hermosura, seguimos por las alturas del monte de San Lourenzo hasta dar con un solitario paraje en el que se halla una mámoa, esos monumentos fúnebres de nuestros antepasados de hace unos milenios, A mámoa do Forno das Arcas, misteriosa denominación cuyo significado se escapa a nuestros conocimientos. Vecina a la mámoa se encuentra la Tumba do Portugués,  unas cuantas piedras en círculo encabezadas por una pequeña lápida con una cruz. Otro misterioso monumento casi perdido en una hermosa carballeira.

A poco más de un kilómetro nos topamos con las ruinas de la Capela de San Lourenzo, del siglo XVII, que a tal estado llegó , según cuentan las crónicas, por la desidia del párroco lo cual le costó una reprimenda del Sr. Obispo. Allí siguen las ruinas sin que hasta la fecha, después de tantos años, haya sido reconstruida a pesar de la bronca de monseñor.

Seguimos por caminos y pistas forestales, siempre por las alturas, hasta llegar a la Cruz de Ermelo, muy conocida por estos senderistas. Se levanta sobre un  altozano frente al mar oculto por los pinos que allí han crecido.  A partir de este lugar, toca descender hasta la villa de Bueu en donde nos espera Casa Quintela con un rutinario menú del día que pasa sin pena ni gloria por nuestros estómagos cumpliendo la obligada misión de reponer  fuerzas para permitirnos continuar  la marcha por las hermosas playas de Agrelo y Lapamán en cuyo extremo se encuentra el punto final de la caminata en donde completamos una estupenda jornada con un tiempo casi primaveral.


Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
20,850 Km. 6 h. 23 min. Media Sol y nubes 

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Renaciendo del fuego

Hace tres años, en julio del 2015, cuando estuvimos por estos parajes, su aspecto era desolador. Las cinco docenas de muiños que confieren a estos lugares un carácter tan especial estaban rodeadas de tierra quemada, árboles muertos, tiznados de negro, en un paisaje lúgubre y sombrío apenas aliviado por las aguas del río Folón que desde su cascada se desparramaban entre matorrales y pinos carbonizados.

En este lunes, hemos repetido la ruta de aquel año y nos hemos llevado una grata sorpresa al comprobar que aquel paisaje de desolación y tristeza había recuperado sus colores y su vida. Aunque jóvenes, los pinos pueblan las laderas de la profunda garganta que jalonan los 36 muiños del Folón y también ha mejorado el aspecto que ofrecen los 24 del Picón al otro lado de la montaña.

Hemos llegado hasta ahí partiendo del lugar de Barrio Novo, cerca de Loureza en los límites de esa joroba enorme que es la sierra de A Groba cuyas tierras descienden suavemente hacia el valle de O Rosal.  A pocos metros del inicio de la marcha  tenemos nuestro primer encuentro con el río Tambre, también llamado Carballas a su paso por estos lares aunque más adelante, en tierras de San Miguel de Tabagón, recibe el nombre de Tamuxe.

Pasado el puente encaramos una larga pista forestal que nos lleva monte arriba para bajar de nuevo al río que en el lugar de Cruces recibe al río da Cal cuyas aguas brillan en la lejanía en el monte de enfrente. Siguiendo  el cauce del río da Cal, ahora por un tramo de carretera, llegamos al lugar de Fornelos y desde allí iniciamos la ascensión entre fincas pero también por tramos de asfalto hasta el punto en que comienza el sendero que discurre entre los 24 muiños del Picón.

Los últimos del Picón se juntan en la cima con los del Folón cuya impresionante estampa admiramos desde arriba para desviarnos a nuestra derecha y continuar por una larga pista de tierra que bordea las márgenes del río da Cal que baja por un profundo desfiladero mostrando la hermosa estampa de sus rápidas aguas bajando hacia el valle entre pozas y pequeñas cascadas.

Toca ahora bajar hasta pasar el puente  para volver a subir  la empinada ladera  por una serpenteante pista que nos lleva hasta San Comba, un conjunto de casas que se eleva en aquellas soledades rodeando su ermita.

Allá abajo, está Loureza, a la orilla del río Da Cal a donde se accede por un accidentando sendero pedregoso e irregular que se suaviza en las proximidades del lugar a donde se llega por un hermoso camino entre castaños alfombrado por la hojarasca que allí dejó el pasado otoño.

Ya en Loureza, entramos en el Restaurante El Puente, viejo conocido de esta tropa, en donde disfrutamos en una caliente sopa, seguida de carne asada con patatas fritas, arroz con leche y filloas con lo cual quedamos perfectamente preparados para cubrir los cuatro kilómetros que nos separan del punto de inicio, un corto paseo que, después de subir un poco por el monte, nos vuelve a llevar a las orillas del río, muy cerca del sitio en el que comenzamos y rematamos la ruta de este lunes.

 

Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
21,830 Km. 5 h. 50 min. Media Soleado 

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Ondas do mar de Vigo…

Ondas do mar de Vigo,
se vistes meu amigo?
E ai Deus, se verrá cedo

En estos meses se expone en el Museo do Mar, de Vigo, el pergamino Vindel que contiene siete cantigas de amigo del trovador vigués Martín Codax a las que pertenece la estrofa que encabeza este comentario.

Viene esto a cuento porque en la marcha de este lunes hemos disfrutado durante mucho tiempo de la vista de la bahía del Vigo, de las ondas do mar de Vigo que cantó Martín Codax, pues la ruta discurre por los altos del Monte Faro, una atalaya desde la que se contemplan excepcionales panorámicas de esa joya de las Rías Baixas que es la ría de Vigo.

Iniciamos la marcha en los aledaños del Club de Golf  Domaio en continuo ascenso hasta alcanzar O Chan da Arquiña, un amplio parque forestal que se extiende a los pies del Monte Faro, cuya cima está cuajada de antenas, que parece que todas las emisoras, tvs u operadoras de móviles se diesen allí cita para abarrotar tan espléndido mirador con ese bosque de mástiles que han montado allí.

Menos mal que a unos metros más abajo de la cima existe una especie de plataforma que da a la ría abarcando su vista desde el estrecho de Rande hasta las islas Cíes.

A partir de este punto toca bajar por pistas forestales hasta llegar al Barranco do Faro desde donde arranca un largo camino que atraviesa una extensa carballeira que, aunque en este tiempo de invierno, desnudas sus sus ramas, no presenta su mejor aspecto, en primavera y otoño se convierte en un hermoso paraje, frondoso y lleno de color.

Aunque son kilómetros de descenso, pues nos dirigimos a la costa, abundan las rampas y cuestas que hacen de este recorrido un auténtico tobogán. Así, a pocos kilómetros de la citada carballeira, damos con el Outeiro do Aviador, una zona recreativa coronada por un cerro desde el que se divisa la parroquia de Meira, muy cerca y las villas de Moaña y Cangas que se desparraman hacía la bahía.

Seguimos descendiendo hasta alcanzar la carretera que va de Cangas a Bueu en su encuentro con O Rego da Freixa cuyas aguas se precipitan formando pequeñas fervenzas entre rocas y muiños en ruinas entre la espesura de su bosque ribereño que recorremos pasando estrechos carreiriños y abundantes pasarelas de madera que nos ayudan a vadear el inquiero río hasta alcanzar la primeras casas de Domaio y desde allí hasta los alrededores de su iglesia parroquial ya en la carretera de la costa, muy cerca de la Adega do Pescador a la que accedemos con los primeros 18 Km. de la jornada a nuestras espaldas.

Empanada, fanecas fritas o cazón con fideos componen el menú del día con el que resarcimos a nuestro organismo de las energías gastadas hasta el momento.

La ligera lluvia de la mañana y las nubes han desaparecido dando paso a una tarde luminosa y soleada que nos permite caminar sin prisa bajo un impoluto cielo azul. Ahora toca subir dejando atrás el pueblo para llegar a la Poza da Moura, otro de los objetivos de nuestra ruta de hoy.

Allí llegamos después de una laboriosa ascensión. La Poza es un remanso del Rego Miñoura que nace en las estribaciones del Monte Faro. A lo largo de su recorrido se construyeron varios muiños, uno de los cuales, a los que el agua llegaba a través de una levada de piedra que  parece un acueducto, está situado cerca de la poza, una hermosa piscina natural base de la cascada que se precipita muy cerca del Corredor de O Morrazo, una autovía de la que se salvó por los pelos.

Después de disfrutar durante unos momentos de la bella estampa que ofrece la poza y su cascada seguimos monte arriba  y no tardamos en regresar a la carretera, al punto en el que finaliza la ruta de este lunes.


Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
21,440 Km. 6 h. 40 min. Media Sol y llovizna 

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