Rodeando el Iroite

La sierra del Barbanza es una cadena montañosa que se extiende por la península del mismo nombre situada entre las rías de Arosa y la de Muros y Noia. Los de los lunes de Sendereando conocen bien esta comarca que alberga los municipios de Boiro, Lousame, Puerto del Son y Noia.

En todos ellos se encuentran preciosas rutas de senderismo una de las cuales es la que hemos realizado en esta jornada, espléndida de sol y de luz, que fue como un regalo de este invierno al que ya le quedan pocos días ante la inminente primavera.

Iniciamos la caminata en el lugar de Cubelo, en Boiro, no muy lejos de la espectacular cascada de Cadarnoxo, formada por O Rego da Lampreeira, un arroyo que baja del monte Iroite para desembocar el río Coroño. Aún cercanas las fuertes lluvias, la cascada conserva su fuerza y belleza desplomando su chorro desde la altura para fundirse después en las tranquilas aguas que continúan monte abajo perdiéndose en la lejanía.

Comienza desde aquí una larga ascensión hasta alcanzar la pista forestal que bordea durante varios kilómetros la ría de Muros y Noia regalando nuestros sentidos con la magnífica panorámica que nos ofrece el plácido azul de su mar festoneado por playas y poblaciones grandes y pequeñas como las de Portosín, Esteiro, Louro y otras.

Así, por el balcón que es este camino por lo alto  sobre tan hermoso paisaje, vamos rodeando el monte Iroite, la máxima altura de la sierra del Barbanza con 685 m. que, con las del Alto de Barzal, Barbanza y La Curota, todas a menos de 6 Km. del mar, constituyen los más privilegiados miradores de la comarca.

Nos desviamos de tan preciosa senda en los aledaños del monte Iroite para acercarnos a Nogueira, en cuyo Bar Seara nos aposentamos para disfrutar del merecido alimento que en forma de tortilla, navajas, churrasco y larpeira, que es un postre de muy antigua tradición en Galicia, nos compensa sobradamente de las fatigas de la caminata mañanera.

Ahora solamente queda un grato paseo de poco más de  una legua (casi 6 Km.) que,  por el lado opuesto de la sierra con vista a la ría de Arosa, nos conduce   al punto final que fue el inicio de la ruta de este lunes a donde llegamos felices y contentos.

Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
24,670 Km. 6 h. 45 min. Media Soleado 

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Cabeiras

Cuasi poema de un senderista montaraz

Caminando sobre las nubes
se me llenan las manos de sol,
pero no me duele el resplandor.
En el pecho aún me caben más asombros.

Escondidísimas fervenzas en bronco bramido blanco,
serpenteantes regatos en rumor de arrullo de paloma.
Mágicos bosques blancos, ocres, verdes y rojos también.
Negras agujas hijas del fuego están clavadas
en un suelo también negro.

Yo tengo una paleta llamada otoño
y a veces me nacen cuasiversos tras los ojos.

Todos sabemos que Ramón, uno de los más fieles andarines de Sendereando, es un artista que hace poesía sobre el lienzo pero lo que desconocíamos hasta ayer era su vena lírica que queda plasmada en el poema que encabeza este comentario y que su autor recitó ante la entregada audiencia de los catorce que lo oyeron, poeta de monte y cielo, en el Alto de San Fins.

Es San Fins una cima que se eleva sobre los montes de Cabeiras en la que el primero de agosto se celebra el encuentro familiar entre San Pedro Víncola, patrono de Cabeiras, su hijo San Fins y  todas las familias de romeros que, después de la misa y la procesión  en la que los ofrecidos suben al santuario portando una teja sobre la cabeza, comparten la tradicional comida campestre.

También es famosa Cabeiras porque allí se encuentra el Mesón de la lamprea, templo gastronómico en donde se rinde culto al apreciado ciclóstomo, muy cerca del otro templo, el parroquial.

Es tradición de la tropa de Sendereando, acudir allí cada año por estas fechas que es cuando la lamprea está en su punto. La sirven los del Mesón a la bordelesa, con aperitivo previo en su bodega a base de jamón y blanco del Condado. En esta sesión preparatoria a la degustación en sus comedores del rico manjar del Miño, expertas de la casa extraen las lampreas del vivero mostrándonos los ejemplares que poco después veremos en las cazuelas.

Se dice que el rey Enrique I de Inglaterra murió de un atracón de lamprea allá por el 1135. Quizá sea esa la razón por la que algunos prefieren cabrito. Sea una cosa o la otra, la verdad es que la comida resultó un auténtico festín gastronómico y de lo otro, pues estuvo bien animada por el acordeón de Dietmar a cuyo son cantamos y bailamos hasta que llegó la ora de rematar los casi 24 kilómetros de la andaina de este lunes que en su mayor parte discurrió por los montes que rodean a Cabeiras para bajar, después de comer, hasta el río Cea, no muy lejos del gran Miño a su paso por Arbo, para regresar al Mesón que es donde habíamos iniciado la caminata.


Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
23,580 Km. 6 h. 35 min. Media Chubascos 

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Ourense termal

Hay quienes ven en el nombre de Orense un reflejo del oro que supuestamente brillaba hace 2.000 años en las arenas del Miño y se imaginan a los romanos bateando junto a la Ponte Vella, un coloso de piedra de 370 metros, con un arco central de 43, cuyos fundamentos son de aquella época. Lo más probable, sin embargo, es que no hubiera tanto oro y que el único gran tesoro que atrajo e hizo asentarse aquí a los romanos fueran las fuentes termales que manaban, y aún manan, por doquier. Si algo apreciaban los romanos, casi más que el oro, era un baño caliente. (Del ABC).

Lo nuestro fue algo más que un baño caliente. Comenzamos en las Termas de Outariz que, a estas horas del día, estaban cerradas. La mañana, aunque soleada, estaba fresca y prometía una agradable jornada de senderismo por los alrededores de la ciudad de las burgas, animados con el premio que nos esperaba al finalizar la ruta en las famosas termas ourensanas. Así que, dejando atrás los últimos reductos urbanitas, tiramos monte arriba hasta llegar al Parque de Astrés y,  un poco más arriba, a la localidad de Sartédigos, casi siempre entre pinares y alguna que otra pequeña población rural.

Ahora toca bajar hasta topar con la conexión con la Vía de la Plata en cuyo entorno se encuentra la hermosa fuente de Santiago y la ermita de San Marcos, en un promontorio desde donde se divisa una espléndida vista de la ciudad y sus alrededores con el río Miño cruzándola pletórico en estos días de lluvias recientes y copiosas.

Un poco más abajo, cruzamos el Camino Sanabrés en dirección a Silleda, ya en el barrio de Cudeiro y su imponente pazo, para bajar por un estrecho sendero al río Miño, atravesado por los monstruosos muros de la presa de Velle que deforman el río y su entorno, no lejos del impresionante puente de piedra, A Ponte Vella, un  hermoso viaducto construido sobre los cimientos  romanos  de hace más de dos milenios.

Ya pasan de las dos cuando entramos en los comedores del restaurante Don Pablo para reponer fuerzas con un modesto menú, de esos de andar por casa pero regado por un noble mencía invitación de nuestro buen Avelino.

Repuestos de las fatigas de la mañana, emprendemos el regreso dando un rodeo por el parque del río Lonia para seguir por el Paseo de las Ninfas, ya a la orilla del Miño, hasta la bonita pasarela que, vadeando el río, nos lleva al cabo de unos cientos de metros al punto de comienzo, las Termas de Outariz.

Enclavadas en una preciosa terraza sobre el río Miño,  están distribuidas en dos ambientes: el Celta y el Zen. Las primeras son pozas entre grandes cantos rodados por las que el agua cae en pequeñas cascadas o surge de su interior en fuertes chorros intermitentes que masajean variadas zonas de nuestra anatomía.

Las del Zen son termas de inspiración japonesa, en las que uno se sumerge para relajarse en actitud reposada y quieta alternando con rápidas inmersiones en agua fría para mantener la tensión arterial en valores saludables.

Después de cerca de una hora de tan estimulante ejercicio, abandonamos las termas de Outariz sintiendo en nuestra piel la acción suavizante de las sulfurosas aguas y en nuestro interior el benéfico efecto de tan gozosa experiencia que combina la paz y relajación de la cultura Zen con los divertidos juegos del agua en las pozas celtas.

Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
23,680 Km. 6 h.  Fácil Soleado

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Una jornada apacible

Ni cuestas, ni lluvia, ni viento. Suenan nuestras pisadas en la soledad del monte, horadando el silencio levemente adornado por el susurro de la amorosa brisa. Brillan las acículas de los pinos perladas por el rocío de la mañana incipiente.

«Y el camino que serpea y débilmente blanquea se enturbia y desaparece…» La tierra y el paisaje no son los mismos, ni siquiera la hora del día en que el poeta va «soñando caminos de la tarde», pero estos versos de D. Antonio  Machado nos invitan a soñar en la mañana mientras caminamos a lo largo del hermoso sendero que acompaña al río Tea y se pierde entre el monte y la ribera, en la lejanía.

Antes y después del río, nuestra caminata es un paseo alternando los estrechos carreiriños que zigzaguean entre los campos de labor y los caminos forestales alfombrados de hojarasca entre los pinos que parecen levitar sobre el suelo cubierto por el ocre intenso de los helechos.

Y así, con el ánimo gozoso y el  talante dicharachero que va generando la alegre caminata,   llegamos a la villa de Salvaterra de Miño en cuyos alrededores se encuentra O Noso Eido, un estupendo restaurante en donde nos espera un auténtico festín.

Deslumbrantes fuentes de chocos a la plancha del tamaño de un puño que son un regalo para nuestros paladares, seguidos de un impagable churrasco,  rematados ambos con una selección de golosos dulces,  todo regado con Joaquín Rebolledo (Gracias, Antonio),  un mencía de Valdeorras que merece todos los respetos precedido por otro de la misma cepa, obsequio de nuestro gran José Luís, cosechado y elaborado por él en sus tierras de Rebón, un mencía carmesí, de plácido trasiego, moderado en sus grados, de sosegado pasar, muy apropiado para disfrutarlo en amistosa compañía.

Después de tan agradable velada que nos tuvo durante casi tres horas disfrutando de tan exquisitos manjares y amena conversación, regresamos a nuestros andares por  tierras de Salvaterra, en plena comarca del Condado, paraíso de los blancos caldos, oro líquido en tazas y copas, cuya fama y prestigio trascienden nuestras fronteras.

No lejos del sitio en donde el Tea entrega sus aguas al Miño, rodeando los extensos viñedos de la finca de Fillaboa, entramos de nuevo en los pinares para alcanzar, al cabo de unos pocos kilómetros,  el punto en el que iniciamos  esta grata y apacible jornada.


Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
23,520 Km. 6 h. 50 min. Fácil Nubes y claros 

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Pisando agua

En las últimas jornadas nos ha caído agua a caldeiros. Diluvió sobre nuestras cabezas todo lo que el cielo quiso pero en la de este lunes el agua no venía de arriba sino de abajo, de los senderos completamente encharcados por las recientes y tan copiosas lluvias que han inundado caminos y fincas obligándonos, en muchos tramos, a un lento caminar tratando de no sumergir nuestras botas en el fondo de los charcos y del barro.

En realidad, en gran parte de nuestro recorrido pisamos más agua que tierra, en un día soleado y fresco interrumpido de vez en cuando por algún chaparrón y hasta una granizada.

La ruta discurre por tierras de Cotobade, las que dan al este de este municipio pontevedrés famoso por sus canteiros, maestros en la construcción de cruceiros y de iglesias y sobre todo de los hórreos o canastros que tanto abundan en esta comarca y cuya característica principal es que son todo piedra desde los pies a la cubierta, por lo que al paso de los años se siguen conservando como el primer día.

Comenzamos la marcha en Borela, al lado de la iglesia de  San Martiño, y desde allí nos dirigimos a la localidad de A Graña en donde comienza nuestra lucha con los terrenos inundados y los caminos encharcados que hemos de recorrer con mucho tiento y esfuerzo en estas primeras horas de la mañana.

Regresamos a la carretera para abandonarla en los límites de la aldea y emprender la ascensión por los montes vecinos por pistas forestales que nos llevan hasta el Castro de Famelga, un promontorio de los que tanto abundan en este país que, parece ser, fue fortificación amurallada aunque de ellos no quede vestigio alguno a la vista.

Cuenta la leyenda que en estos parajes existió un túnel en el había dos vigas, una de oro y otra de alquitrán. El que encontraba la de oro quedaba rico para toda su vida pero el que se topaba con la de alquitrán ya no saldría de pobre. Unos cuantos vecinos intentaron socabar el monte en busca de la preciada viga pero, al encontrarse con restos de pizarra, les entró el temor de que allí estuviese la viga de los pobres por lo que se se apresuraron a cerrar el agujero y del túnel nunca más se supo. Nosotros tampoco nos decidimos a investigar el asunto así que, una vez coronada la cima del misterioso castro, bajamos al parque de Famelga para reponer fuerzas y seguir adelante.

Dejando el parque a nuestra espalda, bajamos por un largo y verde cortafuegos hasta dar con la ermita de Nª Sª de la Nieves y desde allí bajamos hasta el puente que se eleva sobre el río Almofrei, situado en la ruta que, con el nombre de O Foxo do Lobo, va desde Rebordelo hasta Ponte Serrapio y de éste al citado Foxo do Lobo, rutas que los de Sendereando ya conocen.

En esta ocasión hemos aprovechado el tramo que, pasando por la aldea abandonada de Arufe, nos lleva a la capital del municipio, Carballedo, en donde hacemos parada y fonda en el restaurante A Raxadal, celebrando allí una amena convivencia alrededor de generosas fuentes de cocido y ternera asada que, precedidas de  apetitosos caldo y sopa, constituyen una pitanza elevada al grado de banquete al haber sido acompañada de un Rectoral de Amandi, obsequio de nuestro entrañable colega Miguel. Mención especial merece el requesón con miel, obra de Pepita la cocinera del la casa, una maestra consumada en la preparación de tan rico postre.

El cielo impoluto y azul nos espera a la salida de tan agradable condumio. Comenzamos con un paseo por las hermosas riberas del Almofrei que por estos lares fluye majestuoso entre las verdes praderas que circundan el lugar para reencontrarlo un poco más adelante, en Pozo Negro. Allí baja el río brioso y rápido con  su cauce casi a rebosar, espléndido un poco más arriba en donde sus aguas se desploman en una fervenza de poca altura pero de gran fuerza en estos días de lluvias abundantes.

Ya nos queda poco para, entre fincas y algún que otro pequeño núcleo rural, alcanzar el torreiro de la iglesia de San Martiño, inicio y fin de esta estupenda caminata.


Datos de la ruta Distancia Duración Dificultad Tiempo
20,540 Km. 7 h.  Media Chubascos/Sol 

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